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Gustavo Roosen

A 20 años del Nafta

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Cuando se celebra el vigésimo aniversario del Tratado de Libre Comercio (TLC/Nafta) firmado entre Canadá, Estados Unidos y México resulta casi inevitable recordar el espectáculo del estadio de Mar del Plata en 2005 con un Hugo Chávez eufórico proclamando el fin del ALCA y presidiendo su entierro. Concluía en ese momento la Cuarta Cumbre de las Américas en la que las delegaciones de los 34 países no lograron el consenso necesario para activar el acuerdo de libre comercio regional. Eran los tiempos del entusiasmo por el ALBA, Mercosur y otros acuerdos subregionales. El auge de la economía China soplaba a favor de los productores de materias primas. No era, en cambio, la mejor hora de México. China le hacía competencia en su propio mercado natural, el norteamericano. El Nafta no mostraba todavía sus mejores resultados. Los temores y las reservas opacaban la visión de las oportunidades.

El panorama hoy es distinto. Sin que se hubiesen cubierto todas las expectativas del acuerdo de libre comercio, resulta un hecho comprobable que la economía mexicana se ha diversificado y ha ganado en competitividad. Como señala su excanciller Jorge Castañeda: “El tratado con Estados Unidos y Canadá ha multiplicado las exportaciones de México y ha disciplinado su macroeconomía”. Este punto resulta especialmente importante. Más allá de la ampliación del comercio, el TLC contribuyó a la consolidación de políticas macroeconómicas. Para su mejor aplicación necesitaba apoyarse en políticas financieras sanas, avanzar en el camino de la diversificación, fomentar el trabajo, la producción y la competividad.

Una visión del México actual lo presenta como un país con más y mejores empleos, mayor intercambio comercial, más inversión, más consumo, mayores opciones de productos y servicios, mejores precios, mayor productividad y un importante crecimiento en sectores orientados a la exportación de bienes manufacturados. México se ha convertido en un socio comercial competitivo, seguro y próspero. Su tasa de desempleo (4,9%) es la tercera más baja entre los países de la OCDE y ha venido reduciéndose por tercer año consecutivo. Ha aprendido que el camino para el desarrollo pasa por la vigencia de un marco regulatorio que impulse la competitividad, estimule la inversión, la innovación y la diversificación. Sobre la base de este aprendizaje se entiende la actual política económica mexicana y el arranque de procesos como el de apertura del sistema de las telecomunicaciones y la reforma constitucional para hacer posible la participación de capital privado en la actividad petrolera.

Frente a una tendencia hacia la diversificación como la que explica la mayor competividad lograda por México y su mayor solidez económica, preocupa observar en Venezuela nuestra limitación como simples exportadores de materia prima y la falta de condiciones para ganar un lugar como exportadores de productos con valor agregado. Esta condición inquieta todavía más cuando se considera que la economía en su conjunto y los planes sociales desarrollados se afirman sobre el piso inestable de la monoproducción. No solo hemos aplicado una política que privilegia un Estado dadivoso, sino que lo hemos hecho sobre la base exclusiva de la renta petrolera.

La evidencia de fracaso de un modelo monoproductor y regulador impone pensar en otro que favorezca el crecimiento económico diversificado, aliente la competividad, estimule las fuerzas productivas, discipline el gasto público, gane en confianza internacional, siente las bases para de una viabilidad económica sin la cual se tambalea automáticamente la viabilidad social.

Cuando el llamado a diálogo comienza a convertirse en clamor es adecuado pensar que en su concreción debe necesariamente incorporar la revisión y corrección de los graves errores de un modelo basado en controles y en el mantenimiento artificial de las variables macroeconómicas. El modelo seguido ha probado su fracaso. Mantenerlo es condenar al país al atraso, a la inestabilidad política y a la convulsión social.