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Cyrano de Bergerac

El agujero negro

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La naturaleza suele imitar al arte, decía Goethe. Y la historia a la naturaleza, decía Marx. Si bien, como decía Linneo, natura non facit salto, y la historia avanza de tumbo en tumbo y de salto en salto. Pues como lo reafirma la experiencia, la principal dificultad de la humanidad ha sido avanzar sin tropiezos, sin recaídas, sin brutales regresiones como la que estamos viviendo desde que Venezuela se despeñara por los abismos de su crisis, la clase política se enzarzara en sus mezquinos rencores, los intelectuales en su congénita miopía y sus fuerzas armadas en sus ancestrales deslealtades, traiciones y apetencias. Nada nuevo bajo el sol en este descampado. Que el árbol venezolano, poco importa la cantidad de suos raíces, nació torcido y ya no da ni siqueira sombra. Volvemos a medio vivir a la intemperie, sin certidumbres, nómades y salvajes. Como siempre.

Como era de esperarse y los poquísimos espíritus lúcidos nos lo cantaran aterrados hace dos décadas - no cuento más de tres: Juan Nuño, Manuel Caballero y Luis Ugalde, que a los notables y al resto de la intelligentzia se los tragó el agujero negro de la infinita mediocridad nacional - henos aquí, en medio del desierto, a punto de ser tragados todos nosotros - los poquísimos justos y la arrolladora masa de los pecadores - por el agujero negro de la imbecilidad nacional. Quien lo dude o se niegue a creerlo, que se asome al balcón, visite los centros comerciales , haga una cola o abra los periódicos. La estulticia nacional se desgañita por comprar un kilo de sal cuando nos acecha la sequía. Todos ansiosos a la espera de que se evaporen las aguas.

No es fácil digerir este burro peludo que, como lo alertaba Rómulo Betancourt, hay que tragarse atravesado y sin eructos si se quiere transitar por el pedregoso sendero de la política. Nos desgobiernan los imbéciles. Quienes, como se comprueba desde que a Sócrates le dieran a beber cicuta y a Caín le pusieran una quijada del mismo burro en las manos, son absoluta mayoría. La democracia, como lo dijese con su insondable sabiduría Jorge Luis Borges, despertando el odio de esas mayorías, es un error estadístico. Apuesta a las mayorías y te sacarán los ojos. ¿O es que con el loco Chávez no fue suficiente?

Cuando ganó las únicas elecciones en que venció en buena lid - la democracia puede ser tan estúpida que goza amamantando tiranos - le oí a gentes supuestamente educadas alabar lo maravillosamente bien que hablaba. Yo, no tan educado, le vi de inmediato las costuras del llanero charlatán, hablachento, mentiroso, farsante y traidor. Y todavía, despues se encontrarnos a medio camino de ser tragados por el agujero negro del caos, la desintegración y la muerte, hay millones de imbéciles, que lo adoran. Y otros millones que si lo odian, me estarán criticando por tratar de imbéciles a los imbéciles. La progrsía fue, es y será la mejor compañera de ruta de la canalla. Le perdona hasta un cuarto de millón de asesinatos, la devastación de nuestra economía y la destrucción inmisericorde de la república.

Créanme: no es grato dejar salir por esta boca las verdades que me inspira estar de frente, inerme y aterido ante nuestro agujero negro. Quisiera cantar loas a la quebrada de Catuche, como lo hacía en sus Silvas nuestro triste y desventurado Andrés Bello, admirar las reverberaciones cristalinas del Orinoco, como lo hacía en sus maravillosas transparencias el maestro Jesús Soto o cantarle a nuestros pueblos tristes, como lo hizo con su tierna inspiración nuestro bienamado Otilio Galíndez. Pero la brutalidad de la barbarie, la costra de nuestras lacras y destemplanzas, la inmundicia de quienes asaltaron el Poder en un momento de insólita estolidez nacional me lo impide. Quisiera ser optimista y alabar las expectativas del futuro, pero como bien lo dijese el pensador alemán Theodor Adorno, después de Auschwitz es un despropósito dedicarse a la poesía.

No le pidan a los astrónomos que callen ante la aterradora voracidad con que los agujeros negros atrapan toda luz y amenazan con la desaparición a cuanto los rodean. Este es un momento siniestro. Estamos siendo devorados por el agujero negro de nuestra propia estupidez. Y por más tolerancia que me pidan ante la desesperación con la que un venezolano se avalanza sobre una aparato sin importarle cuanto libertad le costará su compulsiva avaricia, no puedo serlo. Sin el propio consentimiento, una mujer o un hombre no descienden a la prehistoria de su esclavismo.

Todos los aherrojados por las tiranías cargan con una gran culpa. Es la tentación del esclavismo. El agujero negro de la humanidad desde el origen de los tiempos.