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Antonio López Ortega

Destino Manaos

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He escuchado en estos días comentarios temerarios de jóvenes venezolanos que han querido viajar por tierra a Manaos para ver a alguna de las selecciones del Mundial de Fútbol. La presencia de Italia o Inglaterra en el llamado “infierno verde” no es poca cosa. La osadía comprende bajar desde cualquier ciudad norteña hasta Puerto Ordaz, de allí emprender el largo tramo hasta Santa Elena de Uairén y, ya en la frontera, por una vía que dicen despejada, el recorrido selvático hasta Manaos. Desde Puerto La Cruz, 16 horas; desde Caracas, algo más de 20. Pero el tiempo cuando se es joven es una dimensión insulsa, que se esfuma como agua entre las manos. Así que los aventureros logran su destino y, de paso, se evitan los boletos aéreos, hoy de por sí inexistentes.

Manaos –antes enclave amazónico y hoy ciudad modelo del ecoturismo–, a orillas del legendario río Negro, fue fundada en el siglo XVII. La fiebre del caucho, que alcanza su cúspide en el siglo XIX, la convirtió en una ciudad de nuevorricos, con lujosas mansiones que diseñaban arquitectos europeos. El famoso Teatro Amazonas, que albergó las más importantes temporadas de ópera, está recubierto de piedra inglesa, mármol italiano y tejas francesas. Pero el fulgor del caucho desaparece a comienzos del siglo XX, y la Manaos que conocieron los venezolanos que se aventuraban más allá de la frontera, por vías inseguras, en los años setenta u ochenta, era una ciudad más bien decadente, necesitada, aislada en medio de la selva. Décadas han mediado para que en las vistas aéreas de la ciudad de hoy, descubramos su pujanza, su urbanismo, las grandes edificaciones que se elevan como árboles alternos. Una ciudad que corteja al río Negro, que replica sus roscas de serpiente, llena de muelles y embarcaciones, y también de mucho verdor.

Cuentan algunos brasileños que a los visitantes venezolanos se les reconoce porque son los únicos que toman fotos en las estanterías de los supermercados. Deporte menguante en el que nos sumimos: oponer la prosperidad de la economía brasileña a la nuestra tan agónica y desprovista. Lo hacen los que van a Manaos, pero también los que traspasan a Cúcuta o visitan Quito o los invitan a Lima. Los venezolanos que hace apenas unas décadas veían a Manaos como un “depósito de seres”, para robarle la frase al escritor Oswaldo Trejo, hoy descubren lo que es una sociedad organizada, unos ciudadanos emprendedores y un aparato público al servicio de una metrópolis que hoy es capaz de albergar un Mundial de Fútbol, por no hablar de las huestes que viajan para disfrutar de turismo ecológico de avanzada.

Veo la estampa aérea de Manaos y pienso que alguna porción de esa prosperidad, de ese determinismo, merecemos. No todo tendría que ser pérdida de vidas, atrofia gubernamental, mediocridad en todo lo que se hace, portavoces siempre rabiosos, represión dosificada hacia los más jóvenes, líderes políticos presos, madres sin leche para sus hijos, militares que sólo honran su bolsillo. Puerto Ordaz podría ser Manaos; también Puerto La Cruz; también Puerto Cabello. ¿Qué impide que una sociedad se organice, sea próspera, tenga inventiva, resuelva sus problemas, cree programas sociales coherentes y abarcantes? ¿Qué impide que la paz sea nuestra consigna, que la libertad sea el aire que respiramos, que las ideas crezcan como el césped sobre el que juegan los niños? Lo que lo impide es la camarilla que, bajo el pretexto de redimir a los pobres, hace fortuna propia con los dineros públicos. Vivimos en una estafa colectivista, en un ardid publicitario, en la más escandalosa afrenta para que un país no pueda responder a su destino natural, a su pulsión cultural.

Manaos no está lejos de nosotros. Manaos puede ser un espejo. Manaos es la playa de ribera en la que alguna vez nos bañaremos.