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Sergio Monsalve

El aguante de Cuba y Venezuela

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Si quieren nadar en aguas profundas, les recomendamos el visionado de La piscina, ópera prima de Carlos Machado Quintela.

Para más señas, la película fue galardonada con el premio del jurado del Festival de Marruecos en su decimotercera edición, bajo la presidencia de Martin Scorsese. La cinta compartió el reconocimiento (ex aequo) con Blue Ruin, un ejercicio de estilo, otra joyita del cine independiente.

Dato no menor, el largometraje, de apenas 66 minutos, es fruto de una alianza cultural entre Cuba y Venezuela. Tres talentos nacionales figuran en la ficha técnica de la pieza: Delfina Catalá, Alexandra Solórzano y Alfredo Hueck. Las dos primeras intervinieron en el apartado de la impecable producción, donde no sobra ni falta nada. El tercero, próximo a estrenar Paquete #3, cumplió la función de editar el material bruto de la obra.

De acuerdo con el tono sobrio de la propuesta, el montaje empalma los planos y las tomas con sutileza, dejando espacio a la libre interpretación del espectador. Así el trabajo de ficción despliega un conjunto de viñetas abstractas y realistas, aparentemente nulas, vacías, prescindibles e ingenuas.

De ahí las quejas de cierto público ante el ritmo pausado y sosegado del filme, cuyo entramado minimalista exige la participación activa del intelecto de la audiencia, para decodificar cada imagen plasmada por la puesta en escena.

Grave problema de déficit de atención, estimulado por la sobreoferta de montañas rusas, parques de atracciones, paraísos artificiales, juegos de carritos y circos ambulantes en la cartelera.

Si a ello sumamos el fenómeno digital de la hiperconectividad, la impaciencia del consumidor se acrecienta a un grado superlativo de permanente exigencia de diversión, espectáculo y entretenimiento sin paliativos. En dos platos, la masa uniformada prefiere sentir en lugar de pensar delante de la pantalla.

La piscina invierte o equilibra la ecuación al invitarnos a sumergirnos entre los líquidos serenos de sus emociones costumbristas y las corrientes periféricas de sus mensajes ocultos, a través de un lenguaje de avanzada, heredado de las vanguardias globales, del pasado al presente de la modernidad.

Un cine tan próximo a los tiempos muertos de Antonioni como cercano a los antirrelatos experimentales de Lisandro Alonso, Lucrecia Martel, Fernando Eimbcke y Amat Escalante, por solo citar a cuatro autores consagrados de América Latina. Ni hablar del resto del mundo. La lista de nombres y apellidos desbordaría los estrechos márgenes de la columna de hoy.    

En vista de la consolidación del formato, los críticos advierten la pragmática duplicación y repetición del esquema, pues rinde frutos en el mercado de las competencias internacionales. Por ejemplo, Carlos Boyero lo considera agotado, pretencioso y diseñado en laboratorio para esconder serias carencias expresivas.

En cambio, los jurados de los principales certámenes siguen adjudicándole preseas, laureles y coronas. 

A la luz de semejante debate, la fama de La piscina nos parece justificada, por varios motivos. Procedemos a esgrimirlos para cerrar la nota.
Proyecta una limpia fotografía de un evidente rigor conceptual y semiótico. Los encuadres son planificados con cálculo para crear una atmósfera envolvente y sugerente, propia de los mejores documentales de observación.

El guión establece un diálogo silencioso, a veces tenso, con las escuelas clásicas, emergentes e insurgentes de La Habana, más allá del mar de la felicidad, de la censura.

Los cinco protagonistas del reparto ilustran, de manera convincente y humana, las paradojas de un país de seres mutilados, estancados, mudos y autoexiliados, quienes repiten las mismas rutinas todas las jornadas, a la espera de un cambio, de una alternativa, de una posible vía de escape.

Los personajes portan el ADN de una patria conmovida por la nostalgia, la melancolía, el aislamiento y la crisis. Comparten sueños, traumas, experiencias, alegrías, humores y pesadillas durante el lapso de un día.

Un joven ríe nerviosamente, mientras coquetea con una adolescente discapacitada. Un muchacho se niega a establecer contacto y permanece callado. Un entrañable chico con síndrome de Down recibe un trato digno por parte del grupo. Un misterioso y dedicado instructor hace su labor, incapaz de disimular las marcas de la resignación y la frustración en su rostro.

El elenco de actores interpreta la voluntad, la nobleza, el espíritu de superación, el conflicto, la solidaridad, la incomunicación, el desplazamiento limitado y la inercia de un pueblo condenado a vivir en una utopía fallida, en un círculo vicioso, en una alberca gris.

Exenta de la pesada carga de un panfleto político, La piscina también alberga un foco de luz al final del túnel. La encarnan los visos de compañerismo, espontaneidad, optimismo y ánimo de aguante de su generación de relevo, a pesar de las adversidades del contexto.

La moraleja aplica para Cuba y Venezuela.