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Julio María Sanquinetti

Un año electoral difícil para el Frente Amplio

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El Frente Amplio entra en el año electoral peor que nunca. Desde febrero de 1971, en que nació prometiendo el paraíso terrenal, pasando por el febrero de dos años después, en que apoyó la irrupción militarista, revelando la debilidad de su convicción democrática, no encontramos un momento como éste.
Sus bases están desalentadas, quienes soñaron con un gran viraje al socialismo aún no entienden lo que están viviendo, los celos y zancadillas internas socavan la fraternidad dirigente, los escándalos administrativos lo sacuden y su clásico sector moderado, que ha sido el receptor de ciudadanos decepcionados de sus partidos de origen, languidece más golpeado que nunca.
Reconocemos que posee todavía un factor aglutinante. Uno solo. Ya no es la ideología, porque entre el mundo comunista y el entorno astorista hay un siglo de distancia ideológica, la que va del stalinismo a la democracia cristiana. Ya tampoco es la utopía, que se desvaneció en la realidad. Ese factor es el presidente Vázquez.
La mitad del Frente ya no lo quiere, pero sabe que sólo con él llegará unido a la elección y sólo con él darán batalla. La resignación predomina sobre la convicción.
Hay una sola carta entonces. Pero ella ya no tiene el encanto de otrora. Lo ayuda la imagen del Pepe, porque quienes añoran un presidente-presidente ven todavía en él alguien que llena el espacio. El lanzamiento de su campaña no ha tenido, sin embargo, el clima triunfal que se esperaba. Sus movilizaciones han sido escasas y los errores, nutridos.
Se abrazó al ministro Bonomi y propició su continuidad. Ha negado la existencia misma de la crisis educativa, que el presidente y el vice han reconocido, calificando de "extremistas y alarmistas" los discursos opositores que apenas han recogido los resultados objetivos de todas las evaluaciones nacionales e internacionales. Luego de su exitosa campaña contra el tabaquismo, lanzada bajo el palio de su ética médica, se suma ahora a la irresponsable propuesta de liberalizar la marihuana y hasta sugiere hacer lo propio con la cocaína.
Ya no hay promesa de futuro. En su gobierno se gestó el desastre de la seguridad pública, con los extravagantes ministros que largaban presos inspirados en la clásica ingenuidad de responsabilizar a la sociedad y exculpar al delincuente. En su gobierno también se votó la horrorosa ley de educación, que privó a los gobernantes elegidos por el pueblo de la capacidad de orientar para atribuir el poder a gremiales corporativas reaccionarias, enemigas de todo cambio.
Hasta la malhadada historia de Pluna fue semilla de su gobierno.
La prosperidad económica que el mundo nos ha regalado por vez primera en medio siglo sin duda ayuda al partido de gobierno, como está ocurriendo en la mayoría de América Latina. Pero la carga del Frente hoy es muy pesada y su fracaso en la mayor promesa de Mujica al llegar al poder (educación, educación, educación) es una acusación que recae sobre todas sus estructuras, políticas y gremiales.
Es evidente que por estas razones el doctor Vázquez elude el debate.
Emerge entonces la opción opositora. Más clara que en las anteriores oportunidades. Vázquez ganó en primera vuelta y con mayoría propia. El presidente Mujica tuvo que ir a la segunda vuelta. La última elección municipal, por vez primera, registró amplios retrocesos, al perder cuatro intendencias. Hay, entonces, una opción real.
Está de moda en los ámbitos publicitarios y pseudocientíficos anunciar que sólo campañas suaves, sin crispaciones, pueden tener éxito. El Frente llegó al poder descalificando a los opositores del modo más cruel. No es eso lo que los partidos opositores deben hacer, porque no está en su esencia. Pero ¿han cambiado tanto los tiempos que la oposición sólo puede triunfar si no hace oposición? Honestamente, no lo creemos.
Miremos las campañas de Estados Unidos, de Francia, de España o de Inglaterra y veremos claramente que las oposiciones son oposiciones, fuertes y convencidas. Que sólo por su actitud llegan a ser convincentes cuando proponen cambiar lo que cuestionan. Sería nuestro caso: el desastre educativo hay que gritarlo a los cuatro vientos y hacer responsables a los responsables, al mismo tiempo que -por la contraria- se proponen los nuevos caminos , que el propio presidente Mujica ha aceptado, cuando incluso reconoció que sus correligionarios lo defraudaron.
Ese es el camino. Más sustancia y menos “marketing”. La oposición perfila buenos candidatos, capaces de encarnar una voluntad renovadora. Son jóvenes, pero ya con experiencia. Enfrentan, es verdad, un ánimo crítico muy de nuestros partidos, que les reclaman poco menos que la perfección. No es justo.
Poseen valores suficientes todos ellos. Lo que importa es que logren convencer a ese porcentaje de indecisos, ese diez, quince por cierto que aún duda, de que el país precisa un cambio en esos grandes rumbos y de que hay quienes realmente pueden llevarlo a cabo.