Sin árbitros
9 de mayo 2013 - 00:01
La nueva mayoría democrática venezolana, cuyo triunfo se ha desconocido porque no tenemos Estado sino Gobierno, sólo se tiene a sí misma. Es, en definitiva, una criatura desamparada, pero con todo y desamparo ha construido lo que ha construido, y a pulso de derrotas y aprendizajes, entendiendo cada vez más que lucha contra un enemigo omnipotente, omniabarcante. Es posible que algún diputado sureño se pronuncie a favor de sus logros, o que algún representante de la OEA recomiende una moción tardía, pero el juego de hoy no es el de los representados (esa mayoría que se decide a cambiar el destino del país) sino el de los representantes, esto es, el de los poderes instituidos, que son los que se sientan en las poltronas y frente a los micrófonos fijan los destinos del continente.
Las instancias internacionales están lejos de entender que los fueros de esta nueva mayoría están en la historia y en la cultura venezolanas, una historia de logros y tenacidades, y una cultura de sacrificios y solidaridades. Esto sólo lo pueden ver o sentir los que se labran un futuro para sí mismos y sus hijos, los que reconocen la tradición institucional que hemos tenido, los que saben que el hiperrentismo es una figura anacrónica, los que entienden que el país todo lo tiene para crear una república de iguales, tanto en lo político como en lo social. Lo demás es asunto de camarillas, de desalmados, de los que ven en las arcas públicas la fuente para llenar sus bolsillos: una tara que nos persigue desde el siglo XIX y que los que hoy nos desgobiernan han convertido en objetivo único.
Los árbitros no los tenemos ni adentro ni afuera. Lo que tenemos más bien es el libre arbitrio de una sociedad decidida a dejar sus lastres históricos, que en mucho la han inmovilizado, para abrazar la causa republicana y conquistar la prosperidad económica. Quien no haya leído el mandato de las urnas, que el Gobierno de facto ha enterrado, también se entierra en las ruinas de la Historia.

