• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

¿Y ahora qué?

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Q uerríamos encarar el futuro en términos promisorios, como quienes cuentan con suficientes reservas de distintos órdenes para ir adelante. Sucede, sin embargo, que existe una relación de causa-efecto que lleva a sentir, objetivamente, que la disposición hacia una actitud optimista requiere de un marco social, político y económico que la propicie, de una suma de situaciones y hechos que la hagan lucir con asidero de factibilidad. Se trata, en síntesis, no de optar por el pesimismo como actitud, sino de condicionar el optimismo.

No veo qué tanto pueden empeorar las cosas en comparación con la situación actual; pero en todo caso, ¿no es hoy Caracas una excelente escuela que nos prepara para cualquier contingencia, con rango incluso de sibaritas del masoquismo? El saqueo impúdico seguirá o se agravará, aunque la ruina nacional se traduzca en una grave marginalidad y miseria extrema; igual que en lo ético y la moral pública, serán cada vez mayores la degradación y el hundimiento colectivos. Ejemplo de la descarada ausencia de pudor lo ha sido, a la vista de los habitantes de este país y ante los ojos del mundo, el pago total de la campaña electoral del candidato ilegalmente declarado ganador, con fondos sustraídos del Tesoro Nacional.

Animados de la convicción de rescatar a plenitud nuestro país de la anulación cuartelera a que ha sido y está sometido, cuán equivocado nos resulta quien actúe ceñido a la idea de que gobernar es un impositivo ejercicio de agresión, irrespeto y subestimación a un pueblo inerme, de vocación civilista y democrática. Estamos viendo aumentar cada día, con una prisa desbocada e irracional, los desplantes y las amenazas oficialistas contra la población opositora y el lamentable aspirante a líder se presenta ensoberbecido con un poder que más que emanar de él se apoya en una melosa cercanía suya a sectores castrenses.

De una vez nos enfrenta a hechos de barbarie, como para dejar clara la continuidad de ella cual parte de la concepción que han establecido, de lo que significa para ellos presidir el destino del país.

En las acciones oficiales hay un fascismo militante, que celebra como triunfos el asalto y saqueo a instituciones culturales, la agresión con artefactos bélicos a las universidades y a jóvenes manifestantes, violaciones de archivos y sustracción de documentos; un odio manifiesto a todo lo que signifique intelecto, sensibilidad, estudio, y en general cultura, no siendo casual la animadversión hacia la UCV ni el ensañamiento represivo contra estudiantes, que en su condición de seres pensantes con capacidad analítica y sentido crítico, se opongan al régimen.

Es evidente que en su papel de hijo que desea mostrar cuán fiel es a la memoria de su patriótico progenitor, el señor Maduro ya ha dado muestras de cuánto afán pondrá en llevar adelante la consigna que aquel introdujo e impuso, de repetida exclamación obligatoria, de "Patria, Socialismo o Muerte", y que a continuación de serle diagnosticado el tumor que padecía ordenó no mencionarla; pero basta oír el tono de cualquier discurso, declaración o cadena del locuaz heredero, para que no nos quede duda del regreso de la consigna para una absoluta y fanatizada aplicación práctica, a manos de los pandilleros y fuerzas organizadas del régimen, salidos a la calle a hacerle sentir a la población adversa a las arrogantes pretensiones y la vocación represiva presidenciales, que la versión vigente con él ha de ser "Patria, Socialismo y Muerte".

Nos hace bien recordar, y ojalá estemos a tiempo al hacerlo hoy, que el desmoronamiento de una nación se da cuando sus instituciones fundamentales dependen acríticamente de la voluntad única de un gobernante que supedita los poderes al suyo.