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Eduardo Escobar

Los arcanos del 14

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Ya caminamos a paso firme por el año 14 del tercer milenio después de Cristo, agotado el peliagudo 13, de mala fama. Al cabo de tantos errores desde Adán debemos preguntar qué dios nos empujó con soplo inaudible hasta aquí. Miren el 14. Siete letras, 7, que doblado reproduce el nombre de la criatura. No ocurre así con el 3, con el hondo 1, ni con el insondable 0, el más despojado de los números, pues carece incluso de ordinal.

El de 14 es decimocuarto. Algunos lo confunden con catorceavo. Pero este pertenece en verdad al reino de dispersiones de los fraccionarios. Corominas trae en su diccionario catorceno y catorcena, por equidad de género quizás. Y catorcén.

Investigando, un clic aquí, otro allá, como hoy hacemos sin ir a la biblioteca, descubrí cosas que mis maestros fueron incapaces de enseñarme en el bachillerato. Por ejemplo, que la factorización es en matemáticas la técnica de descomponer en un producto un número, suma, matriz, o polinomio; que el 14 es un compuesto de bloques fundamentales, 1, 2 y 7, de acuerdo con la pánica Wiki. Y que aunque existen otros métodos para factorizar, dependiendo de los objetos estimados, se busca siempre simplificar en bloques fundamentales un número en números primos o un polinomio en polinomios irreducibles.

Por el teorema fundamental de la aritmética, cada positivo tiene una sola descomposición en números primeros o factores primos. La mayor parte de los algoritmos de factorización elementales son de propósito general en cuanto permiten descomponer cualquier número y solo se diferencian en el tiempo de ejecución.

El problema de factorizar enteros en tiempo polinómico no ha sido resuelto. Si alguien lo consiguiera haría un descubrimiento de inmenso interés en el ámbito de la criptografía, pues muchos criptosistemas dependen de su imposibilidad. En medios académicos tal avance significaría una gran noticia. En otros círculos, un sucio secreto.

El teorema fundamental de la aritmética cubre la factorización de números enteros, y la factorización de polinomios, el fundamental del álgebra; la factorización de números enteros muy grandes requiere algoritmos sofisticados cuyo nivel de complejidad está en la base de la fiabilidad de algunos sistemas de criptografía asimétrica. Los numerólogos de programa vespertino de radio reducen el 14 a un soso 5. Pero los números son plásticos, enigmáticos, y para definirlo es insuficiente hablar de un número natural que combina el 1 y el 4, que invertidos son el 41, que sumado a sí mismo da 82, etc.
La Wikipedia lo tacha de defectivo o deficiente.

En el Tarot, su carta muestra a veces una mujer alada a campo abierto sosteniendo un jarro que vierte sobre otro. En el de Marsella, el personaje viste de rojo y azul. En el de Rider, un ángel de blanco con un pie en tierra hunde el otro en un lago donde crecen lirios y hay un camino alumbrado por un sol o una estrella. En su pecho, un triángulo simboliza el fuego. A diferencia de otras figuras del Tarot más etéreas, el ángel toca el suelo con un pie morado, símbolo de la santidad, según los intérpretes de arcanos.

El 14 es el número de la justicia, la templanza, la fusión y la organización, dice el diccionario de símbolos de Cirlot. Pero también invoca al borracho. En tiempos recientes, en el argot de nuestros góticos galafardos de barrio se usaba para solicitar, como sinónimo de favor.

“Hazme un catorce”, se decía. Y en la reputada edición de Whilhelm, el I Ching llama al decimocuarto hexagrama “posesión de lo grande”. Y afirma que, si alguien en un puesto elevado es modesto y benévolo, lo obtendrá todo como si acudiera a sus manos. El 14 es de buen augurio, esperanzador. Con una salvedad. Derivando del infame 13, que lo contamina, para en el 15, cifra del Diablo para los magos. Lo mismo que para los simples charlatanes de todos los abracadabras. Que hacen su agosto cada enero.