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Maximiliano Tomas

El autor que publicó un solo y extraordinario libro de cuentos

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Hace un tiempo me encargaron un artículo sobre escritores de un solo libro. Los ejemplos no son tantos como a uno le gustaría creer (la logorrea es una afección mucho más difundida que el mutismo): Emily Brontë y Cumbres borrascosas, Margaret Mitchell y Lo que el viento se llevó, John Kennedy Toole y La conjura de los necios. De todas, quizá la historia más simpática sea la de Harper Lee, aquella amiga y compañera de Truman Capote que publicó la novela Matar a un ruiseñor, porque no murió joven ni trágicamente (de hecho aún debe vivir holgadamente de las regalías de su única obra) y se dice que cuando le preguntaron por qué jamás había vuelto a escribir una línea, Lee respondió con el debido sentido común: "Ya dije lo que quería decir. No tengo necesidad de volver a hacerlo". Si nos forzaran a sumar algún nombre local destacado a la lista, podríamos agregar las novelas El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza, yEl traductor, de Salvador Benesdra (ambos tienen otros libros, pero no son novelas). Y sobre todo los cuentos de Gente que baila , del crítico Norberto Soares.

Hay una diferencia enorme entre el recuerdo que Soares dejó a su muerte en parte del ambiente literario y la breve nota que la consigna en Clarínel 14 de mayo de 1999. La necrológica es todo lo impersonal que puede ser una pieza escrita a las apuradas y sobre el cierre de la edición: "El periodista y escritor Norberto Soares, que trabajó en distintos medios gráficos, murió ayer a la madrugada por un paro cardíaco. Quienes lo conocieron dicen que se pasó la vida escribiendo, aunque sólo publicó el libro de cuentos Gente que baila. Había nacido en 1944 y tenía dos hijos, según contó ayer Roberto Gómez, director del periódico cooperativo Acción, donde Soares trabajó durante más de 25 años". Ricardo Piglia, por el contrario, que acaba de reeditar este libro en su Serie del Recienvenido, escribe un prólogo afectuoso en el que señala: "Soares ayudó a muchos escritores en aquel tiempo y escribió asiduamente sobre ellos en las páginas culturales de los diarios y revistas de la época. Osvaldo Lamborghini, Antonio Dal Masetto, Osvaldo Soriano, Luis Gusmán le deben mucho a su entusiasmo, y sus amigos más cercanos -María Moreno, Jorge Di Paola, Miguel Briante- disfrutaban de su ironía ácida y de su resentida -o vengativa- generosidad".

Lo que deja entender Piglia en su prólogo (más allá de una filiación literaria específica) es que Soares no era solo una persona de oído afinado, sino que ejercía el oficio de crítico con rigurosidad, malicia y convicción: separando la literatura que vale la pena de la trivialidad industrial, y divulgando ese convencimiento en todos los medios a su alcance. Cuando sus amigos se habían acostumbrado a los argumentos que solía inventar y contar en voz alta, y ya nadie creía que esas ficciones realmente existieran, Soares sorprendió con los cuentos de Gente que baila , aparecidos en 1993. Estaba a punto de cumplir cincuenta años (una edad a la que otros escritores ya comienzan a disfrutar de cierto reconocimiento) y como él mismo debía suponer, nadie, salvo esos mismos amigos, prestó atención a aquel libro.

Tal vez el momento haya llegado recién ahora, veinte años después. Al fin y al cabo no cualquiera es capaz de adjetivar a la manera borgeana sin amedrentarse ni pasar vergüenza ("No bajó de un barco preciso en el puerto de Buenos Aires") , de sintetizar empáticamente a un personaje en una línea ("Toni era una confusa suma de necesidades: tenía hambre, un miedo feroz y sed de amor") o de definir a otro, de forma categórica, con una sola imagen ("Diré que él era una de las matrices originales con las que se fabrican los tipos de su tipo: un molde hueco de carne y hueso que se llena de mierda y se lo larga a pudrir el mundo"). Como también señala Piglia, los siete relatos deGente que baila se empeñan en el desarrollo de la biografía de sus personajes más que en la narración de sus peripecias. Y esos personajes son, fundamentalmente, mujeres.

Podríamos agregar que estas historias, escritas con elegancia y destreza, y pobladas de inmigrantes, traficantes, estafadores y asesinos, tienen como marco de fondo una Buenos Aires reconocible y extraña a la vez. Que el peronismo y las reacciones suscitadas por ese movimiento se filtran en las hendijas de cada uno de ellos, de maneras diversas. Que el efecto es más contundente cuando los ambientes tétricos y oscuros de Soares tienden a la parodia ("Una historia de amor", "Casete") y no al drama ("Clausen"). Y sobre todo que "Luna Cassorla, naranjo en flor", el relato de cuarenta páginas que cierra el libro, condensa desde la literatura uno de los núcleos más incómodos de la vida política argentina: el entramado de dinero sucio, funcionarios corruptos y fuerzas represivas desde el cual se construye poder y se gobierna en vastas zonas de la provincia de Buenos Aires. Quien quiera comprender la afirmación acerca de la profunda verdad que toda buena ficción puede contener no tiene más que leer atentamente este relato.