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Tomás Straka

En los 60 años de Fedecámaras: ¿hay futuro para la empresa venezolana?

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El pasado 17 de julio la Federación Venezolana de Cámaras de Comercio y Producción arribó a sus setenta años.  En un contexto en el que la mayor parte de sus empresas afiliadas luchan por sobrevivir, la fecha pasó más bien desapercibida.  Las urgencias del día, que son tantas y tan graves, no fomentan la reflexión sosegada sobre la historia. No obstante, revisar las razones por las que se agremiaron aquellos comerciantes, banqueros, agricultores y pequeños industriales que en 1944 constituían la semilla del empresariado venezolano, así como el análisis de sus luchas y de la doctrina que a lo largo de siete décadas forjaron a través de diversos documentos, puede resultar tremendamente útil para comprender nuestra situación actual, así como para sortear los retos (¡los gigantescos retos!) que conlleva cualquier nuevo emprendimiento en la Venezuela de hoy. Recientes declaraciones del secretario general de Unasur, Alí Rodríguez Araque, así como un libro de Edgar Hernández Beherens que acaba de salir publicado, nos aportan claves significativas al respecto.

En efecto, lo que estos dos funcionarios de la revolución bolivariana han dicho sobre la empresa privada, no sólo demuestra la divergencia de criterios que existe en el chavismo y que la muerte de Hugo Chávez ha permitido aflorar, sino también la forma en la que muchos de los problemas identificados por los fundadores de Fedecámaras siguen vigentes, tal vez ahora más que nunca.  Por ejemplo el del papel que deben tener los privados en la economía nacional.  El pasado 4 de agosto pudimos leer en diversos periódicos nacionales que Rodríguez Araque, preocupado por la marcha de nuestros asuntos económicos, ha planteado la necesidad de “definir los roles de la política económica”, en particular “cuál es el rol del Estado y cuál es el del sector privado, porque no hay duda que por un largo período le corresponderá un rol un importante”.  Por una parte, las declaraciones demuestran que en el modelo socialista que viene implementándose desde 2007, se plantea la extinción, o al menos una reducción muy significativa, de la empresa privada en Venezuela.  El Plan de la Patria diseñado por Hugo Chávez y sus asesores (en especial el recién defenestrado Jorge Giordani) para el período 2013-2019 es muy claro en este punto, así como lo son muchos otros documentos, artículos y estudios emanados por el Estado, por sus voceros o por simpatizantes, desde aquellos que puedan leerse en aporrea.org hasta el libro La transición venezolana al socialismo, de Giodani (2012), que todo venezolano interesado por comprender lo que se pensaba (y en alguna medida se sigue pensando) en el gobierno revolucionario, debe leer.   Pero al mismo tiempo, la declaración de Rodríguez Araque, debe ser evaluada con base en quién y cuándo la dijo: que esa práctica extinción de la  empresa privada quede para algún momento en el futuro, acaso tan lejano que tal vez no lleguemos a verla, es casi una confesión de los grandes problemas que ha demostrado tener el socialismo del siglo XXI para imponerse, ser eficiente, garantizar abastecimiento y bienestar.

De hecho, las declaraciones de Rodríguez Araque en el contexto de la ruidosa salida de Giordani del ministerio de planificación y de las admoniciones de Nicolás Maduro contra la “izquierda trasnochada”, tienen un peso ideológico muy significativo.  Mientras el presidente anuncia el forjamiento (¡ahora sí!) de un “socialismo productivo” (con lo que confiesa que los ha habido improductivos, por ejemplo el nuestro) y en Aporrea aparecen críticos que ven peligrar la pureza revolucionaria, cualquier cosa que se diga al respecto implica una toma de postura ante temas esenciales.  La de Rodríguez Araque es el reconocimiento de que sin los privados no será posible por un largo tiempo garantizar la productividad, el abastecimiento y el bienestar.  Él sigue soñando con una sociedad en que estas empresas desparezcan, o queden reducidas a aspectos muy puntuales.  Pero otros funcionarios no llegan tan allá. Edgar Hernández Behrens, uno de los militares que participaron en el golpe del 4 de febrero de 1992 y durante la revolución figura prominente de las finanzas públicas, con especial notoriedad en su rol de presidente de Cadivi acaba de publicar Dios en la gerencia y los negocios (Caracas, s/n, 2013).  Se trata de una larga reflexión sobre su desempeño como presidente de Banfoandes, analizado a la luz de los textos bíblicos.  El objetivo es demostrar que las enseñanzas de las Escrituras son esenciales para la buena gerencia.  Hernández Behrens es un piadoso evangélico, se cuida de aclarar que las citas bíblicas vienen de la Biblia protestante en su traducción de Casiodoro Reina, revisada por Cipriano Valera (de allí viene lo de Reina/Valera) y en general trasluce la ética del trabajo calvinista: si algo demuestra la gracia de Dios, es la prosperidad (quien quiera leer el libro puede  revisar www.prosperidadintegral.com, página que no hemos podido abrir, o pedirlo a diosenlosnegocios@gmail.com). 

