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Carlos Balladares Castillo

El más avaro de los venezolanos

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En la Caracas de los tiempos de la guerra de Independencia un hombre envuelto en una capa recorre la noche. Arriesga su vida llevando todo tipo de ayuda a los rebeldes que se mantienen en la clandestinidad. Cual superhéroe de los “cómics” de Marvel su capa es reversible, de modo que puede confundir a sus perseguidores y escapar en medio de “veinte balas que pasan silbando sobre su cabeza” (p. 60). Su seudónimo es “Conciencia”, y dedica toda su riqueza a los pobres, pero siempre se oculta tras una personalidad totalmente diferente: todos creen que es el ser más avaro sobre la tierra.

Su verdadero nombre fue Juan Mayora, personaje que existió en la vida real según el escritor, político e historiador venezolano José María Manrique (1846-1907), solo que él lo llevó a la ficción en su novela de 1879: Los dos avaros (revisamos la edición del Centro de Estudios Literarios de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, 1969). Al leer el título, cualquiera se pregunta por la identidad del segundo avaro. Si el primero usa la avaricia como fachada, el segundo no lo hace, sino que es el avaro verdadero (“el oro era su único dios, y su culto, las especulaciones”, p. 85); el antihéroe de este drama. Un miserable llamado Francisco Solano Rosa, que el autor identifica como un “godo” (aunque no usa este término): “Un hijo desnaturalizado de Venezuela” que peleó en las filas realistas y huyó al extranjero “por temor a la luz de la libertad” (pp. 83-84). Luego regresaría con tantos como él, formando un grupo que pasado un tiempo se “hicieron tan poderosos (por medio de la usura) que pudieron hasta decidir la suerte de la patria (…) y volvieron sus armas contra el Libertador” (pp. 84-85).

La novela desarrolla el argumento central de nuestro romanticismo literario e historiográfico: el conflicto entre el héroe y el antihéroe. Pero lo fascinante es que el héroe acá no es un militar o guerrero –siguiendo la tradición de Juan Vicente González y del que en pocos años escribirá Venezuela heroica: Eduardo Blanco– sino un civil anónimo. Un santo que no quiere fama ni gloria, y así lo da a entender el propio autor al referir que sus acciones son inspiradas por la caridad cristiana. El otro aspecto novedoso es resaltar el contexto histórico venezolano y hacerlo parte del drama donde no pueden faltar los amores contrariados (donde la mujer por cierto nunca puede vivir el amor verdadero y termina en un matrimonio pactado por sus padres). Así como la avaricia del oligarca Solano Rosa impide en dos ocasiones la expresión del amor auténtico; en nuestro siglo XIX esta misma avaricia genera la tragedia nacional de una guerra entre “los logreros” (conservadores) y los herederos de los próceres y Bolívar: los liberales, de los cuales formó parte el mismo autor.

No me atrevo a afirmar que Los dos avaros es un panfleto a favor de los liberales. Pero es más que evidente el querer mostrar que los abusos del antihéroe en contra las parejas que se aman solo fueron posibles porque era godo. Los godos cultivaron en el país “la envidia y el odio” (p. 84) y crearon “leyes inicuas” las cuales llevaban a “contratos leoninos que serían las ruinas de las familias” (pp. 135 y 116). La referencia a la Ley de Libertad de Contratos de 1834 (por nombrar la principal ley de este tipo) como causa fundamental de las injusticias nacionales es clara. Incluso en la historia se incorpora una especie de “Mister Danger” (Blucher) que viene a robar las riquezas del avaro, y probablemente: ¿no será una forma de decirnos que no es parte de nuestra cultura el ser avaros?

El héroe de la novela (Mayora) me hace pensar en Ebenezer Scrooge por su (supuesta) avaricia; pero, sin duda es un Jean Valjean por su bondad y la donación de su vida. José María Manrique exalta la caridad cristiana en su obra, y pareciera decirnos que esta es la verdadera alma (conciencia) de Venezuela que finalmente terminará triunfando y siendo reconocida por todos.