• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

No se trata tan solo de un larguero interminable de peleas de mal gusto en horario prime. A lo que estamos asistiendo los colombianos es al desagradable espectáculo de una clase política que se descompone de la manera más indigna ante nuestros ojos, una clase política desmemoriada, irresponsable, más pronta al señalamiento visceral que a la autocrítica, al entendimiento del momento tan particular por el que atraviesa el país.

Ese espectáculo desastroso es, por lo menos, uno de los motores de esa nueva “ola blanca” que se avecina de votos sin destino: al cansancio que siente la gente por esa dirigencia ofensiva que miente y que no representa sino sus propios intereses, su propia agenda, y que solo se indigna cuando le bajan el salario.

La gente no ve alternativas viables en toda la oferta de la política tradicional, lo que debería alertarnos sobre el momento de enorme vulnerabilidad por el que atraviesa nuestra democracia. ¿Quién va a llenar ese vacío? Este estado de hastío, muy a pesar de nuestra asombrosa capacidad para aguantar indefinidamente lo insoportable, es una condición transitoria. El espacio está dado para el surgimiento de nuevas fuerzas, pero, ¿quiénes van a ser los protagonistas?, ¿de dónde van a surgir esas fuerzas?

La coyuntura da para toda suerte de desenlaces. Tal vez el caso más emblemático es el venezolano. De lo que parecía una de las democracias más estables de América Latina, con suficientes recursos y un sistema político bastante cerrado pero sólido, surgió Hugo Chávez. En Italia, a comienzos de los noventa, el sistema de partidos tradicional colapsó por el desgaste ante los escándalos de corrupción y la falta de liderazgo.

En Tailandia, en el año 2006, el primer ministro, Thaksin Shinawatra, se vio obligado a abandonar su cargo debido a una serie de escándalos de corrupción y abuso de poder, a los que la gente reaccionó con protestas masivas y que derivaron en la ilegalización de su partido y un golpe militar, que se prolongó por un año. En estos tres casos, al igual que el argentino, que nos es tan cercano, ni la polarización ni la inestabilidad han cesado aún.

Las crisis suscitan la aparición de figuras que apelan al ciudadano de a pie y prometen conjurar esos periodos con fórmulas extraordinariamente simples y generalmente expresadas en compromisos por la gestión limpia de lo público y en respuestas concretas a las aspiraciones de la gente.

En lo que nos concierne, está claro que el voto en blanco y los altísimos márgenes de indecisión, así como el rechazo a la gestión del gobierno, no solo deben alertar sobre la vulnerabilidad persistente de nuestro sistema democrático, sino sobre lo que puede llegar a ser una debilidad estructural del proceso de paz, si es que este llegara a concretarse en un acuerdo. El escepticismo y la desconfianza hacia nuestra clase dirigente podrían reflejarse en una ausencia de consensos de base que legitimen y, por lo tanto, blinden la transición, que ya por definición será bastante difícil.

La gente quiere la paz, pero no la cree posible, y, más aún, no está dispuesta a convertir esa paz en un oxigenante de esa clase política que es corresponsable de la violencia que nos ha condenado por tantas décadas. Lo peor que nos podría pasar es atender al nacimiento de otro caudillo o de una nueva opción autoritaria elegida por voto popular. Lo mejor tal vez sería que se reformulara un nuevo acuerdo, pero no surgido de las exigencias de la guerrilla, sino entre la ciudadanía pacífica, que rechaza todas las formas de violencia y desea emanciparse de ella y de sus cómplices a todos los niveles de la política, y que se materializara en una nueva asamblea constituyente.