• Caracas (Venezuela)

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Maritza Izaguirre

La angustia del presente

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En los últimos tiempos los venezolanos hemos confrontado una situación altamente conflictiva y angustiante. El deterioro continuo del nivel y calidad de vida de la población, resultado, entre otros, de la ineficiente gestión del gobierno, avasallado por el desabastecimiento, la inflación, la inseguridad y la pérdida progresiva de la confianza en las instituciones públicas, ha generado una ola de protestas y reclamos a las cuales la autoridad ha respondido con violencia y severidad desmedida.

Los informes divulgados por las organizaciones defensoras de los derechos humanos, registran por parte de la autoridad una conducta represiva y cruel ante la protesta estudiantil, en especial marchas y eventos respaldados por una masiva representación de la sociedad civil organizada. Manifestaciones   pacíficas mediante las cuales los participantes ejercen su legítimo derecho, tal como lo establece la Constitución vigente, de expresar su descontento públicamente.

Por otra parte, todo lo sucedido pone en evidencia el alejamiento progresivo del régimen a los principios democráticos. Caracterizado, entre otros, por un creciente autoritarismo, que se traduce en el desconocimiento de los derechos individuales, la intromisión constante del Estado en la vida ciudadana mediante leyes y decretos destinados a controlar las libertades y derechos individuales. Se reprime a la disidencia y se irrespeta al opositor, se limita el acceso a la información al cercar a los medios, y se ataca continuamente al que opina diferente.

De allí que la  gravedad de la situación ha merecido la publicación, en fecha reciente, 2 de abril, de un comunicado emitido por la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana que, luego de enumerar las causas del problema, de nuevo enfatiza en la necesidad del diálogo y el entendimiento, rechaza enérgicamente la represión ejercida por la autoridad en contra de la protesta, e insiste en  que la salida de la crisis transcurre por el “diálogo sincero del gobierno con todos los sectores del país, con una agenda previa y condiciones de igualdad, y con gestos concretos, evaluables en el tiempo, como señales de la necesaria rectificación”.

Así mismo, nos llama a reflexionar sobre la gravedad del momento y evitar que el país se siga desangrando y se derrumbe por la violencia; de allí que nos exhorta al diálogo y a la reconciliación y al mutuo reconocimiento, e “invita a todos los ciudadanos, independientes de su simpatía política, a unirnos como venezolanos, a superar el odio y la violencia, a evitar falsos rumores e informaciones que producen zozobra, y a comprometernos con Dios en resolver nuestros conflictos de manera pacífica”.

Que así sea, para el bien de todos.