• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Un angustiado poeta

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En tiempos de la dictadura del general Pérez Jiménez comencé a recibir los libros que me enviaba un poeta chileno cuyo nombre me reservo. Nunca supe por qué los recibía ya que no creía tener méritos para ser el destinatario de aquellos poemas que se estremecían ellos mismos desde el interior de sus palabras, tal era el desasosiego y la angustia que exudaban. Además, parecían esforzarse en castigar mi vida caraqueña alterada ya por las arbitrariedades políticas y el militarismo perezjimenista que me hacían la vida ingrata pero que jamás llegaron a alcanzar la desazón existencial de aquellos poemas desgarrados y hundidos en la desesperanza de quien no encuentra camino al andar y en los que el vacío (¡que no la muerte!) parecía alimentarse de pesadumbres insalvables. Yo leía a Pär Lagerkvist pero su angustia estaba justificada por el horror de las guerras y la inactividad de Dios ante el mal.

Pero la poesía no había vislumbrado una existencia tan deshecha como la que revelaban aquellos libros que el correo depositaba en mi casa en sobres amarillos con mi nombre y dirección escritos con una caligrafía Palmer propia más bien de gente madura y no de un hombre de apenas 30 años, según supe mucho más tarde cuando pregunté a un compatriota suyo por aquel angustiado poeta.

El hecho es que al nomás comenzar a leer los poemas sentía que la sala de mi casa, el comedor y los cuartos se llenaban de escalofríos por la angustia que destilaban los textos del chileno: un agobio, un tormento capaz de espantar de la cocina los olores del pabellón o del asado.

¡No tenía yo por qué sentir angustia! Sabía lo que iba a encontrar fuera de casa: el ordinario fascismo que el general imponía al país; el autoritarismo militar; su anclaje en el poder; la censura, las persecuciones políticas; los vejámenes y humillaciones; las torturas, las violaciones de la Constitución. ¡Ninguna angustia! ¡Miedo, más bien! Ese miedo que logró visualizar Tiempos de dictadura, el magnífico film documental de Carlos Oteyza. Se sabe que la angustia surge como reacción ante un peligro desconocido, y más que tema para esta crónica es asunto de estudio para una disciplina científica acreditada como es la psicología y, especialmente, el psicoanálisis. Lo que padecíamos bajo la dictadura perezjimenista no era angustia sino miedo, porque conocíamos sobradamente lo que aquellos militares en el poder eran capaces de hacer a quienes discrepaban o se enfrentaban a las apetencias e intereses del Nuevo Ideal Nacional, la presunta doctrina o “ideología” del régimen. Los poemas del chileno rezumaban, en cambio, la esencia de una angustia más que metafísica y resultaba imposible (¡y lo sigue siendo!) tratar de entender cómo un poeta tan desgarrado y martirizado por su propia existencia, tan abatido por la fatalidad tenía tiempo y disposición para escribirlos, editarlos, corregir pruebas; visitar embajadas y consulados para obtener las direcciones de sus destinatarios en Venezuela o en cualquier otro país latinoamericano; poner los poemas dentro de un sobre y llevarlos a la oficina de correos para que un joven desconocido los recibiera en Caracas con su nombre escrito en elegantes letras Palmer. Cuando me enteré de que aquel poeta destrozado por la aflicción y la pesadumbre procedía de una conocida familia y era visitante asiduo del gimnasio presentí que la palabra poética es inauténtica y poco ética cuando se convierte en mera literatura y desde entonces recelo de los poemas desamparados. Por temor a mis propios excesos evito contaminar la palabra poética con la angustia y el desconsuelo que me agobian en la actual hora política venezolana.