• Caracas (Venezuela)

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Andrés Candela

Te amo tanto, tanto... ¡tanto!

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Tu muerte nuevamente dio mucho tema para hablar: unos la ignoraron; otros la criticaron; los obstinados te negaron; los más fervientes te lloraron; atemporales fariseos de ayer, de hoy y de siempre no perdieron oportunidad nuevamente para acusarte; tampoco los "sabios" desperdiciaron la ocasión para llenar de dudas todo el historial de tu legado; y yo, atormentado como de costumbre por mi presente y mi pasado, te hablé: te ofrecí las anclas de mis tormentos, el desvelo de mis culpas, el peso de mis agravios y nada de eso –veo– me has aceptado, porque no pides ni me aceptas un moed qatan de la milenaria Misná. Hoy debo decirlo, debo escribir que tú eres el Tekton de todas mis vidas y que no siento vergüenza por nombrarte. No estoy enajenado, ¡ojalá sí lo fuera! Tal vez así los tormentos ya se habrían esfumado; pero, ¿qué dentro de mí hace que te nombre y te escriba hoy con tanta fuerza? La vida –te lo aseguro– no me alcanzaría para sustentarlo…

Me produce asco el secular guion reiterativo del pastor y su repertorio de pantomimas sobreactuadas en cualquiera de sus garajes de función. Me avergüenza el obispo y cardenal opresor, líderes de una Iglesia anacrónica cuyas equivocas decisiones –como con la cual silenciaron en este mismo diario las finísimas palabras del padre Llano– ocultan la verdad solo con ánimos de proteger un statu quo y una gobernabilidad oscurantista. Y ni qué decir del limaco oportunista que utiliza sus prendas solo como un disfraz de confianza para desvirgar el cuerpo, alma y memoria de niños sin ningún sentido de la sexualidad.

He aprendido –aunque muy poco– a descubrir mis propios y personales dogmas de fe, actuaciones de mi pasado que regresan como una teológica respuesta para el presente; es decir, me educaron con unas doctrinas de fe que no podía cuestionar, nadie debía dudar, pero lo hice y aquí –sintiendo todos los días a Dios en mi vida– estoy. Más angustioso me imaginaria el encerrarme ante la tentación de saber y descubrir; más triste –creo– me sentiría por haber adoptado un escéptica posición contra Dios aun sabiendo que Él no se niega a ser indagado y esculcado. Pero –tal cual como lo escribí en otra columna 'No soy hombre de religión, ¡soy un creyente pecador!'–, no tengo la intención de evangelizar ni la paciencia para semejante oficio. Hoy, sin intenciones de ofender, mucho menos con intenciones sacrílegas, quiero compartir –para quienes quieran continuar con esta atípica columna– algunas partes de mi personal interpretación en una milenaria oración.

"Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…". Ese cielo muchas veces lo siento vivo dentro de mí por el amor de Dios que no necesita ningún rito de santificación. Aunque muchos lo duden, lo nieguen o lo ignoren. "…venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo". Siempre me he preguntado si tal vez soy yo quien debe emprender día a día el camino hacia "tu reino" y en toda "tu voluntad", cualquiera que esta sea, fortifícame como en aquellos días que te pedía para que me entregaras la ciudad.

"Danos hoy nuestro pan de cada día…". ¡Vital! Y permítenos también ofrecerlo a quienes lo necesitan y condénanos si lo negamos cuando lo tenemos. "Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonaremos a nuestros deudores…". El gran acto del perdón, virtud difícil de adquirir, petición de Dios –hecho hombre– para el propio hombre. "No nos dejes caer en la tentación", sin duda es el punto en el cual nadie podrá lanzar "la primera piedra"; no obstante, ¿cuál puede ser la única y verdadera tentación si el solo cuerpo es nuestra jaula más tentadora? Solo ahí te pido que protejas mi "libre albedrío".

Me han dado una condición que mil veces he repudiado, nunca la he utilizado porque, generalmente en esta "profesión", la negación de tu existencia es una "verdad absoluta" y yo tampoco soy ejemplo como para haber escrito semejante alegato. Ostento una escandalosa y vergonzosa condición; pero, con tan patética interpretación, rezaré nuevamente aquella frase de los hermanos Karamazov: "Déjame ser vil y rastrero, pero permíteme que bese el sudario que envuelve a mi Dios. Pues, aunque siga al demonio, sigo siendo hijo tuyo. Oh Señor, y te amo y siento esa dicha sin la que el mundo no puede existir".

P.S.: En estas Pascuas (el paso del Señor) toda la Gloria a Dios y al hombre la palabra para encumbrarlo.

 

@andrescandela