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Alexis Correia

El apagón de Telesur

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La columna de esta semana, en principio, estaba dedicada a un programa de humor que descubrí en VTV, pero la postergué ante los acontecimientos del pasado viernes a golpe del amanecer venezolano (6:00 am): los autores de la masacre en la sede del semanario parisino Charlie Hebdo se encontraban atrincherados con rehén(es) en uno de esos típicos lugares franceses de nombres con guiones, Dammartin-en-Goële, dispuestos a inmolarse como mártires.

Escribiré entonces sobre mi búsqueda nerviosa de información en la restringida oferta de mi sistema de TV satelital. Tome en cuenta que abandoné la pantalla para sentarme a redactar cerca de las 8:00 am, por lo que me perdí el desenlace de los sucesos, incluida una segunda situación de rehenes en París.

Mi primera conclusión ya la asomé: no hay mucho dónde buscar. Le saqué telarañas al otrora acto automático de poner Globovisión, algo que tenía siglos sin hacer en la mañana. Desconocía los nombres de los actuales conductores de Primera página: Carolina Pereira y Gabriel López. Se debatían entre hablar de Dammartin-en-Goële (con apoyo en la señal de CNN en Español, por supuesto) o del desabastecimiento, lo que es comprensible.

De resto, tenías CNN y BBC (con la barrera idiomática para los que no hemos pasado el nivel “persueichión”) y la que para mí fue la revelación, una edición especial en vivo de Espejo público de la cadena española Antena 3, mochada a las 7:30 am para dar paso al espacio de salud ¿Qué me pasa, doctor? En VTV, un imberbe con una chaqueta tricolor emplazaba en Cantar de gallos a “tres pendejitos que salieron ahí en Chacao” y a las cámaras de empresarios, “ustedes que quieren chuparle los dólares al Estado venezolano”.

Lo más insólito fue Telesur, concebido para servir de contrapeso bolivariano a CNN. ¡Pasaba un documental sobre las torturas de la CIA! Incomprensible apagón mientras “todos los ojos del mundo” estaban puestos en un polígono industrial en las cercanías del aeropuerto Charles de Gaulle, en palabras de los comentaristas de Antena 3. CNN en Español llenó algo del vacío con un corresponsal muy juicioso en París, de nombre Rafael, ese tipo de gente que se gana mi admiración instantánea porque no pronuncian “Damartín” sino “Damartán”.

Vamos a estar claros: no había mucho que ver. El techo de un galpón. Una humareda, que en realidad era la niebla invernal. Helicópteros. Casitas de un pueblito europeo soñoliento donde la gente no hace colas desde las 3:00 am. Vivimos la paradoja de la era de las cámaras omnipresentes y al mismo tiempo del férreo control de la información. ¿Había o no había asalto en curso de las brigadas especiales? Olvídese de un imponente terrorista con una cimitarra en la garganta de una chica haciendo una proclama a Alá: toda la película tenía que formarse en la cabeza del televidente.

En medio de lo que ellos mismos llamaban “sequía informativa”, los periodistas de Antena 3, cuyos nombres desconozco, llenaron mi vacío con su narrativa. España es la patria de la mejor cháchara, que recorría la necesidad de integrar a las comunidades de inmigrantes, el infierno que se vivió en la redacción de Charlie Hebdo (con todo y dramatización animada) o cómo era posible llegar a una negociación con gente hambrienta de la gloria del martirio (la misma pregunta que yo me hacía).

El momento cumbre llegó a las 7:13 am, cuando un testigo contó la historia de un presunto “gendarme con muy buena puntería” que había herido en “no sé qué parte del cuerpo” con una vulgar pistolita al extremista armado que le apuntaba con un AK-47, antes de que se perpetrara una posible matanza en un centro comercial. ¿Verdad o fábula? En todo caso, la pistolita es el correlato de la efectividad de un primitivo relato oral en una era en la que, solo teóricamente, podemos ver todo al mismo tiempo que ocurre.  

 @alexiscorreia