• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Esa ardiente paciencia

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para Antonio Ledezma

 

 

Dos Venezuela muestran sus rostros al mundo, como para que nadie dude de lo que sucede en nuestros paralelos: la que obedece ciega, muda y sorda a las órdenes dictatoriales que recibe del fondo de su tribu, y la que se rebela ante las injusticias: la que saquea y la que se habilita. La que insiste en regresarnos al oscuro corazón de nuestra barbarie y la que lleva un tiempo casi insoportable de ardiente paciencia intentando corregir, siempre obediente a las leyes que un día se diera y que sólo ella respeta, aquello que también ella, en un rapto de desquiciamiento y desesperación, contribuyó a crear: el telúrico desencajamiento de sus instituciones. De nuestras instituciones, señas de nuestra identidad. Aquella, voraz y hambrienta, sin límites ni medidas, reaccionando salvajemente a la situación que padece obedeciendo la orden secreta de sus instintos. La otra manteniendo en alto y con orgullo su dignidad de pueblo herido.

Ambas hacen lo que su cultura y formación les dictan. Un prurito de contención y confianza, de decencia y disciplina, mantienen encendido el fuego de la esperanza en esos millones de venezolanos que se apostan y se apostarán, suceda lo que suceda, desde temprano en los centros electorales para insistir con ardiente paciencia en la necesidad de resolver esta crisis del horror dentro de los estrictos cánones de la civilidad. Sin violencia y sin sangre. Política, incluso deportivamente. Haciendo acopio de sus mejores sentimientos. Sin rencores ni venganzas, por más que tenga incalculables razones para lo uno y lo otro. Que en estos últimos tres años el régimen se ha esforzado, con singular éxito, en mostrar y ejercer toda la barbarie que traía escondida en sus propósitos.

La venezolanidad no es un hecho: es una voluntad. No es un dato: es un proyecto. No es naturaleza. Es historia. Y hoy, exactamente como en nuestro más remoto pasado, se enfrentan los hechos de nuestro fondo de barbarie –belicoso, montaraz, forajido, violento, irracional y brutal– con los propósitos civilizatorios de nuestras mejores conciencias. Exactamente como lo retratara de manera soberbia nuestro mejor novelista, Rómulo Gallegos, en toda su obra literaria. La encrucijada de Venezuela indicaba tras un siglo de Independencia sólo dos alternativas: civilización o barbarie. Sus ultrajados restos, como también los del presidente Medina Angarita, pre constructor de nuestra democracia, demuestran que la encrucijada aún hoy, a más de medio siglo de sus muertes, no ha sido resuelta.

Enhiesta al frente de este cortejo de dolor y lágrimas, de esfuerzos y sacrificios, esa Venezuela de la ardiente paciencia constituye el mejor reservorio de lo que a pesar del asalto a la razón de la Venezuela totalitaria y salvaje, nos promete futuro. Del otro lado de la calle estará la Venezuela pronta al saqueo, al destrozo, al atropello. Protegiendo y asegurando, con elemental razón, las necesidades de su elemental sobrevivencia. Y para la cual bastará un leve signo, un resoplido, una provocación, una orden para desatar los tiempos de la ira y la destrucción. Para un observador extranjero resulta incomprensible que un régimen que lo tuvo todo agonice en medio de la devastación que él mismo produjese. Como tampoco entenderá que unas mayorías tan sólidas y contundentes mantengan la calma y la templanza a la espera de que las cosas vuelvan por sus cauces. Así lo espere en la absoluta soledad, en medio de la incomprensión y el desinterés de sus vecinos, sola ante la adversidad.

Ser venezolano, hoy, en medio de tantas tribulaciones y en la desértica y fría soledad de nuestros sufrimientos, es un motivo de orgullo. Nuestra ardiente paciencia será coronada por el éxito. No tengamos la menor duda. 

 

 

@sangarccs