• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

Por qué nos alzamos

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“En Venezuela no existe separación alguna entre las ramas del poder público, pues los partidos políticos, violando deliberadamente su función de intermediarios entre la sociedad y el Estado, conspiraron entre sí para usurpar la soberanía popular y lograr que el Ejecutivo se arrogase la totalidad de los poderes del Estado. Con lo que el Ejecutivo devino en tiranía y el ejercicio de la soberanía popular, a través del voto, quedó reducido a una farsa grotesca, deliberadamente vaciada de todo contenido y propósito (…) el candidato a la Presidencia de Venezuela (que triunfa) garantiza, de antemano, su control absoluto, real y efectivo de todos los poderes del Estado, y con ello la falta absoluta de representatividad del Congreso y la parcialización de la judicatura. Esta situación descrita, (…) configura una tiranía producto de la degeneración política de los partidos”.

Quienes así se expresaban eran los oficiales sediciosos, encabezados por Chávez, que se alzaron en armas, protagonistas del fallido golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992. Ahora bien, si le quitamos algunas frases que permiten identificar, de alguna manera, el momento en que fue escrito dicho documento, y haciendo una interpretación no muy elaborada, llegaríamos a la conclusión de que quienes hacen tales afirmaciones describen una situación similar a lo que ha sucedido en nuestro país durante los últimos 15 años. Es decir, que los argumentos utilizados para justificar su sublevación tienen plena vigencia.

Ahora bien, la protesta pacífica y ciudadana iniciada por los estudiantes, que ha cobrado una fuerza inusitada apoyada por toda la sociedad democrática, no busca derrocar al gobierno de Maduro, sino reclamar –como ellos muy bien lo han señalado– por la incompetencia e ineptitud de un régimen ciego y sordo ante los reclamos. La lucha de hoy es contra la inseguridad personal, contra el altísimo costo de la vida (Venezuela tiene la inflación más alta de Latinoamérica), contra la escasez y el desabastecimiento de los productos básicos, contra el desastre económico, contra la corrupción galopante, contra la impunidad, contra la injerencia extranjera; en fin, a favor de una rectificación (¿imposible?) de quienes manejan las riendas del poder como les da la gana, para superar la crisis que ya se torna insostenible. Las tanquetas de la Guardia Nacional, las bayonetas, los perdigones, las bombas lacrimógenas y la represión despiadada contra manifestantes desarmados ya resultan insuficientes para contener la ira acumulada y encerrada de un pueblo que solo reclama vivir en concordia y tranquilidad.

De tal manera que llamar al diálogo, a la paz, pero con el mazo dando (y no me refiero al programa de televisión de Diosdado Cabello) no es sincero ni creíble para nadie. Suenan a palabras cínicas, vanas que no conducirán a lograr el objetivo deseado. Huelen a coacción de quienes quieren sembrar el miedo en una población acorralada que, gracias a esas actitudes y arremetidas violentas, lo va perdiendo poco a poco. La gente está resteada ante tan brutales ataques de un sector de la Fuerza Armada y de grupos civiles armados convertidos en azotes orgiásticos que cultivan la violencia sin control, con el visto bueno y complicidad de las autoridades.

Los altos jerarcas del gobierno manejan el expediente terrorista del fascismo para justificar sus vesánicas agresiones que ya han cobrado la vida (innecesariamente) de venezolanos inocentes cuyo pecado, en el peor de los casos, fue el de manifestar su repudio por lo que está sucediendo en nuestra patria. Maduro luce acorralado, hasta por sus camaradas de partido (donde la disidencia se ha hecho sentir). La batalla de la opinión pública internacional la ha perdido, a pesar de la complicidad de los gobiernos latinoamericanos que se hacen los locos a cambio de la generosa mesada de petrodólares venezolanos. Después de 15 años la “situación” que “supuestamente” generó la asonada golpista no ha cambiado…