• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Las revelaciones de las encuestas

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I

De la revisión de las encuestas, tanto de las tradicionalmente cercanas y obedientes al oficialismo como de las que muestran visos de independencia en sus formulaciones y resultados – IVAD, de un lado, Consultores 21, del otro – constatamos varios aspectos novedosos, productos sin duda del efecto causado sobre el país por la desaparición del caudillo, la debilidad congénita de su sucesor y la frágil representatividad de quien encabeza las preferencias opositoras, un fenómeno que se traduce en el desconocimiento de Nicolás Maduro por moros y cristianos y el cuestionamiento de Henrique Capriles en algunas de sus apreciaciones fundamentales.  A todo lo cual, ya de suyo extremadamente preocupante, pues incide sobre la percepción de ingobernabilidad, se suman en la actual coyuntura la brutal crisis económica que estamos sufriendo y cuyos negativos y demoledores índices en el terreno de la inflación desatada y el agudo desabastecimiento caen sobre el ciudadano común anulando todas sus pasadas certidumbres. No se exagera si se afirma que el país se encuentra al borde del abismo.


Todo lo cual es tanto más grave cuanto que resulta ser el balance de una búsqueda angustiosa por dar con salidas al impasse político estructural que reventara con el Viernes Negro, el Caracazo y el golpe de Estado del 4F. Diez años de antesala y veinte de desastres. Dicho en pocas palabras:  destruidas las viejas certidumbres, el Caudillo-Mesías no llegó para quedarse. Y abandona el escenario sobre un paisaje de devastación que presagia catástrofes. Los 14 años transcurridos han provocado todos los desajustes y desastres imaginables, sin ningún reacomodo. Sin que la labor de zapa y destrucción del llamado Pacto de Punto Fijo haya aportado ninguna respuesta alternativa. Estamos al borde la nada.

Porcentajes más, porcentajes menos, lo cierto es que todas las encuestas, incluso la que puede merecer menor credibilidad por estar servilmente sesgada a favor del gobierno, la de Hinterlaces, dan prueba de la existencia de dos grandes bloques enfrentados, por así decirlo: estabilizados en sus posiciones, densidad y homogeneidad. Esa suerte de estabilidad en los frentes podría dar lugar a una suerte de guerra de posiciones, de barricadas metafóricas y desgaste global. De “enfrentamientos estériles” lo calificó un ex líder opositor en el exilio. Pero contra esa eventualidad apunta la creciente pérdida de la radicalidad en cada uno de ellos.

Si bien el frente opositor, tal como lo deja ver la encuesta de Alfredo Keller, manifiesta una notable ventaja de 10 puntos por sobre el frente genéricamente considerado chavista, éste reequilibra las fuerzas por su mayor disposición a participar, por lo menos,  en las próximas elecciones de Diciembre. Al parecer, siempre según Alfredo  Keller, el militante del PSUV es más activo, está más ideologizado y entregado a sus tareas que su contraparte opositora. Lo cual alude a una mayor vinculación orgánica e ideológica entre el votante oficialista y su liderazgo que el votante opositor respecto del suyo.

II


Según la última encuesta de Keller & Asociados, el 75 % de los venezolanos consultados, “están inconformes con la forma de gobernar de Nicolás Maduro” (Notitarde, 29 de septiembre de 2013). En otras palabras, 3 de cada cuatro venezolanos quisieran un cambio de gobierno. Lo que, en el fondo, traduce la brutal pérdida de confianza y credibilidad en el proyecto sostenido hasta su muerte por el presidente Hugo Chávez y la imposibilidad de endosar dicho reservorio de credibilidad y confianza en un heredero que se muestra muy por debajo de las aspiraciones incluso de sus propios seguidores.

Dicha percepción va acompañada de un rotundo cambio en las aspiraciones globales del venezolano. El mismo analista señala que en una encuesta realizada en 1998, el año del gran cambio hacia este modelo ya agónico, referido a las libertades deseadas, el 35% exigía libertades económicas y sólo el 27% deseaba libertades políticas. Al día de hoy, el deseo de libertades políticas se ha ampliado hasta alcanzar el 62% de los encuestados, mientras que las libertades económicas le siguen con un 59%.  Una situación que conduce al oficialismo hacia un callejón sin salida, pues de satisfacer dichos anhelos, se traicionarían las ofertas que llevaran al chavismo al poder y lo mantuvieran dominando el sistema durante 14 años.

 En todos sus renglones, la variable que mayormente afecta al oficialismo tiene que ver con la desaparición de Hugo Chávez y el deplorable resultado comparativo tras estos meses de gestión de su sucesor. La percepción favorable que el chavista tiene del país ha descendido en 38 puntos respecto de fines de 2012, mientras aún vivía Hugo Chávez. La dureza de la inflación se traduce en un deterioro ostensible de la percepción en el campo de la economía, el rubro en el que la población se siente mayormente castigada por el nuevo gobierno: 65% de los encuestados consideran que la economía está empeorando y no visualizan síntomas de mejoría en el futuro.

