El arte de perder el miedo
25 de agosto 2012 - 13:51
La más reciente Bienal de Arte de Berlín se convirtió en un escándalo que trascendió los espacios de la Kunst-Werke (KW), recinto privilegiado de la vanguardia artística moderna.
Construida donde antes operaba una fábrica, hoy se alza una edificación que combina su origen barroco con una fuerte inspiración contemporánea.
Esta séptima bienal removió los cimientos no sólo de un edificio paradigmático para la cultura universal, sino de una vieja reflexión sobre el papel que debe asumir todo artista en la sociedad donde vive.
El comisario general (hubo otras curadurías también) fue el artista polaco Artur Zmijewski.
Zmijewski desechó las preguntas que plantea el arte contemporáneo y concibió una bienal con respuestas concretas.
Por esta razón incluyó en la selección a ladrones, terroristas, algunos lectores del libro xenófobo alemán más vendido después del Mein Kampf y ciertos debates sobre identidades nacionales en Europa.
Lo que se dice una curaduría política y extrema.
O si se quiere, un llamado de atención anarquista. Queda claro que Zmijewski no es un artista ni un promotor cultural que se siente cómodo con exponer en un recinto de arte contemporáneo lo que tranquiliza a las vanguardias consumidoras de cultura, sean de izquierda o de derecha.
Para él el arte es una provocación, una forma activa de hacer política real. Por eso el lema fue "Piérdele el miedo".
Evidentemente, la idea es perderle el miedo a perturbar con tus ideas a los demás.
Como lo ha hecho Zmijewski. Dos de sus obras más inquietantes son el video Berek, en el que varias personas desnudas juegan dentro de una cámara de gas antes de ser exterminadas; y 80064, reflexión perturbadora sobre los números que les inscribían con fuego a los judíos en el cuerpo cuando entraban en los campos de concentración nazis.
Zmijewski convocó a numerosos colectivos políticos para que colaboraran con las curadurías.
Uno de ellos fue Voina, grupo artístico radical ruso que habita en lugares prestados y no cree en el dinero. Se alimentan con comida robada. V
oina también incendia carros policiales en las calles. Se encuentran fuera de la ley. Otra decisión polémica del comisario general fue la de ocupar la planta baja del Kunst-Werke (KW) por grupos activistas a los que se les permitió hacer lo que deseen. Cocinaban, dormían, pasaban el tiempo, realizaban cursos de cocina u ofrecían conferencias sobre temas de la realidad actual.
El artista Martin Zet convocó a varias instituciones para que colocaran receptores donde dejar un solo libro (Deutschland schafft sich ab), escrito por Thilo Sarrazins.
En español se llamaría Alemania se elimina a sí misma y es un grito de protesta por la cantidad de inmigrantes que viven en ese país.
Un gesto retrógrado. Sarrazins considera que los inmigrantes son perjudiciales para Alemania.
El libro se ha convertido en un best seller similar a Mein Kampf, uno de los ensayos más vendidos en el mundo.
La idea era que aquellos que compraran el libro lo devolvieran, pero no lo logró. Cuando se conoció la convocatoria los medios de comunicación cuestionaron el proyecto de Zet, lo acusaron de fascista y se enfocaron en la palabra sammel (colecta).
Aunque era evidente que Zet la usaba para "recolectar" libros, tenía también el sentido que le daban los nazis cuando "recolectaban" individuos para llevarlos a los campos de concentración. Hubo un artista, Khaled Jarrar, que presentó en la bienal un sello de un pájaro que vuela y dice Estado de Palestina.
Todos los visitantes podían llevar su pasaporte y se lo sellaban. Con el detalle de que en ese momento el pasaporte quedaba inutilizado.
La Bienal de Arte de Berlín se financia básicamente con fondos públicos. El Gobierno federal aportó este año 3,3 millones de dólares.
Con este dinero el radicalismo del mundo, los movimientos de indignados, las revueltas árabes, o si se quiere el anarquismo milenario, encontró un espacio para llamar la atención desde una esquina privilegiada.
En medio de una controversia que se debatió en oficinas gubernamentales y medios de comunicación, "el arte de perder el miedo" vivió su propia primavera en Berlín.
Lo que nadie ha podido probar aún es si el público general que asistió a KW digirió semejante lectura política del mundo, una lectura donde los matices eran tan confusos y peligrosos como en la vida misma.

