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Sergio Monsalve

El arte de la conspiración

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Después del fracaso creativo de Baarìa, Giuseppe Tornatore vuelve al cine con La mejor oferta, un decidido repunte en su carrera. Fue estrenada en el marco del Euroscopio 2014.

El filme lo protagonizan Geoffrey Rush, Jim Sturgess, Sylvia Hoeks y Donald Sutherland, quienes hilvanan una interesante trama de suspenso y misterio, para algunos cercana al universo conspirativo de Dan Brown, para otros vinculada con un esfuerzo de desmontar el intricado mundo de la bolsa de valores del arte.

Intentaremos ser lo menos binarios en nuestras apreciaciones, pues consideramos el filme un trabajo equilibrado entre ambas tendencias citadas, la de un pragmático heredero de Hitchcock pasado por el agua de El código da Vinci, y la de un autor preocupado por plasmar varias ideas relativas al campo de la teoría cultural. Procedemos a explicarnos.

Deben bajarse de su nube los perdonavidas y esnobistas del gremio porque el director es un zorro viejo y es plenamente consciente de las artimañas utilizadas por la cinta para captar la atención en el relato, mientras logra filtrar una serie de conceptos duros por el medio de la goma.

Es, entonces, el largometraje un aceitado y curioso homenaje a las obras maestras de la corriente paranoica de los setenta, desde el Pakula de Klute hasta el Coppola de La conversación.

De ahí la participación de uno de los íconos de aquella movida, Donald Sutherland, en un plano no solo estelar sino congruente con una visión crítica de la escena aludida, la de la mercantilización del objeto estético, reducido a la condición de moneda de cambio o de fetiche de contemplación onanista.

El personaje principal, un solitario conductor de una casa de subasta, le hace trampa descarada a sus clientes para quedarse con las grandes piezas ofrecidas por su compañía a través de un cómplice, cuya labor consiste en comprar las joyas de la corona rematadas por el dueño del martillo.

Los dos llevan a cabo una estafa, naturalizada por el afán de lucro mutuo, pero también por el ánimo egocéntrico del hombre gris interpretado por un magnífico Geoffrey Rush, de regreso a su lugar de caballero atrapado en una red de mundos paralelos. Una posible variante de su rol para El discurso del Rey.

Aislado en su departamento de lujo, en su bóveda de seguridad, el ladrón de guante blanco se celebra así mismo con una copa de vino delante de su monstruosa colección de lienzos dedicados a la figura femenina.

Nada más por ello La mejor oferta merece ser reconocida como un título de enorme significado para los amantes del tema.

El caballero y su tesoro desmesurado, compilado a punta de transacciones dolosas, resume el status global de los compradores compulsivos de arte y quizás de los museos ostentosos como el Thyssen-Bornemisza( acusado de negociar con los nazis para acrecentar la propiedad de sus cajas fuertes).

Así termina un patrimonio de la humanidad en manos de usureros.

Mutatis mutandis, La mejor oferta nos habla de un problema estudiado por gente ilustre como Baudrillard, Bauman, Zizek, Lipovetsky, Bourdieu y Verdú. Es el retrato pesimista de una casta de nuevos dueños de tal o cual firma en busca de poder.

La obvia paradoja manifestada al respecto por Giuseppe Tornatore no deja de tener su grado de certeza.

Como en un cuento moral de Charles Dickens, el insaciable apetito de consumo de perlas históricas de la vanguardia y el clasicismo, esconde una profunda infelicidad, un complejo de culpa, una involución del ser hacia la nada, un vacío en el cuerpo, una falta de afecto.

Geoffrey Rush es, sin querer queriendo, la caricatura de una marioneta maltrecha, movida por los hilos de un titiritero de sonrisa fáustica. Es el Pinocho de un Gieppeto calculador.

En consecuencia, al domador domado consiguen manipularlo por dónde le duela de verdad: por el corazón y por el bolsillo. Vamos con los spoilers.

En efecto, le montan un complot de corte romántico y financiero, logrando comprometer de lleno el castillo de naipes del hermético protagonista, obsesionado por descubrir las pistas de un acertijo amoroso, las huellas de una extraña colección personal y los vestigios de un autómata del tipo Hugo Cabaret. Un muñeco armado durante el metraje, encargado de simbolizar el estado de aparente recomposición existencial del personaje principal.

No obstante, todo es una mentira, una fachada para vulnerar su sistema de seguridad y despojarlo por completo de su colección.

Resuena la lección de “ladrón que roba a ladrón, recibe cien años de perdón”.

El guión concluye con el retorno del hombre al laberinto de la alienación y el aislamiento, encerrado en una trampa de manecillas de reloj. El tiempo todo lo destruye, gira y pone en su sitio.

Al estilo de Welles en F de Fake, La mejor oferta desnuda el fraude de la utopía del arte.

¿Es un espejismo moderno, un paraíso fiscal, una operación de falsa bandera?

¿Lo único auténtico es la copia disfrazada de originalidad?

¿El lado oscuro de nuestras reliquias, de nuestras antigüedades, de nuestras exposiciones colectivas e individuales?

Al igual que Polanski, el ratón caza al gato en una telaraña de sexo, erotismo y desvelamiento de la intimidad.

Una chica sufre de agorafobia y en la superficie se enamora de su alter ego masculino. La pareja se complementa al instante.

El desenlace demuestra la fragilidad de una relación sustentada en la proyección de una fantasía.

La música de Morricone es perfecta en su abstracción compositiva.

Vibrantes ecos del giallo italiano, de Argento a Bava.

En la lista de 2014.