• Caracas (Venezuela)

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Cambiar de paradigma es algo tan raro y costoso que difícilmente puede verse en una misma generación, en una persona o en un sistema de pensamiento. No obstante, lo que está planteado, de forma imperativa, es un cambio de paradigma que trastoque la gramática del discurso tradicional, que ponga entre paréntesis las consagraciones de la vieja izquierda, que derrumbe mitos y desafíe dogmas. Cambio de mentalidad, cambio de racionalidad, cambio de lógica discursiva, cambio de prácticas. Una revolución es una radical profundización de todos esos elementos (no se ha dado en ninguna parte del mundo). Tiene por ello un rico sabor utópico que mantiene en vilo todo lo establecido, todo lo constituido, todo el orden que garantiza la reproducción de lo dado. La gente vive –sin saberlo– bajo esta racionalidad, en la cultura, en la política, etc. Por tanto, luchamos con intangibles en los que es muy fácil perderse. Sólo podemos mirar la brújula, agudizar la intuición, asociar una pequeña reforma con otros cambios, o al revés, caracterizar acciones prácticas que van en el sentido contrario.

Plantar cara a los poderes fácticos es la primera condición para transitar el camino del pensamiento crítico. Sacudirse las creencias, los hábitos mentales, los dogmas, el sentido común dominante, es previo a todo chance de pensar de otra manera (crear otro modo de pensar). El pensamiento de la Modernidad política entró en crisis irreversible, incluido el pensamiento de una izquierda que colapsa con el derrumbe de la Modernidad. Tomar distancia de ese magma cultural decadente es esencial para abrir brechas hacia otros horizontes teóricos, hacia nuevas subjetividades, hacia otros discursos y prácticas. En el terreno de lo político todo está por hacerse: allí han hecho aguas todos los modos de hacer, con el agravante de que la transición obliga a fingir un funcionamiento “normal” de un Estado colapsado. Tomar distancia de toda esta miasma no es una cuestión de estilo. Es condición de posibilidad para ver otras realidades, para leer otras señales de un mundo que emerge.

Rechazar lo establecido suele verse como hipismo político, como falta de realismo. Para quienes están directamente involucrados en la gestión del Estado estos debates son como un estorbo, ellos están en lo “concreto” y no pueden distraerse leyendo libros o asistiendo a seminarios. Se entiende. Lo que se entiende menos es la completa ausencia de espacios de reflexión profunda que sirven de caja de resonancia para profundizar los procesos de cambio. Lo que hemos heredado como paquete cultural no sirve para impulsar procesos revolucionarios.

Pero tampoco puede haber un distanciamiento que no pueda conectarse con la cochina realidad. He allí una ambigüedad constitutiva de la transición fatal por la que pasan todos estos procesos. Ya es bastante que mucha gente pueda sacudirse las consagraciones de los discursos oficiales, del oportunismo de tantas posturas acomodaticias, del pragmatismo ciego de la mediocridad reinante. Tomar distancia de estos climas intelectuales tiene riesgos, una cierta dosis de audacia y, sobremanera, una férrea voluntad ética para bloquear transacciones vergonzantes. Esos no son sólo rasgos de personalidad sino componentes de un talante intelectual sin el cual es muy difícil tomar distancia. Insisto: sin cambio de paradigmas no hay renovación del pensamiento de izquierda. Para cambiar de paradigma hay que tomar distancia de las mentalidades instaladas, de los dogmas que bloquean todo, de los modos de pensar y hacer que navegan en círculo en medio de una espantosa mediocridad.

Tomar distancia de lo establecido para reconectar por otras vías con los movimientos subterráneos que emergen. Tomar distancia para desbloquear la mirada crítica sin la cual no hay nada que hacer. Esa batalla viene de lejos… entre nosotros es vital actualizarla.