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Sergio Dahbar

Cuatro amigos y el texto narrativo

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Todos los días los venezolanos se confrontan con una rara neurosis local. Aceptar –como dicen los entusiastas de Hugo Chávez– que en Venezuela no ha pasado nada y que todo está muy bien. Mejor que nunca.

O tirar un cable a tierra y entender que la inseguridad judicial y ciudadana, la corrupción, el descalabro financiero y la ineficiencia de la administración pública echan las cartas de un drama macondiano que se agrava todos los días.

Las cosas no están bien.

Dos años atrás fueron secuestrados Ernesto Rangel, Herman Sifontes, Miguel Osío y Juan Carlos Carvallo, quienes han permanecido privados de libertad. Eran directivos de una casa de bolsa, Econoinvest, y se convirtieron en un símbolo (uno de tantos) para el gobierno del presidente Hugo Chávez.

Econoinvest fue la gran excusa que encontró el Gobierno para paliar otro desastre que les estalló en las manos: la comida que empezó a podrirse en los puertos y que no sólo despedía mal olor, sino el tufo de un negocio turbio.

Recordemos: los intermediarios, entre los mayoristas internacionales y funcionarios del Gobierno, compraban comida a punto de vencerse y la vendían como la mejor del mundo. Nosotros todos, como diría Manuel Acedo, aceptamos este horror.

Econoinvest sin duda es una metáfora. Ahí está la infamia de la intervención de la empresa por ser contada. Mantenerlos detenidos sin juicio por dos años representa otra ilegalidad flagrante.

Sin olvidar que ya comenzado el proceso de confrontar las acusaciones del Gobierno con las pruebas de sus abogados, frecuentemente se suspenden las audiencias. Hay otro aspecto del que nadie habla: la gente del Gobierno que se benefició del cambio permuta y aún permanece en la sombra.

Me impresiona el valor que tienen Sifontes, Osío, Rangel y Carvallo para mantenerse duros, enteros, firmes y dignos en medio de semejante vendaval de atropellos y abusos amparados por una justicia que tiene los contrapesos extraviados.

No debe ser fácil para ellos. Y menos cuando descubren que a pesar de la gravedad que expresa su caso en términos de violación de derechos humanos (toda persona tiene el derecho de ser juzgada en los tiempos que establece la ley), fuera el país compra la idea de que las cosas no están tal mal como gritan los radicales.

En estos días diferentes organismos culturales del Gobierno organizaron el II Encuentro Internacional de Narradores, con presentaciones de libros y conferencias sobre narrativa, erotismo, cine, literatura fantástica, ciencia ficción y humor…

Los escenarios: Celarg, Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, Universidad Nacional Experimental de las Artes, Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, Universidad Bolivariana de Venezuela y Librería del Sur, en Teatro Teresa Carreño.

Un despacho de AVN informa que participan “cuarenta narradores venezolanos de distintos subgéneros y distintas posiciones políticas”.

Y Carlos Noguera agrega: “No es un congreso crítico, no es un encuentro de profesores ni de investigadores de literatura, es un encuentro de narradores, la condición es que sean narradores. El protagonista allí es el texto narrativo”.

Me ha sorprendido esta información. La idea nace desde el corazón de la inteligencia del Gobierno y nos explica que las distintas posiciones políticas han sido incluidas: sólo el texto narrativo interesa.

Lamento echar a perder la fiesta. En Venezuela existen presos políticos, que son enemigos personales del Presidente y sus ministros, a los que se les niega la oportunidad de ver a sus familiares o se les demoran los juicios.

Hay medios que se autocensuran para no recibir más codazos del Gobierno. En las ferias del libro oficiales ciertas editoriales “torcidas”, ideológicamente hablando, son excluidas.

En uno de los palacios atenienses donde esta semana se han encontrado los narradores invitados a conversar sobre textos narrativos, el Celarg para más señas, se le exigió a Héctor Manrique (GA 80) que excluyera de una obra a la actriz Fabiola Colmenares, por “incómoda”.

Manrique entendió la naturaleza de este régimen, entendió que no se puede pensar que nada ha pasado, que todo está muy bien y que podemos avanzar sin mirar los atropellos que se han cometido en estos últimos 13 años. Otros pareciera que sí pueden.