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Sumito Estévez

El asedio perfecto al cáncer

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“Vale más la pena prevenir que curar”

Galeno

Muchas veces he escrito que tal vez desde la cocina no sanemos a los enfermos pero sí tenemos la opción de no enfermar a las personas, aunque ante el aumento de enfermedades ligadas a la malnutrición, comprometiendo seriamente los sistemas de salud que tanto ha costado articular, cabe preguntarse: ¿y si volvemos a la comida como lo que es, es decir, la mejor medicina de la que dispone la humanidad?

Cocinar es una experiencia muy íntima, pero también debe ser un vehículo sanador que busque calidad de vida en el comensal. Ambas cosas no están reñidas, así que este artículo, transcripción libre de la fabulosa conferencia de una hora Sin acidez tumoral no hay cáncer, dictada por el doctor español Alberto Martí Bosch, y que usted puede escuchar en su totalidad en http://goo.gl/HWrf6u, es el último de una serie de tres escritos (los dos anteriores, “Caricias para el corazón” y “Gordos inocentes”, pueden ser consultados en http://goo.gl/jdllMC y en http://goo.gl/DSx4Zc, respectivamente) que he dedicado a aquellas miradas con paradigmas distintos para la cura de las tres grandes enfermedades de la modernidad: infarto, diabetes y cáncer. Miradas modernas que ven en la alimentación al gran aliado.

El enfoque con respecto al cáncer que plantea el doctor Bosch surgió mientras trataba niños. La quimioterapia es muy dura para el paciente (náuseas, vómito, pérdida de pelo y hasta de dientes, dolores terribles) y se preguntó cómo hacer que un niño sufriera menos y que el tratamiento fuese más eficaz bajando el número de dosis… Para lograrlo, decidió empezar por el principio y preguntarse: ¿qué hace que estas células se alteren?

Para buscar la respuesta estudió dietética y nutrición, que por increíble que suene (y citamos al conferencista) son cosas que en la facultad no enseñan.

El cáncer es una célula enferma. El gran cambio de enfoque de este doctor fue voltear la tortilla y preguntar: ¿y si la enfermedad comienza alrededor de la célula y no en esa célula misma que se ha alterado hasta volverse cancerígena?

 

II

Pulmón, hígado y riñón son nuestros grandes filtros. No unos filtros cualesquiera, son unos que trabajan 24 horas al día filtrando cada uno 5 litros de sangre por minuto. Es decir, ¡les pedimos a 3 órganos que sumados no pasan del tamaño de 6 puños que limpien diariamente un camión de basura de más de 7 toneladas de sangre sucia!

¿Pero qué es lo que deben filtrar? Pues nada menos que los residuos metabólicos del sistema celular. La sangre arterial lleva oxígeno, azúcares, grasas, proteínas y minerales para nutrir el sistema celular y hacer que las células vivan pero, como en todo ser vivo, esas células execran residuos en el proceso. Si le doy proteína a la célula, esta execra ácido úrico. Si le doy grasas, execra ácidos grasos. Si le doy oxígeno, ácido carbónico. En pocas palabras, tenemos tres filtros cuya labor es limpiar la sangre, a través del sistema venoso, de todos los ácidos que producen las células en su proceso de vida.

Todo filtro se tapa. Se tapa especialmente si nadie se ocupa de limpiarlo. Con la sutil diferencia de que en un auto se pueden cambiar los filtros cuando esto sucede, mientras que cambiar un pulmón, un riñón o un hígado es otra cosa. Así que a veces nuestros filtros se obstruyen y comienzan a retener. Como los tres ácidos mencionados no pueden acumularse en la sangre porque moriríamos por acidosis metabólica, comenzamos a guardar estos ácidos en el espacio intersticial (alrededor de las células) a la espera de poder drenarlos luego. Comenzamos así a “empantanar” el sistema.

Un sistema empantanado que dificultará la nutrición de las células, que no dejará que les llegue bien el oxígeno. Un sistema cáustico, que con su acidez quema a esas células. De la noche a la mañana nos encontramos en un sistema en el que nuestras células comienzan a ahogarse en sus propios residuos.

