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Antonio Sánchez García

Los apaciguadores

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“La izquierda es la canalla sentimental quintaesenciada”

 

Roberto Bolaño

 

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Nueve años después de la soberbia expresión de rechazo de la ciudadanía a la descarada, anticonstitucional y aviesa manipulación electorera del régimen con la mayor manifestación de abstención de nuestra historia moderna –más de 80% de abstención en las elecciones del 4 de diciembre de 2005– negándose con ello a pasar bajo las horcas caudinas del ministerio electoral del sistema, y luego de que la sociedad civil le cediera sus espacios protagónicos a las direcciones de los partidos políticos y aceptara bajando la cerviz reducir la actividad opositora solo y exclusivamente al ámbito electoral, decidiendo, por consiguiente, abandonar la calle y participar de todos los procesos electorales subsiguientes sin cuestionar la intangibilidad de los mecanismos abierta y descaradamente fraudulentos, vuelven a surgir los portavoces de la canalla sentimental a esgrimir esa abstención –la única, por cierto, asumida y respaldada por algunos de nosotros, los “opinadores de oficio” como una decisión correcta– como responsable de que tras esta década infame el régimen continúe reinando por sus fueros. Lo he leído recientemente en un artículo de Luis Pedro España en El Nacional, en el que asomó su mano enguantada con una marioneta travestida de monstruo de feria abstencionista para asustar incautos y eximir a la dictadura reinante de toda responsabilidad en el decurso de estos hechos, endosándosela en cambio a “los radicales” de siempre.

Ese artículo fue un catálogo de la justificación canalla de la tragedia que hoy sufrimos, achacándole la responsabilidad del rumbo dictatorial de Hugo Chávez y sus mesnadas no a una estrategia fría y aviesamente planificada desde antes del golpe de Estado del 4-F y abiertamente declarada tras la entrega de nuestra soberanía a la tiranía cubana luego de los sucesos del 11 de abril, sino a las casi naturales reacciones del régimen a nuestra torpe y sistemática acumulación de errores. Viene a decir algo así como que si no desfilábamos el 11 de abril nuestros soldados institucionales seguirían ocupando los comandos del Estado Mayor; si no incurríamos en el criminal y estúpido paro petrolero, Pdvsa seguiría en manos de la meritocracia; si no intentábamos el revocatorio, Chávez no hubiera sido reelegido; si no nos absteníamos el 4-D de 2005, el Congreso estaría en nuestras manos y no se hubiera llegado a esta perversidad de sufrir un CNE controlado por el gobierno. Podríamos ampliar el catálogo a todas las acciones que han ido cercenando sistemáticamente la naturaleza democrática del sistema de dominación venezolana hasta llegar a esta dictadura, a la que esta misma canalla sentimental, en el colmo de la ignorancia y la estolidez, aún insiste en desconocerle su naturaleza intrínsecamente dictatorial, reduciendo sus evidentes rasgos dictatoriales a “una democracia imperfecta”. Provoca recordar una vez más, como recomendaba André Gide para que los olvidadizos no sigan profitando del olvido, la célebre frase de Antonio Gramsci: Solo tú, estupidez, eres eterna.

 

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El pueblo opositor, de una mansedumbre que desmiente la más famosa estrofa de nuestro Himno Nacional, respetó de manera sacrosanta las decisiones que en Venezuela comenzaron a pesar como una losa sobre nuestras conciencias, cohibiéndonos ante el uso de otros medios de lucha política, incluso refrendados constitucionalmente, que los electorales. A partir del acuerdo de Teodoro Petkoff con Julio Borges y Manuel Rosales, asumido motu proprio a pocos meses de la fenomenal abstención de diciembre de 2005, y con el evidente propósito de coartar sus eventuales consecuencias sobre un acrecentamiento y radicalización de la masa crítica aglutinada tras dicha abstención y sus efectos directos sobre el posterior curso y desenlace del proceso –sobre los que insistió, incluso a redropelo de nuestros mejores aliados,  un pequeño grupo de venezolanos al que tuve la honra de pertenecer, el M2D–, el comportamiento político de esa masa crítica se vio cada día más circunscrito a seguir los vaivenes de los recuperados liderazgos políticos que ya volvían a asomar sus cabezas después de varios años sabáticos. La sociedad civil, como agente directo de sus intereses nacionales, pasó a convertirse en sociedad votante y montada en un pintarrajeado carrusel electoral ininterrumpido aceptó tropelías tras tropelías. Por ejemplo, una de la que no me olvido: quien hubiera sacado equis cantidad de votos en una elección inmediatamente anterior –así esos votos no pertenecieran a ninguna militancia partidista sino a la masa anónima de votantes que votaron unitariamente, entre los que me cuento, por cualquiera de los postulantes– tenía derecho de presentar la misma equis cantidad de candidatos a la Asamblea. De ese extraño manejo manipulatorio de la voluntad ciudadana, absolutamente arbitrario, dependió la constitución de la actual Asamblea. En la que ni están todos los que son, ni son todos los que están. En la que se puede contar a su mejor exponente, María Corina Machado, gracias a que rompiendo esos oprobiosos esquemas manipulativos decidió presentarse como independiente, por su cuenta y riesgo.

