• Caracas (Venezuela)

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Argentina se encuentra en año electoral. Pero no se trata de cualquier elección. El contexto es hoy decisivo. El próximo gobierno conducirá el país en un mundo diferente al que encontraron Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Ya no están varios de los dirigentes que promovieron el avance de los proyectos nacionales y populares. Chávez y Néstor fallecieron. Lula ya no conduce el Brasil. La popularidad de Dilma está por el suelo y su segundo gobierno puso en práctica el programa de equilibrio recesivo propuesto por sus rivales, con el consecuente descontento popular, producto de las lógicas caídas en la actividad económica, el empleo y el salario. Esto, mientras la burguesía paulista reorienta el Mercosur hacia sus excluyentes intereses. Paraguay volvió a transformarse en un vasallo de Estados Unidos. En Uruguay, Tabaré amenaza dar la espalda a Suramérica. Entre tanto, la Alianza del Pacífico emerge como mini-ALCA, rival del Mercosur y de intentos como la Unasur (en buena forma, sin embargo) y la Celac.

En cuanto al frente global, la explicación que ofrece el ministro de economía griego, Yanis Varoufakis, es interesante: “Desde los años setenta Estados Unidos empezó a absorber gran parte de los excedentes de productos industriales del resto del mundo”; sobre todo Alemania, Japón y China, economías de las que constituía la principal fuente de demanda. “A su vez, los beneficios obtenidos por los emprendedores de las naciones excedentarias se devolvían diariamente a Wall Street, en busca de mayores ganancias. Wall Street utilizaba esta afluencia de capital para: a) ofrecer crédito a los consumidores americanos” y a los países periféricos; “b) como inversión directa en corporaciones extranjeras; c) para comprar bonos del Tesoro estadounidense, y así financiar los déficits comercial y prespuestario del gobierno de Estados Unidos”, verdadera aspiradora que traccionaba, para financiarse, los excedentes de los países industriales.

“Este sistema de reciclaje de excedentes globales se vino abajo porque Wall Street aprovechó (…) para construir pirámides colosales de dinero privado gracias a los beneficios netos que llegaban a Estados Unidos”. A este proceso se conoció como “financiarización”, y multiplicó varias veces la demanda, pero a punta de crédito y de especulación –expectativas de futuro–. No a punta de producción y salario real. De hecho, el salario real no sube en Estados Unidos ni en Alemania ¡desde 1973! Pero la productividad se disparó. “Cuando en otoño de 2008 las pirámides de dinero privado (…) se autodestruyeron”, desfondada a causa de los bajos ingresos la capacidad de pago de quienes se habían endeudado para generarlas, “la capacidad de Wall Street para realimentar el bucle de reciclaje global de excedentes se desvaneció. El sector bancario estadounidense ya no pudo aprovechar los déficits gemelos para financiar la demanda suficiente como para mantener las exportaciones netas del resto del mundo”.

Algo parecido pasó en la UE, cuando las economía consumidoras del excedente alemán, cuya demanda había crecido a punta de crédito, quedaron al borde de la cesación de pagos y el BCE, dominado por Alemania, se negó a tomar cualquiera de los caminos  de redistribución de excedentes –quitas de deuda, inversión directa en desarrollo en los países endeudados– que hubieran vuelto a poner a las economías deudoras en una senda de crecimiento productivo real, y, por lo tanto, de ampliación de su demanda solvente. En dos palabras, la dinámica de reproducción que el sistema mundial mantuvo desde 1971, orientada a concentrar más y más la riqueza y a multiplicarla vía especulación, crédito y deuda, estalló.

En este contexto, los precios de los comodities, y una parte de su demanda, cayeron. Estados Unidos puso en práctica una ofensiva geopolítica global para defender su rasguñada hegemonía: la caída de los precios del petróleo, que fomentaron, contribuyó a la caída de más de 5% del PBI de uno de sus principales rivales, Rusia, y desarmó la economía de uno de los pilares del proceso de integración regional suramericano, Venezuela. La situación geopolítica de Medio Oriente, con el avance del EI hace peligrar el equilibrio político-militar de una región esencial para Estados Unidos, pero ante todo para China y la India, al tiempo que potencia el imaginario racista y el resurgimiento de una dinámica bélica mundial (hay células de EI en la frontera mexicano-estadounidense). La crisis ucraniana pone por propia voluntad a Europa y Estados Unidos en estado de “guerra fría” con Rusia. Mientras tanto, la depreciación del dólar fomenta una “guerra de monedas” tanto más aguda cuando que el dólar sigue siendo la moneda de cambio y reserva mundial, agravándose así las tensiones entre multipolaridad geopolítica y unipolaridad monetaria. Pero también entre las expectativas financieras y la economía real: salarios y producción. Al parecer, estamos en plena “crisis de hegemonía” del sistema-mundo. Algo peligroso: ninguna crisis anterior se resolvió sin una guerra de proporciones.

En este contexto, los recientes acuerdos internacionales del gobierno de Cristina Fernández encarnan una de las posibles salidas: la gestación de alianzas estratégicas entre los países “emergentes”. Varoufakis lo dice: “Un escenario positivo vería la formación de una gran coalición de países emergentes que forje un Mecanismo Global de Reciclaje de Excedentes de facto, a base de inversiones planificadas y transacciones comerciales entre ellos. (…) Imaginemos un sistema por el que las inversiones de China” (o/y de Rusia) “se canalizan con base en algún acuerdo con el gobierno de Brasil” (o/y de Argentina) “que implique la afluencia de capitales a Brasil en cantidad análoga a la venta de materias primas de Brasil a China, así como transferencias de tecnología” en el sentido inverso a la disimetría existente. Cualquier semejanza con la realidad de los acuerdos firmados por Argentina con Rusia y China ¿es pura coincidencia?

La construcción de economías mercado-internistas autocentradas industrial y tecnológicamente; la integración regional, y las alianzas económicas, tecnológicas, financieras y políticas con otros “emergentes”, el continentalismo y los primeros pasos del universalismo, que decía Perón, parecen configurar el único camino posible para los pueblos y economías del Tercer Mundo (el nuevo mundo) que siguen aspirando a la paz, el bienestar y la autodeterminación.

 

*Director del departamento de Filosofía Política del Centro de Estudios Socioeconómicos y Sindicales, CESS; miembro de la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales, Asofil.