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Mirla Alcibíades

El archivo de Miranda

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No son pocos los abordajes que todavía nos plantea el hacer vital de Sebastián Francisco de Miranda. Por ejemplo, su cercanía con los pueblos originarios de América reclama profundización. Basta citar al respecto los planteamientos que formuló en torno al valor del Inca como máxima figura de gobierno. No creo necesario ahondar en lo que esta propuesta supone como carga valorativa de aquella cultura.

Desde luego, su relación con los mantuanos invita a una exploración detallada. Es probable que el resultado de esa pesquisa nos revele que, en buena medida, la pérdida de la llamada primera república resulte de esa interconexión conflictiva. Era blanco de orilla, como se denominaba en su tiempo a los descendientes de españoles sin bienes de fortuna. Esa condición planteaba una diferencia irreconciliable entre él y los ricos que asumieron la dirigencia del movimiento emancipador.

No menos interesante vienen a ser sus habilidades para proveerse de numerario en la Europa que le dio asiento. Es inevitable que comparemos su experiencia con la de otro caraqueño, con Andrés Bello. La pregunta surge de inmediato: ¿por qué Miranda lograba apoyo en metálico para sus proyectos americanos y Bello, a duras penas, conseguía con su trabajo un poco de dinero para sobrevivir en compañía de los suyos?

En suma, los temas se acumulan. Es sabido que, a lo largo de su vida, cultivó la pasión del bibliógrafo. Cada viaje que emprendía, cada estadía en determinado lugar, le significaba la adquisición de libros. En su biblioteca los había en las diferentes lenguas que dominaba: castellano, desde luego, y, también, inglés, francés, italiano, alemán, portugués, latín y griego. Esa biblioteca ha sido estudiada aunque, desde luego, no se ha dicho todo lo que sobre ella puede destacarse.

Sin embargo, en lo que a mis intereses concierne, me parece más que llamativa la existencia de su archivo personal. Felizmente, ese acervo de Miranda se puede consultar en el presente por vía digital. De manera que está al alcance de toda persona volcada en su figura.

¿Qué se encuentra en ese voluminoso material? Todo lo que Miranda fue escribiendo desde que salió de Venezuela en 1771, hasta su captura en La Guaira, en 1812. Hay allí, tanto observaciones de carácter político, urbanístico, culinario, musical, literario, cortesano, militar –y todo tipo de experiencias que vivía o de las que era testigo en Europa, Estados Unidos y el Caribe–, como detalles de su vida personal, íntima –que no excluía sus galanteos y trajines amorosos.

El punto que me interesa destacar el día de hoy tiene que ver con la significación de ese archivo escrito, que fue modelado durante más de 40 años. Para su artífice, para Francisco de Miranda, el registro tenía singular valor. Este hecho lo prueba una medida que aplicó el caraqueño a lo largo de su vida: siempre llevó consigo esos pliegos que fue enriqueciendo de manera constante. Tanto fue así que, cuando lo detienen en 1812 y queda prisionero hasta que lo alcanza la muerte el 14 de julio de 1816, todo ese material estaba con él.

Sin entrar a analizar mayormente los contenidos que resguardan esos folios, un rasgo fundamental los caracteriza. Es una mentalidad moderna la que organiza y da sentido a esa información acumulada. Mientras sus coetáneos venezolanos seguían cultivando una literatura de tema religioso o, en su defecto, humorístico (pienso en los versos de José Ignacio Moreno en 1777 o en el Juan Antonio Eguiarreta de 1771) Miranda abre nuevas sendas.

De manera que quien vaya a buscar modernidad en las letras venezolanas, no encontrará pruebas de lo buscado en la poesía ni en la narrativa (que tuvo consagración tardía en nuestro país), la hallará en la prosa ensayística. Y esa prosa la comenzó a cultivar Miranda antes que nadie.

Lo que destaco significa que correspondió a Francisco de Miranda –el sujeto emisor de ese archivo, que está conformado por diarios, memorias, epistolario– la acuñación de un lenguaje nuevo. Se tiende a pensar que corresponde a la poesía o a la ficción inaugurar la novedad en la escritura. Siendo así, estos géneros estarían llamados a superar registros estéticos desgastados, perimidos.

Pero con Francisco de Miranda hemos aprendido que la prosa reflexiva también funda nuevas rutas estéticas. Esa escritura que se presenta adscrita al ensayo debe inscribirse, con total legitimidad, al universo de la literatura latinoamericana. No debemos olvidar que también la ensayística forma parte del campo de la literatura.

Lo que planteo debe traducirse en que la escritura mirandina abre los cauces que, posteriormente, en la etapa de formación del Estado republicano, se instaurará en forma plena.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com