Una célula no es una tuerca reemplazable. Es un ser vivo que  morirá o intentará sobrevivir. Si mueren las del cerebro, alzhéimer. Si mueren las de la base del cerebro, parkinson. Si esos ácidos acumulados queman la mielina que recubre los nervios, esclerosis; y un largo pare de contar.

Pero en algunos casos esas células deciden defenderse para sobrevivir, y esas que se aferran a la vida lo hacen mediante cuatro mecanismos: a veces se envuelven en agua (clásico de gente que engorda sin causa aparente), otras convierten esos ácidos en sales no corrosivas mediante reacciones químicas que logran robando calcio y sodio a los huesos (de hecho, la osteoporosis se considera un ataque ácido a los huesos), generando calcificaciones (en las mamas por ejemplo), que no son más que un aviso del cuerpo alertando un mal en mayor en ciernes. Una tercera opción de defensa que tiene la célula es drenar esos ácidos a través de la piel. Ese ataque químico a la piel producirá dermatitis, mientras que si el drenaje es hacia las mucosas aparecerán llagas de esófago o de boca.

Pero la más dramática medida que toma una célula ante un medio ácido de sus propios excrementos que la envuelve es aprender a vivir en esa piscina sucia y sin oxígeno. Es cuando muta a una especie de Frankenstein muy alcalino capaz de vivir en un medio muy ácido. Eso es lo que hoy llamamos cáncer. Muchos de esos Frankenstein unidos son un tumor. Esos tumores matan, así que no queda otra que eliminarlos.

Cuando aparecen estos tumores, la medicina moderna propone tres medidas: decapitarlos en la guillotina (cirugía), achicharrarlos en la hoguera (radioterapia) o envenenarlos (quimioterapia). Una medicina anclada en los preceptos del siglo XII. Pero ya que hablamos del medioevo, queda una cuarta opción de esa época para acabar con el enemigo: el asedio quitando agua y comida hasta esperar que muera.

Este asedio perfecto a un ejército de células mutantes saladas que saben vivir sin oxígeno se lograría rodeándolas de algo que aprendieron a no necesitar, como es el oxígeno, y quitándoles las dos cosas que les resultan indispensables para vivir: sal y acidez.

El asedio mediante hiperoxigenación del sistema ha puesto de moda recursos como la ozonoterapia, y quitarles la sal se puede lograr en gran medida comiendo menos de ella, o mediante una vieja y olvidada medicina: baños de sal. Basta que un paciente se bañe con regularidad en una solución de 100 litros de agua (media bañera) con 2 kilos de sal para lograr que en forma natural se dé una diálisis subcutánea por ósmosis.

Lograr que el medio alrededor de la célula cancerígena deje de ser ácido (recordemos que esta nueva célula necesita la tóxica acidez para vivir) es posible “alcalinizando” al enfermo. Aquí es cuando entra la olvidada nutrición en la fórmula. La forma ideal de alcalinizar el sistema es mediante una dieta alcalinizante.

La dieta cárnica es acidificante por naturaleza y la vegetariana es alcalinizante por naturaleza. Ambas, aseveraciones fáciles de probar con exámenes de orina. De paso, un filtro sucio no es un filtro roto, o sea, se puede lavar, y una dieta de vegetales es 95% agua, por lo tanto una aliada natural a la hora de lavar hígado, pulmón y riñón… No olvidemos, los tres filtros protagonistas de esta historia. ¿Significa esto que hay que hacerse vegetariano? No. Pero limpiar de vez en cuando los filtros no viene mal.

Comer vegetariano de vez en cuando, tomar baños de sal, depurarse mediante plantas… pareciera que nuestros abuelos sabían muchas cosas y en algún momento dejamos de escucharlos. Comer correctamente no es más que un manual de instrucciones que coloca al cuerpo en condición de poder curarse a sí mismo. Comer correctamente es la vida.