• Caracas (Venezuela)

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Mariana Díaz Arroyo

Más allá del encuentro

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Se nos pasa la vida en encuentros. En coincidir con personas.

Desde que nacemos nuestra vida es un encuentro; en ella poco a poco empezamos a dar nuestras primeras brazadas en ese mar de relacionamientos, encuentros y desencuentros.

Vivimos en un constante gravitar de encuentros. La vida en sí misma es un encuentro permanente de personas y situaciones. Así pues, dentro de este espacio de gravitación constante donde nos hallamos inmersos, hay encuentros de todo tipo.

Encuentros circunstanciales, cotidianos, rutinarios, que en gran medida se dispersan sin repercusiones.

Otros, sin embargo, producto también de las circunstancias, nos dejan partículas de emociones.

Hay situaciones en la vida en las que sabemos de antemano que vamos a  experimentar encuentros significativos y fuertemente emotivos.

En los últimos años las circunstancias me han llevado a encuentros con pacientes, niños con sus padres, portadores de VIH.

Hay encuentros que nos cambian la perspectiva de la vida; así como con el amor también sucede con la enfermedad.

Sin embargo, estos encuentros a los que aludo no son solamente con una enfermedad, el VIH; es también con la pobreza.

Es el encuentro con la peor cara de la pobreza, cuando convive con la enfermedad. La circunstancia más fuerte de relacionamiento humano que me ha tocado vivir.

Pero más allá de querer analizar acerca de la realidad actual de pobreza, falta de alimentos y medicinas; lo que quiero destacar es lo que yo me atrevería a llamar la fuerza del encuentro.

El encuentro con el otro, la vivencia de su realidad y la empatía como seres humanos son elementos que considero claves en nuestras relaciones humanas, pero no solo con nuestros allegados, familiares o amigos. Son elementos  claves para aprender a entender contextos; más allá de los cercanos, aquellos que nos son ajenos, aquellos en los que permanecen y han permanecido gran parte de nuestra sociedad por el abandono de una sociedad, y peor aún, de un Estado.

Aprendamos a encontrarnos como sociedad, desde nuestras diferencias, hasta desde los desencuentros.

Este país lo recuperaremos más allá de la política; cuando el encuentro con el otro lo abordemos desde la empatía, desde la resiliencia, pero no desde una visión particular, sino en la capacidad de reencontrarnos, transformarnos como sociedad y salir fortalecidos.