¿Cómo pudo un hombre como Hernández Bherens ocupar un cargo tan alto en el mismo gobierno que tuvo a Giordani de ideólogo, y además ocuparlo justo en el área económica? Todo lo que se dice de las diferencias, supuestas o reales,  latentes o desatadas, entre el ala militar y el civil, la pragmática y la ideológica, en el gobierno de Chávez puede medirse con la sola comparación entre Dios en la gerencia y los negocios y La transición venezolana al socialismo.  Mientras en sus cubículos de profesores universitarios Giordani y los otros miembros del “Grupo Garibaldi” iban diseñando el socialismo del siglo XXI desde la década de 1980,  en sus escuelas  y servicios dominicales Hernández Bherens también se forjaba una idea de renovación la sociedad y la economía venezolanas, aunque de signo distinto.   Probablemente se trata de dos extremos en el chavismo, pero nos indican todo el abanico que se despliega entre ambos: desde los que aspiran a algo muy parecido al “socialismo real” de los soviéticos, a aquellos cristianos imbuidos en la  muy capitalista teología de la prosperidad.   Los empresarios agremiados en Fedecámaras, entre tanto, no parecen haber sido consultados por aquellos profesores marxistas ni por el militar evangélico que tanto han venido pensando en qué hacer con sus empresas, y que llegaron a contar con el suficiente poder para decidir sobre ellas.   De allí la importancia de recapitular la historia andada en estos setenta años y en especial de las ideas con las que han dado respuesta a otros retos que en muchas ocasiones llegaron a ser similares.

Hay que recordar que Fedecámaras  surge en uno de los momentos de mayor estatismo en la historia de Venezuela. Desde 1937 vivíamos una centralización cambiaria que en 1940 se convirtió en el primer control de cambios; en 1941, producto de la guerra, se crea la Junta de Defensa Económica al tiempo que se establece un control de precios con la Junta Nacional Reguladora de Precios, a la que pronto se une otra de Alquileres, y una relativa centralización de las importaciones con la Comisión de Control de Importaciones; en 1942 se estableció una Junta Nacional de Transporte y, finalmente, en 1944 la Comisión Nacional de Abastecimiento (CNA), que se encargaría de centralizar las importaciones, la distribución y los precios.  Si sumamos a esto el Impuesto Sobre La Renta y el Instituto Venezolano de Seguros Sociales, decretados respectivamente en 1942 y 1944, tenemos a un Estado redistribuidor de la riqueza y director de la economía.  Aunque el contexto mundial de una economía de guerra fomentó estas medidas, el pensamiento económico del régimen tendía hacia el estatismo y la renta petrolera, que ya entonces hacía al Estado la gran fuente redistribuidora de riqueza, favoreció esta situación. Sin embargo, ni el presidente Isaías Medina Angarita, ni Arturo Uslar Pietri, Manuel Egaña o Gustavo Herrera, sus pensadores económicos, estaban planeando la eliminación paulatina del empresariado.  Al contrario, más allá de las fricciones, plantearon trabajar con él y hasta incentivarlo, como lo demuestra la Junta Nacional de Fomento (1944), destinada a ofrecer créditos en condiciones especiales. 

Es un estado de cosas que no varía con la llegada de Acción Democrática al poder en 1945.  A pesar de su discurso revolucionario y socializante, Rómulo Betancourt (que había asistido a la asamblea fundacional de Fedecámaras) invita a los empresarios al Consejo de Economía Nacional, crea la Corporación Venezolana de Fomento en 1946 (CVF), para agilizar los créditos, y planea un vasto plan de empresas mixtas con Nelson Rockefeller, que representaba al sector más dinámico y en ascenso del empresariado que actuaba entonces en Venezuela: el asociado al capital internacional, sobre todo al petrolero.  El Plan Rockefeller no se ejecuta con el gobierno, pero sí termina traduciéndose en numerosas empresas que a la larga terminarán en manos de venezolanos, o en las que se va incubando una nueva generación de empresarios (como Cada, Inlaca y Silsa, o incluso Mavesa, uno de cuyos fundadores, William Coles, era también uno de los grandes gerentes de Rockefeller en Caracas).  El punto es que se crean unas reglas del juego que en el siguiente medio siglo se mantienen: el Estado fomenta gracias a la renta petrolera la formación de un capitalismo (llamado por ello capitalismo rentístico), sobre todo a partir de la política de sustitución de importaciones establecida en 1958, las empresas en general aprovechan las ventajas que ofrece el Estado en créditos, contrataciones, compras y otras políticas proteccionistas, hasta convertirse algunas en verdaderos satélites del Estado, mientras Fedecámaras sistemáticamente va a pugnar por una menor intervención estatal que garantice la formación de un empresariado lo más autónomo posible. Las nacionalizaciones/estatizaciones del hierro y el petróleo en 1975 y 1976 pusieron en manos estatales a las empresas privadas más poderosas, las petroleras y mineras.  Y esto, en un contexto de expansión del capitalismo de Estado hacia el sector eléctrico, la banca y la agroindustria.  

Excede las dimensiones de este artículo detenerse en la forma en que estas reglas se van rompiendo en el último cuarto del siglo XX, para finalmente desembocar en una propuesta socialista que, si bien en un sentido no ha sido sino la profundización del estatismo iniciado en los años cuarenta, por el otro aspira, llevar a su mínima expresión a la empresa privada.  En todo caso, para responder o al menos cotejar lo que hombres como Girodani, Rodríguez Araque, desde el marxismo, y Hernández Behrens desde la ética protestante, han ideado para la empresa privada, es importante revisar las cartas y declaraciones que Fedecámaras viene publicando desde su fundación (las más importantes están colgadas en su web: http://www.fedecamaras.org.ve/centrodoc.php?sec=Documentos%20de%20Asambleas).   Allí hay un pensamiento, casi podríamos decir una doctrina, del empresariado. El futuro de la empresa venezolana puede estar en esos documentos, o en un punto medio entre lo que ellos han venido diciendo y lo que desde la acera de en frente se ha planteado.  En todo caso, estamos en una coyuntura en la que, más que nunca, es necesario estudiar a la federación que llega a sus setenta años en el centro de los debates fundamentales de la actualidad.  Las conclusiones a las que lleguemos, el debate que logremos desatar, los conocimientos que aporte el estudio de su historia, serán esenciales para el diseño (y el éxito) de nuestro porvenir.

 

@thstraka