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Daniel Samper Pizano

El aspirino

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En las múltiples variantes que caben en la relación erótica entre hombre y mujer, Dios me asignó la de aspirino. A ella he sido fiel y moriré siéndolo.

Según la escala de posibilidades amorosas que algún sabio anónimo definió con acierto, hay seis papeles o situaciones en las que un varón puede hallarse frente a una mujer.

1) Esposo. Es el amor lícito, sobre el que se funda la sociedad, el que consagran las religiones y los códigos. Con el esposo comparte la señora momentos felices y amargos, tiene descendencia, acumula bienes y de vez en cuando tiene relaciones sexuales, pero siempre de manera rápida y sin mucha ceremonia.

2) Novio. El requisito sine qua non del “novio” es que sea más joven que la señora –ojalá adolescente–, que esté enamorado de ella y que se le note. Por lo general se trata del hijo de unos amigos o de los vecinos. La señora lo sabe y lo celebra, les cuenta a las amigas que el niño es “de lo más tierno” y le dice al muchacho “mi novio”, pero mantiene la relación en el nivel de platonismo caliente. El jovencito se acelera y sueña con ella, lo cual es para la señora suficiente gloria. Si el asunto pasa a mayores, estamos ante El graduado. Puede ocurrir, pero lleva a otros rumbos.

3) Amante. Es un amor lateral, no necesariamente oculto de todos los ojos, socialmente tolerado y literariamente exaltado. El amante suele ser casado –como ella–, algo mayor en edad, tiene su mismo nivel social y con posibilidades económicas que le permitan escapar juntos un fin de semana a Miami cuando el esposo está en viaje largo por Europa. Un círculo de amistades donde hay otras parejas en situación parecida comparte aventuras y secretos. Muchos maridos saben de la existencia del amante, y algunos se enorgullecen de que su mujer tenga amores con un embajador, un multimillonario o un ministro.

4) Tinieblo. El tinieblo, como su nombre lo indica, crece y vive en la semioscuridad. Es un tipo más joven que la señora y de estrato social inferior. Su ocupación le permite entrar al hogar de la dama sin despertar sospechas y cumplir allí su tarea de manera eficiente, rápida y discreta: electricista, plomero, informático, repartidor de pizza… Ella le dará regalitos y, si él necesita plata para arreglar la moto o tomar un curso de inglés, se le dará. Pocas personas estarán al tanto de la relación (amigas íntimas, la hermana, quizás una empleada doméstica y, por supuesto, el aspirino). Cuando se aburra del tinieblo, ella le dirá que su marido sospecha y anda armado. Lo despedirá con un besito en la boca y le deseará mucha suerte.

5) Trueno. Personaje bastante siniestro, sexualmente potente y de condición social indefinida pero sospechosa. Oficio, variado: puede ser un poeta aficionado a la bebida o un vendedor de esmeraldas. Edad, no importa. Nunca visitará a la señora: ella lo visitará a él y acudirá ansiosa al lugar donde el trueno la cite: moteles de mala muerte, un puesto de venta de papas en Corabastos, un apartamento sucio en un barrio de riesgo. Hombre desaseado y propenso al maltrato, le enseña a ella secretos sexuales que los demás ignoran y pide préstamos en efectivo que nunca devuelve. Aparece y desaparece a voluntad. La señora no entiende cómo la fascina semejante sujeto a quien conoció en la calle, haciendo cola o esperando en un consultorio. Nadie sabe de su existencia. Solo el aspirino.

6) Aspirino. El aspirino quiso ser marido, novio, amante, tinieblo o trueno, pero la vida le reservó el difícil papel de ginecólogo del corazón. Es un amigo íntimo a quien algunas personas atribuyen un juego sexual activo en la vida de la señora. Ese juego existe, pero se limita a curarle los dolores de cabeza sentimentales. Así como otros tienen talento innato para la música o el deporte, el aspirino de suyo inspira confianza, pero no excitación, y dan ganas de contarle cosas, pero no de hacerle proposiciones. Fiel a su misión, el aspirino oye confesiones que la señora no contaría ni a su siquiatra, y suma a su don de inspirar confianza el de ser extraordinario guardador de secretos. Con un sentido casi profesional de su oficio, jamás utilizará en provecho propio la información que le confía la señora. La escuchará con paciencia, le aconsejará poco pero bien y nunca se escandalizará, por turbulentas o truculentas que sean las revelaciones que llegan a su oído. Tampoco hablará de ellas ni se regodeará de conocer intimidades de las personas. Al morir, podría ponerse sobre su tumba el siguiente epitafio: “Sigue callado”.
A mucho honor, ese soy yo: un aspirino.