Y surge allí la quiebra absoluta de la supuesta potencia argumentativa de la canalla sentimental, aceptada por la práctica totalidad de los partidos políticos opositores con muy notables y notorias excepciones: se vivió la insólita paradoja de obtener 52% de los votos y lograr un poco más de 30% de la representación parlamentaria, sin que ninguno de los filósofos, sociólogos, politólogos, abogados e ingenieros computacionales de dichos partidos nos puedan dar una explicación coherente de tamaña anormalidad ni dejen de culpar al abstencionismo del 4 de diciembre de 2005 por el hecho de que tales reglas y normas absolutamente violatorias de un sano ejercicio electoral continúen degollando la relación representante-representado que es esencia de una democracia en funciones.

Digamos: culpable por el hecho de que tres de los cinco árbitros electorales hayan continuado ejerciendo sus funciones –hasta el día de hoy– a pesar de habérseles vencido el plazo para el que fueran designados; que otro de ellos no muestre el más mínimo deseo de arbitrar objetivamente y el quinto no rinda cuentas de sus ejecutorias, como si fuera propietario absoluto de su cargo, negándose todos ellos a permitir auditorias del REP y, sobre todo, de los propios resultados electorales por parte de los partidos y sus candidatos no es culpa de esa oposición electoralista –digamos, la que detenta quiérase o no la representación de más de 7 millones de votantes– sino de un grupete de opinadores de oficio que auspiciaron la abstención masiva y gigantesca del 4 de diciembre de 2005. Una falacia que bordea la estulticia, visto que si esos opinadores hubieran tenido el poder real de convencer al 83% de los ciudadanos que la hegemonía intelectual de la canalla le atribuye, hace exactamente 9 años que hubiera movido a ese mismo 83% a expulsar a patadas del poder a quienes han traicionado hasta nuestra manera de caminar.

 

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Y henos aquí, una vez más en estos 14 años, enfrentados al dilema de volver a agachar la cerviz ante el poder ilegítimo que nos aherroja, aunque con una gigantesca desventaja para la canalla sentimental y todos sus amanuenses; y otra de la misma naturaleza para la dictadura: no hay elecciones. Y lo que rodea ese minus de la canalla y ese plus fenomenal para los irreverentes que no toleramos vernos sumisos a una dictadura: la crisis económica ha comenzado a tocar fondo. Sin dólares ni votos, dictadores y canallas están de pésame. Aunque usted no lo crea.

Para decirlo de una vez: así no hubiéramos desfilado en contra del decreto 1011, así nos hubiéramos quedado en casa cuando Chávez despidió a lo mejor, más selecto y preparado de nuestra Pdvsa –más de 20.000 empleados organizados según escalafones meritocrático–, así no hubiéramos desfilado al Palacio de Miraflores un memorable 11 de abril ni convocado al revocatorio, evitando ser nariceados a su antojo por el dictador; así hubiéramos votado sumisos y serenos, como lo hiciera encapillado Julio Borges, el 4 de diciembre de 2005; así nos hubiéramos convertido nosotros mismos en chavistas y hubiéramos tratado de subvertirlo desde dentro, hoy estaríamos donde estamos: arruinados, envilecidos, descalabrados, prostituidos. Ha sido el destino inexorable de los cientos de revoluciones, motines y golpes de Estado venezolanos. Porque Hugo Chávez, perfectamente entroncado en esa siniestra tradición, decidió mucho antes de dar el alcahueteado golpe de Estado de 4 de febrero que llevaría a cabo una revolución caudillesca, autocrática y militarista, trufada poco después con el veneno del socialismo castrocomunista.

De allí que culpar al abstencionismo o a la “falta de política” de que hemos hecho y seguimos haciendo gala los radicales es una sencilla canallada, una estupidez, una vergonzante carencia de estatura moral e intelectual. Escabullirle la nalga a la jeringa del enfrentamiento con la dictadura soñando en los pajaritos preñados de la inexorable caída de Maduro por efecto de su propia implosión no es solo una venenosa ilusión: parte del supuesto de que el castrocomunismo solo puede ser implementado con bonanza económica y en orden. La verdad comprobada por los hechos durante todo un siglo de revoluciones marxistas es exactamente la contraria: mientras más profunda la crisis, más desatado el caos social por efecto del garrote vil de la inflación, el hambre, el desabastecimiento, el desempleo, el cierre de empresas, la persecución financiera a medios y universidades, mayor será el espacio que tendrá el régimen para terminar de convertirnos en zarrapastrosos inválidos hacedores de cola, sin otra actividad en que ocuparnos que hacerlas día a día y hora tras hora. Como en Cuba. Cuando alguna gestión necesaria para alcanzar un cupo de leche y huevos nos lo permita.

Quien aún se niegue a entender que al castrocomunismo en curso no se le detiene solamente con votos sino con el pueblo insurrecto, aún no comprende la dimensión del abismo al que hemos caído. Posiblemente, sin saberlo, esté actuando como los canallas sentimentales de Roberto Bolaño, esos inefables y ateridos canallas de la izquierda sentimental repitiendo las sempiternas y trasnochadas verdades de la minusvalía. Votemos. ¿Qué más nos queda?