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Rolando Hanglin

Un argentino en ciudades británicas

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Hace muchos años quien esto escribe tuvo una amiga inglesa aquí en Inglaterra. Algunas veces fui invitado a pasar la noche en el cottage de sus padres, en la campiña. Por las mañanas, mientras tomábamos el desayuno, el padre corría suavemente la cortinita que daba al pequeño jardín y a veces comentaba: “¡Lovely day!” (lindo día). Yo espiaba el exterior y comprobaba que... ¡Estaba lloviendo! Pensaba para mí: ¿Qué tiene de lindo este día horrible?

Luego, con los años, fui comprendiendo que todo depende de las circunstancias. En Inglaterra, el clima varía entre tormenta, lluvia, tempestad, llovizna, garúa, chaparrón, chubasco y encapotado. Esas son las variantes. De modo que, habituado a este tiempo durante años, mi anfitrión consideraba que un día nublado con lluvias ligeras constituía un momento perfecto para pasear, correr y brincar.

Aquí, las cosas no se suspenden por lluvia. Ni los partidos de fútbol o rugby, ni los espectáculos ni las manifestaciones. Los ingleses disponen de una amplia variedad de capotas, paraguas, abrigos, camperas, impermeables, echarpes y gorras. Y de cualquier modo, lo peor que les puede pasar es mojarse. Cosa que no los desespera. Tampoco les inquieta el frío. He visto, por las mañanas, con 7 grados de temperatura, a londinenses que se acercaban a contemplar la magnífica guardia montada de la Household Cavalry con shorts y ojotas.

Quiero decir: mientras los guardias se mantenían impertérritos en sus cabalgaduras, con los morriones de bronce brillante, las capas color rojo inglés y el cuerpo envuelto en uniformes de lana... algún espectador se sentía cómodo y suelto, como en Copacabana. Por decir algo.
¡Con razón los británicos, grandes guerreros y marinos, emigraron por todo el planeta, con preferencia por sitios cálidos como la India, el África y el Caribe! Tenemos la sensación de que los ingleses que permanecieron aquí han constituido una raza atérmica. Indiferente al clima exterior. O tal vez el frío y la lluvia los impulsan a moverse, a hacer cosas, a buscar la guerra o la paz, o algo entre las dos, pero con enorme energía.

Estuvimos en Stonehenge, a 145 kilómetros de Londres. Un depósito de grandes monumentos de piedra que se descubrió hace siglos en medio del campo, y fue habilitado al público en 1974. El lugar presenta, bajo la lluvia inevitable, una cantidad de grandes piedras erigidas con medios que no podemos imaginar. Muchas de ellas conservan su “techo” o dintel, que es otra piedra de 8 toneladas. Estos primitivos arcos de fútbol, levantados hace 5.000 años, constituyen una de las maravillas arqueológicas del planeta.

Se necesitan 200 hombres fuertes, coordinados, bien alimentados y dispuestos a todo para hacer rodar sobre troncos de árbol una de esas moles, que pudieron provenir de Gales u otros lugares rocosos. Estos menhires forman un círculo, que a su vez está envuelto por otro vasto círculo de 54 hoyos. En cada uno de estos orificios se hallaron restos humanos, cremados y luego inhumados. En la zona hay 240 enterramientos que ya fueron explorados.

El sitio era, en principio, un cementerio para gente importante. En cada tumba se hallaron armas y escudos de bronce y de oro, adornos, herramientas y efectos personales del individuo allí enterrado. Hay otros túmulos cubiertos de césped en el lugar, que aún no han sido investigados. Por eso, el sitio principal está vedado al público: los arqueólogos aún tienen mucho que excavar, y las pisadas de miles de turistas caminando podrían aplastar delicados objetos ocultos a 3 ó 4 metros de profundidad.

¿Fue un templo, un calendario para determinar solsticios y equinoccios, o sea tiempos de siembra y de cosecha? ¿Quiénes eran, qué idioma hablaban, qué buscaban? Poco se sabe. Indudablemente, eran una especie de ingleses, ya que ponerse a levantar piedras de 10 toneladas con semejante clima nos parece totalmente desaconsejable. Mejor, ponerse al reparo y tomar un mate calentito... o una taza de té, que es más o menos lo mismo.

Por el camino de vuelta, ya de noche a las cuatro de la tarde, uno ve los carteles señalando la ruta de Southampton. Allí tuvo Rosas, don Juan Manuel, una granja durante 25 años, después de su derrocamiento en 1852. Lo ayudó en la fuga su buen amigo el cónsul británico Robert Gore. Cuando Rosas era amo y señor de la provincia de Buenos Aires, a pesar de la Vuelta de Obligado y la ocupación de las Islas Malvinas, mantuvo cordiales relaciones con los ingleses. Y ni hablar de los irlandeses, que formaban una numerosa colonia de pastores, ya en aquel entonces. Descendiente de estos labradores (que prosperaron rápido) era Camila O' Gorman, que fue fusilada junto al cura Ladislao Gutiérrez, asumiendo Rosas toda la responsabilidad de lo sucedido en Santos Lugares. Eran tiempos crueles.

Hoy día, las cosas son más suaves. Por ejemplo, aquí en Londres vemos la paradoja del conquistador conquistado. La ciudad ha sido repoblada por hindúes, pakistaníes, árabes, africanos y chinos. No se ven ingleses “étnicos” por la calle. Sólo una colorida mezcla de negros, indios, mulatos, mestizos y sobre todo chinos, que suman 50% de los seres humanos que circulan por la calle. Todos felices con su buen paraguas y su echarpe.

Las negras espléndidas, con sus melenas de mota cuidadosamente peinadas al estilo de Jamaica: figura perfecta, sonrisa radiante. Coquetas y perfumadas. Como princesas a punto de bailar el vals. Y las chinas, también bonitas, con sus modales suaves y sus rasgos refinados. Las inglesas, robustas y pelirrojas, se deslucen un poco al lado de estas beldades de origen colonial.

En todas las ciudades británicas (Londres, Glasgow, Edinburgo, Dublín) existen tours del terror ya que el clima sombrío y el paisaje un poco tétrico hacen pensar en los callejones donde paseaba Jack el Destripador, y otras leyendas o historias de brujas y monstruos. A nosotros, los argentinos sólo nos destripan los precios, verdaderamente diabólicos.