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Edgar Cherubini

‏La asfixia de las palabras

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Sin libertad de expresión no hay democracia, ya que esta condiciona el ejercicio de los demás derechos. En Venezuela, quedan muy pocos medios independientes que mantienen un manejo plural de las ideas y de la información, ya que son asediados y amenazados por un régimen que ha logrado monopolizar prácticamente todas las comunicaciones, controlando, cerrando o comprando los medios privados, estableciendo una hegemonía comunicacional.

En los últimos 11 años, el gobierno ha neutralizado todos los medios críticos, no solo con mecanismos jurídicos y financieros, sino mediante amenazas, ataques, encarcelamiento y persecución de periodistas, cierre de medios privados y la estatización casi total de las telecomunicaciones. Los medios del Estado no permiten ninguna expresión de descontento popular o críticas a la gestión gubernamental, censurando las noticias que puedan vulnerarlo. Esto ha venido desarrollándose desde 2003, cuando el presidente Chávez consideró a los medios de comunicación privados como “enemigos del proceso revolucionario”, concretándose sus amenazas en 2007, con el cierre de RCTV, seguido de varias decenas de emisoras de radio privadas. A los que no cerró, los amenazó con retirarles la concesión. Al periodista crítico se le trata de enemigo y traidor o se le tilda de terrorista, dejando la puerta abierta para agresiones por parte de los grupos paramilitares y otros órganos represivos.

 

La comunicación totalitaria

Los elementos del nuevo orden hegemónico comunicacional con los que el gobierno proyecta una “verdad oficial” o una “visión única” de la realidad del país, se pueden resumir así: 1. Intervención del Estado en los medios. 2. Exclusión de actores políticos críticos de los medios públicos. 3. Legislación que controla y limita la libertad de expresión. 4. Asfixia económica de los medios independientes al negarles publicidad oficial. 5. Cierre de fuentes informativas. 6. Negación y ocultamiento de  información sobre la gestión pública. 7. Manejo de mecanismos de censura y autocensura. 8. Intimidación judicial, amenazas y agresión a medios y periodistas. 9. Discriminación contra los medios críticos en eventos oficiales. 10. Impedimentos para adquirir papel para los diarios independientes. 11. Intimidación y expulsión de periodistas extranjeros. 12. Exposición al odio público de periodistas críticos y opositores a través de los medios de comunicación del Estado, haciendo públicas grabaciones obtenidas de manera ilegal, entre otras prácticas.

Sobre esto último, el presidente de la SIP, Gustavo Mohme, denunció ante ese organismo: “Bajo la excusa de amenazas terroristas, seguridad nacional o de secreto de Estado utilizan sistema de vigilancia y espionaje para neutralizar al periodismo y sus ciudadanos críticos”.

 

“Asfixia casi total de la libertad de expresión en Venezuela”

El pasado 16 de marzo, las agencias de noticias recogieron en sus titulares la dramática expresión de Asdrúbal Aguiar, vicepresidente regional de la SIP, al presentar su informe sobre la libertad de expresión en Venezuela: “Asfixia casi total de la libertad de expresión en Venezuela”, afirmó, para luego agregar: “La hegemonía comunicacional de Estado es un hecho consumado”.  Según Aguiar, “la tarea periodística, eje fundamental de la vida democrática, se torna en empresa de alto riesgo. La información se considera secreto de Estado y se reduce a lo que declaran a su arbitrio, sin interpelación, verificación o contrastación, los distintos funcionarios. La censura previa toma cuerpo y doblega las líneas editoriales. Es criminalizada y judicializada toda forma de expresión e información disidente. La propaganda oficial ideológica y proselitista hace presa de la opinión, copa los horarios estelares de la programación radial y de televisión y recrea, a través de sus repetidas cadenas oficiales o presidenciales, un efectivo blackout informativo”.

Con razón, Reporteros sin Fronteras (RSF) en su Informe Mundial sobre Libertad de Prensa 2015, ubica a Venezuela en el puesto número 137 de 177. A partir del puesto 115 se enciende la alerta roja de los derechos humanos en los países allí reseñados.

 

Las palabras, como los hombres, sufren y mueren

La comunicación es palabra, pero también es acto, gesto. Incluso el gesto de amenaza posee una topografía mental plena de significados. De allí que Lacan, se pregunte: “¿Qué es un gesto de amenaza? No es un golpe que se interrumpe, realmente es algo que se hace para detenerse y quedar en suspenso. Quizás después lo lleve a cabo hasta el final”. Así lo sentimos los venezolanos, el suspenso ante la amenaza de la agresión, “detenida” a veces, pero que se producirá en cualquier momento. Según Lacan, “las armas también son gestos”. De allí que la amenaza del uso de las armas y los grupos paramilitares del régimen tienen la misma connotación, actúen o no contra los ciudadanos. Debido a sus significados y significantes de destrucción, muerte y terror social, forman parte estructural de un lenguaje totalitario.

En Venezuela, todos los medios públicos son instrumentos de propaganda ideológica de la dictadura militar, disfrazada o no de democracia, que bajo el tutelaje cubano implantó Chávez y continúa ejerciendo Maduro, cuyo objetivo es el de estrangular la libertad de pensar y de hablar, pues en ese país, las palabras pueden significar prisión, tortura y muerte. La única voz en los medios es el lenguaje reduccionista, altanero, vulgar y onomatopéyico del régimen. Es un lenguaje pervertido que conduce a la sociedad a espacios prepolíticos, presociales, por no decir salvajes. El lenguaje político fue demolido, por eso, la democracia y su sistema de libertades y derechos, de progreso individual y colectivo se extinguen junto con este. Sucede entonces la muerte por asfixia del lenguaje, el fracaso de la palabra y su sentido. Arthur Adamov escribió: “Las palabras, centinelas del sentido, no son inmortales ni invulnerables. Las palabras, como los hombres, sufren. Unas pueden sobrevivir, otras no tienen salvación y mueren. Gastadas, raídas, vacías, las palabras se han vuelto esqueletos de palabras, palabras fantasmas”. Pero, frente al mal y el silencio que este impone, el individuo es impulsado a afirmar su humanidad y su dignidad armado de palabras, como un dictado infalible de su propia supervivencia espiritual, moral y cultural en el ejercicio de su libertad.

 

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