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Aníbal Romero

¿Qué es la antipolítica?

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Son numerosos los equívocos sobre la llamada antipolítica, quizás más de los que persiguen al término fascista, usado por unos y otros para descalificar a los adversarios de turno. En Venezuela los chavistas atacan a la oposición llamándola fascista, y la oposición, con frecuencia confusa en cuanto a la caracterización de su contrincante, sostiene que el régimen es fascista, que no es de izquierda y tampoco comunista; en fin, que la verdadera izquierda es la de Olaf Palme y demás despistados socialistas escandinavos. En cambio –nos aseguran– el Che Guevara, Fidel, Mao, Lenin y Stalin no eran la izquierda sino otra cosa, que nadie sabe de qué se trata. El enredo no pareciera tener escapatoria.

He escuchado y leído a dirigentes de la oposición y a columnistas que rompen sus lanzas en dogmática defensa de la MUD argumentar que los estudiantes que protestan contra la dominación cubana, o los articulistas que en ocasiones tenemos la osadía de sugerir que el actual liderazgo político de la oposición es falible, somos en realidad representantes de la famosa antipolítica. De allí que convenga aclarar algunas cosas.

Para empezar, importa señalar que no toda política es necesariamente la de la democracia liberal y los partidos políticos de corte tradicional. Ese es un modelo ideal contemporáneo, pero me temo que el mismo no agota la realidad histórica de la política. Recuerdo que cuando Hugo Chávez emergió al escenario político nacional, muchos le tildaron de típica expresión de la tal antipolítica. Pues, obviamente no lo era, y dudo que a alguien ahora se le ocurra incluir a ese fenómeno telúrico de la demagogia en el difuso club antipolítico.

Rechazo radicalmente a Chávez, su mensaje y su legado, pero debo admitir que fue un político hasta los tuétanos y que el impacto de su irrupción política sobre el país tiene escasos parangones. Una cosa es que rechace sus ideas y ejecutorias públicas y otra muy distinta que las declare, con retorcida arrogancia, como antipolíticas.

Desde una perspectiva conceptual, por tanto, debemos cuidarnos del reduccionismo que presume que la única política que merece tal nombre es la que llevan a cabo los partidos políticos tradicionales, en el marco de una democracia de masas con instituciones representativas. Es más, para bien o para mal, seguramente lo segundo, esa política de los partidos y la democracia liberal ha sido, es y posiblemente será el ámbito minoritario en el que se ha expresado, expresa y expresará la lucha por el poder, así como los intentos de constituir un orden medianamente viable entre los seres humanos en diversas partes del mundo. Lo creo de ese modo, pues, a decir verdad y dejando de lado las restantes dictaduras, autocracias y satrapías que aún existen, buena parte de las democracias de hoy –como la venezolana– no son sino caricaturas del modelo ideal. Ello, sin embargo, no las hace antipolíticas.

Los estudiantes que protestan no son antipolíticos, y tampoco lo somos quienes cuestionamos aspectos significativos de la estrategia, decisiones y acciones de los que tienen en sus manos la conducción política de la oposición democrática. Sencillamente tenemos visiones distintas acerca de las líneas de avance que, en nuestra concepción del tema, deberían ser adelantadas por la dirigencia y seguidores de la oposición, para combatir al régimen traidor y a sus amos cubanos. El epíteto de la antipolítica, en conclusión, es un cómodo estribillo para la polémica, utilizado a la ligera cuando ya no quedan otras armas para zaherir al adversario.