• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Beatriz de Majo

El avasallante poder del gobierno

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

El presidente Juan Manuel Santos se ha quitado la careta en más de un terreno. Todas las herramientas publicitarias y de mercadeo de las que puede disponer un Estado están siendo utilizadas para darle soporte promocional al plebiscito que dirimirá la adhesión de su país a su particular proyecto de paz.

El proceso de negociación con la narco-guerrilla ha entrado en un embudo en el que el gobierno se las está jugando todas. No quiere eso decir que el Poder Ejecutivo pueda tener carta blanca para usar el aparato estatal entero para forzar la balanza a favor de sus tesis sobre los acuerdos de La Habana. No puede, pero lo está intentando de manera descarada.

Impresiona ver cómo los arreglos que garantizarían a los criminales la impunidad total están siendo publicitados a diestra y siniestra con el fin de hacerlos lucir legítimos ante la población de votantes. Y, peor que ello, ganar el plebiscito es un objetivo que provoca presiones de todo género. Cualquiera que requiera acercarse al Estado en busca de soporte, debe comprometerse, a cambio, a apoyar la fórmula gubernamental, la que, como ya sabemos, pretende, a través de un Sí o un No, aprobar un acuerdo de cohabitación con los violentos y les abre un espacio de participación relevante en la vida del país vecino sin que sus crímenes de medio siglo sean acreedores de un castigo ejemplarizante.

El caradurismo y la inescrupulosidad de los agentes del gobierno en este terreno son inenarrables. La consecuencia es que la cuesta que tienen enfrente quienes se inclinan a favor del No en el plebiscito es empinadísima. La igualdad de oportunidades, que es la base de sustento de la democracia en cualquier sociedad, está siendo pisoteada en Colombia, de la peor manera, desde lo más alto del poder.

El presidente Álvaro Uribe se ha trazado un propósito en el cual dejará el pellejo. No es, sin embargo, una voz solitaria que clama en el desierto. Muchos sostienen, como él, que la impunidad es el peor de los legados que le dejará al país esta manera alegre e irresponsable de incorporar criminales y delincuentes al trazado de la vida futura de los colombianos. El procurador de la nación es otro que ha llamado la atención no solo sobre la estigmatización de los adversarios de la paz de Santos, sino también ha denunciado las presiones que el Ejecutivo nacional ejerce sobre la Corte Constitucional para favorecer el plebiscito. El Ministerio Público ha tenido una posición transparente al afirmar por la boca de su más alta autoridad que “lo que se va a concretar en La Habana no es la anhelada paz de todos los colombianos, sino un acuerdo entre dos élites, la élite criminal de las FARC y la élite que representa el presidente”.

La tarea, pues, es colosal en el lado de la oposición: los recursos económicos que reclama son protuberantes, mientras del lado de la oficialidad todo es poco para favorecer la realización de esta forma original de consulta ideada por los acólitos de Juan Manuel Santos, en acuerdo con los verdugos de Colombia reunidos en las FARC. Colocar descaradamente a todas las fuerzas públicas de uno de los dos lados es negarles toda posibilidad a los adversarios del plebiscito de sostener las tesis que adversan los postulados gubernamentales.

Peor que todo es que el presidente, armado con un umbral de aceptación popular que se presenta como uno de los más bajos que haya tenido mandatario alguno en la historia de Colombia, pueda sentirse mandateado para adelantar cambios como los que propone y no mire para los lados a la hora de hacérselos digerir al país a cualquier precio. Hoy, apenas uno de cada ocho colombianos lo favorece con su confianza en su manera de gobernar al país. Estoy segura de que si se evaluaran los aspectos concretos de las equivocadas concesiones que se están acordando a los insurgentes en la mesa de tratativas de La Habana, el número de quienes le son favorables podría alcanzar quizá una mitad de esos ocho.