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Milagros Socorro

El ausente del obituario

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La noticia cayó como una piedra. Un golpe a una sensibilidad ya herida por horribles hechos de violencia y por esta sensación de calle ciega, de crisis sin solución que se alarga y ahonda los graves problemas de un país sobre el que se ha cebado la mandarria infatigable de la destrucción.

No vemos solución. No vemos salida. En la oscuridad estamos como encandilados por los nefastos sucesos que se suceden sin pausa. Ahora el infortunio ha tocado a la familia de Sofía Imber cuyo hijo Pedro Meneses Imber ha muerto prematuramente en Miami, donde su reputación como médico le había valido una contratación. Al conocerse su lamentable deceso, muchos de sus compañeros de estudios manifestaron en las redes sociales su estupor por el inesperado suceso y el aprecio que le tenían.

De inmediato se divulgaron breves mensajes de condolencia donde se mencionaba que el distinguido médico venezolano era hijo de Sofía Imber. Muy lógica mención: Sofía Imber es una gran figura de la cultura y el periodismo de Venezuela. Maestra de periodistas, sus discípulos la tienen en alta estima y no pierden ocasión de aludir al vínculo con su maestra, de quien derivaron lecciones que han apuntalado sus carreras ya por décadas. Tengo varios amigos entre los periodistas que fueron sus aprendices en las páginas de Cultura de El Universal; y jamás he escuchado un solo comentario que no sea elogioso acerca de la labor de Sofía como formadora de periodistas.

Su aporte a las artes plásticas de Venezuela es inmenso. Allí está, contra viento y marea, el Museo de Arte Contemporáneo que fundó y cuya importante colección tiene el perfil de sus criterios y de sus fulgurantes intuiciones. Son decenas los artistas que le deben invalorable apoyo y estímulo. Y somos muchos quienes integramos las audiencias del Museo, donde encontramos siempre formidables miradas del arte y sus maravillosas conexiones.

Ahí están, atesorados por la Universidad Católica Andrés Bello, sus programas de televisión, documento fundamental de la historia reciente de nuestro país. No hay que darle más vueltas. Sofía Imber tiene una figuración primada.

Pero Pedro llevó el apellido Meneses porque era hijo de Guillermo Meneses, a quien ninguno de los obituarios de la primera hora mencionó. Es como si no existiera. O como si su padre hubiera sido un tal Meneses que hubiera quedado desdibujado en la intimidad de una familia. Y no, como efectivamente es, uno de los más grandes escritores de Venezuela, influencia de primerísimo grado para todos los que hemos venido después de él.

Si nuestro país es olvidadizo con sus escritores muertos e indiferente hasta el desprecio con los vivos, Guillermo Meneses ha sido víctima de una desmemoria especialmente terca. Una postergación que en su caso es más escandalosa por la calidad de su obra y por lo mucho que tiene para decirnos acerca del país y del alma venezolana, que describió con gran fuerza y belleza.

Lo más cruel es que cada cierto tiempo se hace un remedo de rescate que ofrece la falsa esperanza de que ahora sí pondremos a Guillermo Meneses en el lugar que le corresponde (al lado, por cierto, de Enrique Bernardo Núñez, por mencionar otro relegado inexplicable siendo también señor de prosa descomunal). Pero una vez que pasa la fecha centenaria (2011) o termina el homenaje organizado por un grupo de intelectuales, el nombre de Meneses y su obra destellante desparecen otra vez como tragados por un lago de asfalto.

Se ha dado la coincidencia de que la muerte de Pedro Meneses Imber llega con su desolador eco en días en que leo a Guillermo Meneses. Por eso tengo en las manos, como dulce amuleto para tiempos aciagos, esta cita, que copio aquí como tributo a una familia que ha deparado varios servidores del país (porque es muy apreciable también la labor de Adriana Meneses Imber al frente del malogrado Museo Jacobo Borges):

“Aunque me dé a mí mismo la tediosa impresión de un profesor de un profesor de sociología”, dice Guillermo Meneses en ‘El falso cuaderno de Narciso Espejo’, “me veo obligado a afirmar que tengo la convicción de que el individuo no existe en entero si no llena la parte que le corresponde a su pueblo, si no sabe extenderse hasta su territorio comunal, hasta su ejido. Me enorgullece pensar que hay una porción de mi organismo que actúa en función de mi pueblo; por ello me conozco como venezolano y sé que Venezuela me pertenece, ya que está dentro de mí”.