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Félix Seijas

Esto no aguanta un día más

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La frase que sirve de título a este artículo es recurrente en distintos ámbitos del país desde hace más de diez años. Sin embargo, hoy en día la seguimos escuchando incluso con más fuerza. Entonces algo es obvio: ese “esto” testarudo siempre ha aguantado un día más.

Las mediciones indican que la mayoría de la población evalúa de manera negativa el trabajo de la actual administración. Los estudios también indican que la mayoría de las personas desean que esta administración sea sustituida por otra. Entonces: ¿por qué aquella frase con aspiraciones premonitorias no se ha cumplido?

Por un lado tenemos que los venezolanos piensan -de manera abrumadora- que ese cambio que desean debe darse de una forma pacífica y constitucional. Es decir, aquellos que procuran el cambio a pescozones y manotazos son minoría, y difícilmente encontrarán el apoyo necesario para avanzar por esos caminos.

Por otro lado, la idea de una inminente explosión social se aviva en la mente de algunos ante el recuerdo de lo ocurrido en 1989. La cuestión es que las condiciones presentes en aquel momento difieren de las actuales. Para entonces, el combustible que provocó el estallido tenía como ingrediente principal la sensación generalizada de desesperanza y desencanto creada por la altísima expectativa que la elección de Pérez había generado. Por un lado no había circo -el expresidente Pérez concentró esfuerzos en el tema económico, sin poner en marcha dispositivos que distrajeran a las clases populares y generaran calma manteniendo en alto sus expectativas y esperanzas-  y además se percibía que el pan no sería el prometido.

En contraste, el actual gobierno en su accionar populista ha repartido esperanzas y montado circos de manera eficiente. Al mismo tiempo, en el plano económico ha concentrado esfuerzos en “correr la arruga”, dosificando -en tiempo y forma- todo lo relacionado con la implementación de medidas que puedan generar impacto en la sensación de bienestar de la clase popular. La premisa es “no ahorcar”, al menos “por ahora”; ya mañana se verá. Así, el oficialismo ha evitado que aquella masa popular que ya no lo mira de buena gana se enfurezca, saliéndose de sus cabales y uniéndose a los ya muy molestos opositores.

En el plano electoral, “esto” también ha aguantado un día más: la oposición no ha logrado consolidar una mayoría contundente que acuda a votar por su causa. Incluso en los actuales momentos, cuando la mayoría de la población se encuentra molesta con la actual administración, a la oposición le costaría concentrar una cantidad de votos que contrarreste cualquier ventajismo oficial. El motivo, en principio, es obvio: entre aquellos que en los últimos años han abandonado las filas oficialistas (conscientes o no de ello) y que hoy pueden considerarse “neutrales”, abunda el sentimiento de que la oposición política está lejos del ideal al que ellos aspiran. Más aun, muchos de ellos, al verse presionados en tomar una decisión, terminarían actuando -muy a su pesar, vale decir- siguiendo la premisa de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Entonces, ese “no aguanta un día más” realmente puede aguantar muchos otros. La oposición logrará una mayoría sólida cuando deje de concentrar su mensaje en aquellos opositores “convencidos” y lo redireccione a la masa descontenta, es decir, a esa masa que debe sumar. Para ello la oposición debe dejar de ser “más de lo mismo”, más de eso de lo que esa masa está cansada. Los desencantados necesitan ver en sus políticos actitudes constructivas con sello sincero. A ellos los ahuyenta la pelea por pelear, les ahuyenta percibir que una crítica tiene el único objetivo de atacar lo que otro dijo, simplemente porque lo dijo otro. Ellos levantan un muro donde escuchan quejas sin ofrecer soluciones. Hace tiempo que estas personas añoran encontrar en los políticos actitudes en las que no perciban agendas ocultas, actitudes detrás de las que solo identifiquen un eje motivador: la procura del bien colectivo sobre el interés personal.

Esto obliga el acercamiento al electorado sin hacerle sentir que él solo representa una pieza a conquistar. Obliga a coquetear de manera sincera con lo que ese electorado interpreta como positivo en la “revolución”, manteniendo la distancia necesaria que las diferencias de criterios marcan de manera natural.

Las cosas en materia económica se recrudecen a un ritmo acelerado. Esto agudiza el deslave en las filas oficialistas y aumenta las oportunidades de la oposición. ¿Las aprovecharán?


@felixseijasr