• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Francisco Suniaga

El alma en los pies

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El fútbol comenzó a existir para mí antes de los mundiales, a partir de un caso muy sonado. En 1962, vino de gira a este país, como era rutinario en aquellos tiempos, el Real Madrid, el equipo de fútbol más famoso de Europa. España era un país pobre, el balompié, aunque se practicaba en todo el mundo, no estaba globalizado y venirse a “hacer las Américas” era quizás la única forma de llenar un poco las arcas de pesetas antes de comenzar la temporada española. Igual hacen ahora, solo que las giras no nos tocan, se van a Estados Unidos, Japón, China o Qatar.

Eran los tiempos de la Venezuela de Rómulo Betancourt y el país estaba azotado por las guerrillas armadas. En una operación terrorista, las FALN secuestraron a Alfredo Di Stefano, la famosa “Saeta Rubia” del fútbol mundial. La idea era causar un impacto publicitario y llamar la atención del mundo sobre la lucha armada en Venezuela, y vaya si lo lograron. Recuerdo que aquel episodio ocupó por varios días, hasta su feliz desenlace, la atención de todo el mundo.

Desde bien temprano –mi padre abría su sastrería a las 7:00 de la mañana– comenzaban a llegar los amigos a escuchar Noti-Rumbos, “el periódico impreso en la radio” y enterarse de los avatares del secuestro de Di Stefano. Fue entonces, imposible no enterarse, cuando supe que había un deporte que se llamaba el fútbol y que el argentino era, junto con un brasileño llamado Pelé, su estrella más fulgurante. Igual pasaba al final de la tarde, con la emisión vespertina del noticiero, solo que había más gente y los comentarios eran más nutridos.

Después de la liberación del insigne jugador, el fútbol se disipó y el beisbol volvió a ocupar todo el espacio deportivo de nuestra vida. En aquellos años, Magallanes era un perdedor consistente y los pesares que nos causaba eran demasiado cercanos como para ponerse a seguir un deporte tan distante como el fútbol.

Sin embargo, el fútbol llegó para quedarse en 1966, con el Mundial de Inglaterra. En la sastrería se seguían con pasión las trasmisiones radiales de los partidos y además sucedieron varios episodios que indignaron a aquellos, hasta antes del mundial, apacibles parroquianos. Primero lesionaron a Pelé, “para evitar que Brasil fuese campeón”, y luego con la complicidad de un árbitro “robaron” a Argentina, dejándola solo con nueve jugadores en la cancha en el histórico encuentro contra Inglaterra en Wembley. Detrás de todas esas trampas y componendas, me aseguraban mi padre y sus amigos, estaban los ingleses y su empeño por ganar la copa Jules Rimet, como se llamaba entonces el trofeo.

En la gran final del Mundial de 1966, en la que unánimemente se ligaba a Alemania, los hijos de la pérfida Albión fueron aún más allá y con un gol que todavía se discute, también le robaron el triunfo a los alemanes. Producto de ese bombardeo “ideológico”, mi pasión futbolera inicial estuvo teñida de un profundo sentimiento anglosajón, que se acrecentó con las disputas entre equipos argentinos e ingleses de la Copa Intercontinental, en 1967 y 1968.

En 1970, con las trasmisiones directas por parte de la defenestrada RCTV, el fútbol se asentó definitivamente como una gran pasión y, como mucha gente, admiré aquella selección de Pelé, Tostao y Gerson. Con mis raíces en el mundial anterior, ligué con igual empeño a Perú, Uruguay y México, las selecciones de nuestros hermanos latinoamericanos. Recuerdo que en la final estaba ya de vacaciones en Caracas y que los goles brasileños fueron coreados como propios en toda la ciudad.

A lo largo de los mundiales que se sucedieron desde entonces siempre estructuré mis simpatías a partir de los equipos suramericanos (exceptuando a Brasil porque detesto las hegemonías). Sin embargo, algo cambió desde que la selección venezolana, esa querida Vinotinto que se me parece tanto al Magallanes de los sesenta, participa con algún chance en las eliminatorias suramericanas.

Ha sido tanto el irrespeto expresado por los competidores suramericanos –sus jugadores, directivos y medios de comunicación– por nuestra selección durante la fase eliminatoria que ya para este mundial explotó mi rabia de hincha: no le voy a ninguna selección, ni suramericana ni un carajo. La mía, la Vinotinto, la única a la que voy e iré, no está ahí. Admiro y disfruto, eso sí, ese gran espectáculo que es el Mundial de Fútbol y que gane el mejor.

Pero como desde sus inicios y los míos, el fútbol siempre estuvo teñido de política, también participa, y mucho, de esta actitud, el reconcomio que tengo contra todos los países que han sido por lo menos políticamente indiferentes con el proceso de destrucción de la democracia venezolana. Indiferencia que, si acaso, habría que reciprocar de Estado a Estado llegado el momento, pero que por ahora se las devuelvo desde mi humilde condición de aficionado y en el único campo posible, en los 70 x 110 de la cancha de fútbol. ¿Ligar a un equipo suramericano en el fútbol? Sí, a la Vinotinto, en las eliminatorias de 2018.

 

Harina de otro costal: Tomo esta frase propiedad de Ignacio Ávalos para apartarme solo un poco del tema anterior y celebrar su libro, El alma en los pies, de reciente publicación. Ignacio Ávalos no solo es un insider del fútbol, deporte que, a pesar de su edad, practica con envidiable habilidad y dedicación, sino que además es un estudioso que lo analiza, opina sobre él y expone sus fenómenos con profundo conocimiento. Es un deleite leerlo porque –aunque en algunos casos también la pasión futbolera nubla su raciocinio y preclaro sentido común– trasmite su conocimiento del juego con una prosa impecable que rezuma simpatía por el fútbol y su gente, nunca más inefable que en estos tiempos de mundial.