• Caracas (Venezuela)

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Adriana Villanueva

¿Y ahora qué?

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En los más de 14 años de esta quinta república no recuerdo mayor quiebre de la oposición como estos días con el tema del supuesto diálogo por la paz. Quizás lo estuvimos en 2004 ante la decisión de si votar o no en las elecciones para la Asamblea Nacional con un Consejo Nacional Electoral puesto en duda ante su parcialidad por el oficialismo. Ya sabemos cuáles fueron los resultados de la nefasta corriente de opinión que impulsó a tantos venezolanos a renunciar el derecho al voto y entregar en bandeja de plata la Asamblea Nacional al pensamiento oficial.

Recuerdo ese episodio porque el diputado Julio Borges fue uno de los que entonces llamaban a votar y por eso fue vilipendiado con la misma agresividad verbal con la que hoy está siendo atacado por acceder a hablar con el oficialismo, casi con la misma agresividad con la que en la Asamblea Nacional ha recibido más de un golpe.

Debido a la férrea censura en la que vivimos hoy en Venezuela no contamos con medios televisivos para disentir de la verdad oficial, ni siquiera para debatir entre la oposición. El debate de si ir al diálogo o no se dio en las redes sociales donde muchos opinaron, con razón, que faltaban los actores más importantes de la batalla librada en la calle estos últimos meses: los estudiantes (mientras los tupamaros sí tuvieron vocero), o en su defecto los abogados de Foro Penal que han registrado los abusos de las fuerzas del Estado. Muchos insistieron en que aceptar reunirse con los opresores era lavarles la cara en el ámbito internacional.

Soy de quienes opino que negarse la oposición a este primer encuentro público con el oficialismo tras los sucesos de estos últimos dos meses habría sido un error tan garrafal como lo fue claudicar del derecho al voto. Este encuentro no estaba planteado por el bien del gobierno sino a petición de la comunidad internacional, y la voz disidente no podía desperdiciar la oportunidad de dar su punto de vista ante la verdad oficial. A nivel de imagen en el exterior habrían sido peores las consecuencias de no ir.

Pero sabemos que una cosa fue el show internacional montado con el nuncio como invitado especial, y otra muy distinta la represión que vivimos en Venezuela. Qué mejor prueba de ello que este artículo será leído solo en la web porque a El Nacional, como al resto de la prensa escrita que se atreve a disentir, se le niegan divisas para importar papel.

Por eso a muchos venezolanos nos parece un gran logro lo que debería ser normal en cualquier país democrático: ver en televisión disentir a la oposición del oficialismo. ¿Una ilusión? Por los momentos sí, porque no hay que olvidar que Maduro en la tarde encadenó los medios de comunicación social para despotricar contra quienes en pocas horas estaría dándoles cordialmente la bienvenida al diálogo. Como tampoco podemos dudar que el análisis en la televisión venezolana de lo conversado la noche del jueves solo tendrá un tinte rojo; después de todo vivimos en una Venezuela marcada “por la censura y la autocensura”, como acotó Ramón Guillermo Aveledo al inicio de este Diálogo por la Paz.

Vuelvo a recordar aquella escalofriante escena de la película No de Pablo Larraín, cuando en el Chile de Pinochet un periodista se aferra a los pocos minutos en televisión concedidos por la dictadura porque no sabe cuándo los volverá a tener. Y así por primera vez en un año, por unas horas, pudimos ver en televisión frente a frente a los representantes de dos Venezuela, aunque no en igualdad de condiciones: a la que tiene en sus manos un poder comunicacional sin límites, y a la que hoy tiene prohibido hablar en televisión, se le cercena la palabra escrita y se le amenaza hasta en las redes sociales por el delito de opinión.

Se burlaban los voceros del oficialismo de aquellos que ayer abusaron del tiempo televisivo, ejemplo del cinismo revolucionario no admitir que estos minutos de más no se pueden comparar con la señal abierta que tiene el gobierno para difundir su verdad oficial. Puede que esas pocas horas en las que los canales fueron abiertos a la voz de la oposición serán una alegría de tísico, y que hoy serán vilipendiadas con todo el poder de la propaganda de Estado. Pero era importante hacerse oír, es necesaria la política, como también es vital no abandonar la lucha pacífica de calle porque por algo el gobierno se vio obligado a un debate cuando tienen más de 14 años sin admitir una pregunta incómoda al aire.