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Ricardo Ramírez Requena

Las alabanzas de Rowena Hill

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Rowena Hill nació en el Reino Unido en 1938, y después de vivir algunos años en destinos tan variados como Nueva Zelanda, Italia y la India (país que brindó cuerpo vital a la autora), se radicó en Venezuela a mediados de los setenta. Desde entonces, su presencia se ha hecho sentir como traductora (tradujo a Cadenas y a un buen grupo de mujeres poetas al inglés) y como especialista en temas orientales. Sus poemarios no han tenido la difusión que merecen, algo bastante común en nuestros tiempos en que los autores (Auden habló muy bien de esto) prácticamente deben asumir funciones que la sociedad acepta, antes que su condición de narrador, ensayista, poeta.

La editorial Equinoccio, de la Universidad Simón Bolívar, ha tenido a bien publicar No es tarde para alabar, su último poemario, en 2012. Un poemario diferente a muchos que podemos encontrar en la poesía contemporánea venezolana, quizá más emparentado con títulos viejos de Armando Rojas Guardia, los primeros poemarios de Hanni Ossott, y un libro como Preludios, de Alejandro Oliveros.

La alabanza no abunda en nuestra poesía (lamentablemente, sí en la política). El agradecimiento, la devoción, el respeto a aquello que nos supera e incluso abruma, aborda este poemario. Hay momentos en que recordamos a una poeta como Szymborska, recientemente fallecida, en el tono, la leve ironía (very british, by the way), que encontramos en Hill. Ese encuentro entre el descampado, y la distancia verbal, no es común. Esto hace motivo de atención a este libro, tan extraño y estremecedor.

En Rowena Hill, hay un gesto crítico, pero no de lamento. Hay un constante reconocimiento del otro/de lo otro, por medio de la alabanza. Honda reflexión sobre el viaje y la vejez, sobre derrumbes y otros desastres, No es tarde para alabar contempla el epicentro del cuerpo (Desmembramiento), acercamientos a Oriente (Los viajes, India), un recorrido vital por un espacio central en la experiencia de la poeta en Venezuela (Páramo), y un cierre, a manera de recapitulación alrededor de todos estos temas (Estentórea, Mitologías).

Los poemas que más destacan son “Dédalo”, en donde, gracias a una tradición inglesa de re-escritura, de make-it-new, podemos acercarnos nuevamente a la historia griega:

Hijo

Amado

Con estas alas te atavío

Compuertas del cielo

Las fibras de tus hombros

Tu hermoso costado

Sean aliados de cera y plumas

La armadura mi ingenio

Libérate de toda tiranía

Goza el albor de tu ascenso

La primacía del viaje como hecho definitorio de la existencia lo vemos en Bagan:

De aquí no me voy entera.

Podré parecerle a la gente

Igual o sólo más vieja

Pero no verán que falta un pedazo,

Un fragmento convertido en réplica

Que anda por siempre vagando

Entre estas ruinas y esplendores

Y duerme en una uña

Del pie de Buda.

Vemos, constantemente, a lo largo del poemario, una crítica a Occidente desde Oriente, y una crítica a Oriente desde Occidente. Algo que podría recordarnos ciertos poemarios de Octavio Paz. El vaivén entre estas dos visiones interconectadas, da la pauta central de sus partes. Poemas como “Inle”, “Rezando para que llueva”, “Mientras él no ve” y, “Últimos ritos”, son centrales para entender los logros poéticos de este libro.

Acérquese a las alabanzas de Rowena Hill: sinceras, reales, alejadas de la mentira y la pantomima. No quedará entero después de su lectura. Nos ofrece una poesía para nuestros tiempos, tan cínicos y falsos: nos ofrece mucho de aquello que echamos en falta.