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Antonio Pasquali

Para los archivos sobre el Gabo

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Visto el esfuerzo de la cultura nacional por ordenar en memoria todo lo conservable de las relaciones del Nobel García Márquez con Venezuela, he estimado pertinente consignar a sus archivos el pequeño pero significativo episodio aquí narrado, con mis sinceras excusas al lector si la específica circunstancia me obliga a escribir en primera persona, algo que francamente aborrezco. Lo hago con dos premisas: admiro incansablemente al escritor desde el día de la llegada del hielo a Macondo, y por su perspicacia en prever desde 1998 el futuro despótico de Chávez, una acertada profecía que lo alejó de una Venezuela por él muy amada.

A comienzo de los 50 del pasado siglo (la UCV estaba cerrada) me ganaba la vida montando en vidrio para fotograbado, todos los sábados, en Grabados Nacionales de Prado de María, una revista deportivo-cinematográfica que dirigía el inolvidable Sergio Antillano. A mi lado, el feliz e indocumentado Gabo hacía otro tanto con Momento, el semanario creado por Plinio Mendoza Neira venido de las peores turbulencias políticas colombianas de aquellos años, a menudo acompañado del joven hijo Plinio Apuleyo Mendoza, algunos años más joven que yo. Durante esa cohabitación sabatina, el Gabo y yo apenas intercambiamos palabra, si acaso tres o cuatro veces, sobre cuestiones relacionadas con técnicas y astucias del común oficio.

Treinta y cinco años después. En un intento por mejorar la eficiencia en el trabajo de campo de la organización, el director general de la Unesco Amadou Matar M’Bow decidió crear en 1986 coordinaciones regionales sobre el terreno, una por continente, y para subrayar la importancia que tendrían nombró a su cabeza a 3 de sus 5 subdirectores generales. Quien escribe, a la sazón subdirector general para las Comunicaciones, fue elegido para América Latina y el Caribe con sede en Caracas, por cuanto el entonces ministro de Educación Luis Carbonell había ofrecido en conferencia general sede y apoyo económico a la iniciativa. Esta sorpresiva novedad fue mal comprendida tanto por funcionarios de gobiernos como por unos cuantos miembros del personal de la organización sobre el terreno.

En diciembre de 1986 la ex colega del Ininco Elizabeth Safar, de regreso del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana (presidido por García Márquez), me informó que el escritor había expresado en público juicios negativos y francamente descabellados sobre mis actividades de coordinador regional (“Pretende crear una Unesco latinoamericana…y favorecer la política norteamericana”, cuando ese país ya no era miembro de la organización). El 7 de enero de 1987 dirigí una correspondencia a Gabriel García Márquez manifestándole que los grandes escritores y líderes de opinión como él estaban en la obligación de sopesar mejor sus aseveraciones públicas y evitar juicios temerarios, que recabara más precisas informaciones sobre mi persona, actividades y fidelidad a la organización y que sustanciara sus afirmaciones para eventualmente rectificar en público las anteriores.

En correspondencia desde México fechada abril de 1987, escrita de su puño y letra en tinta muy negra y hermosa letra, el Gabo me contestó así: “Estimado Amigo, es cierto que comenté en público una versión alarmante que circulaba por aquellos días en voz muy allá por los lados de la Unesco. La reacción de Ud. me convence de que se trata de un infundio, y me alegra mucho que así sea, por Ud. y toda la América Latina. Créame que me duele haberle causado este dolor, y quisiera hacer algo para que lo olvide. Le mando, con mis excusas, un abrazo muy sincero, Gabriel”.

Un par de años después tuvimos la oportunidad de encontrarnos cordialmente en Caracas, en casa de Hans Neumann. En tono afable-vanidoso, el Gabo me aseguró que yo era la única persona al mundo que había recibido excusas de su parte.