 En la encuesta referida, el descenso de la población que se autodefine como chavista a sólo un tercio de la población se hace tanto más dramático cuanto que de ese 34%, el 22% consideran que el país va a peor. Se estaría ante una grave desafección respecto del actual gobierno, ya abiertamente desvinculado del de su predecesor. Con lo cual se habría producido un desplazamiento de graves consecuencias: al deterioro en la calidad de vida, atribuida a un mal gobierno, y a la rápida reducción de sus bases a minoría respecto de las fuerzas opositores, que las superarían en más de 10 puntos, se uniría el temor a sufrir un grave impacto negativo en las próximas elecciones municipales del 8 de Diciembre.

Esa diferencia, no obstante, manifiesta dos fenómenos sintomáticos: sólo se reduce a un 10% a favor de la oposición, a pesar de las condiciones extremadamente adversas del régimen ante la desaparición de Hugo Chávez, y se ve relativizada por la mayor disposición a participar en el proceso electoral por parte de los sectores firmemente afectos al chavismo. Los que, a su vez, son minoritarios respecto a los sectores fuertemente opositores, que son más numerosos.

III

De todo lo anterior, nos interesa rescatar un aspecto de extraordinaria importancia: la radicalidad de la actual disposición ciudadana se expresa en lo extendido y profundo de los anhelos de cambio: 75 % de la ciudadanía parece querer un cambio de gobierno en el país.  Y ello a apenas seis meses de las elecciones presidenciales, cuando según la tradición un gobierno recién electo debiera estar en plena luna de miel electoral. Una situación tanto más conflictiva como que la mayoría de los encuestados no considera que Nicolás Maduro haya sido electo en condiciones normales, sino fraudulentas, y duden seriamente de su nacionalidad. Con lo cual el problema de su legitimidad se hace extremadamente grave, acucioso y, a la larga, insostenible. Una percepción que ya trasciende las fronteras y ocupa el espacio de los titulares de los grandes medios internacionales, como The New York Times , Le Monde, de Paris, y El País, de España.

 Sin embargo, llevada a las predicciones electorales y a las expectativas de victoria dicha radicalidad en el rechazo al gobierno y en la apuesta por un cambio no se expresa en una relación 3 a 1 a favor de la oposición. Lo que viene a significar que entre el rechazo al gobierno y el respaldo a la oposición existe un hiato que no parece encontrarse en proceso de resolución. En otras palabras: la misma desafección que se verifica entre los sectores desencantados del chavismo frente a Nicolás Maduro, es observable entre los sectores opositores respecto a su candidato presidencial, Henrique Capriles y la Mesa de Unidad Democrática.

 Así, parece abrirse una brecha producto del desencanto que conforma algo así como un tercer bloque en disputa, desafecto de sus liderazgos por la ausencia de propuestas capaces de seducir y entusiasmar a un sector de la ciudadanía cada día más escéptico ante los cambios políticos.

 ¿Cansancio, desencanto, desilusión?  Para usar un símil que le diera título a un gran cuento de Jorge Luis Borges, ¿estamos ante senderos que se bifurcan: el de los liderazgos, por una parte, ajenos al sentir de la voluntad popular y el de la sociedad civil, por el otro, fatigada de verse utilizada como carne de cañón electoral pero carente de todo protagonismo real y de un contacto vivo, orgánico con los partidos políticos?

 Pareciera existir un gran vacío en la relación representante representado. Si así fuera, podría dar lugar a una situación extremadamente peligrosa, pues podría desencadenar fuerzas ajenas al deseo de los protagonistas de esta grave crisis existencial, que pareciera estar tocando fondo. Todas las fuerzas opositoras apuntan por ahora al 8D. Sin que hasta ahora existan los más mínimos detalles del proyecto de resolución de esta crisis que implicarían dichos resultados, en caso de resultar positivos. ¿Y si dichos resultados corroboran el relativo empate de fuerzas y todo sigue como antes, en esta suerte de “estabilizada inestabilidad”? Un oxímoron tanto más grave cuanto que ni siquiera tenemos plena conciencia de la gravedad de la crisis. Surge, pues, la gran incógnita, que, por sorprendente que parezca, nadie quisiera tomar en cuenta: ¿y después del 8 de diciembre? Un tema tabú, a pesar de tocar la esencia de nuestros graves males.

 Un monstruo parece anidarse en medio de las incógnitas del futuro. Como que nadie quisiera referirse a él. Crisis de país, crisis de liderazgo.  Estancamiento de las fuerzas encontradas y parálisis y catalepsia de los protagonismos. ¿Hasta cuándo?