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Alexis Correia

Sin aditivos químicos

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Hay algo que todavía no entiendo de Corazón esmeralda y es una palabra nueva que le escucho en casi todos los capítulos al personaje de Blanca Aurora: “bándida”. ¿Será un pelón que nadie le corrige a la actriz María Antonieta Duque? ¿Un juego con “cándida” y “bandida” dirigido a la viudita alborotada Lorena (Myriam “Barbie” Abreu)? La segunda teoría es más lógica, pero demasiado rebuscada. En algún momento debería quedar explicado o corregido para no propagar el error.

De La virgen de la calle (Televen) apunté que habían sido eliminadas todas las escenas de violencia, hasta las cachetadas clásicas. En Corazón esmeralda (la telenovela de las 9:00 pm en Venevisión) he contado, hasta el jueves pasado, tres bofetadas y tres peleas de puños. Carezco de informante alguno dentro de los canales de televisión, por lo que paso a un ejercicio de especulación: o Venevisión goza de permisos superiores a los de Televen, o en Televen se tomaron demasiado en serio las recrudecidas restricciones legales.

Escribí unas líneas sobre los primeros cuatro capítulos de Corazón esmeralda con una impresión desfavorable. Hoy públicamente reculo. La telenovela subió y se “puso buena”, como decimos popularmente, con cierres de episodio cautivantes sobre todo en la última semana de marzo. Cierto que la protagonista Irene Esser (Beatriz Elena, heroína ecologista de Valle Bonito, un lugar donde todavía existen casas de bolsa) no es una actriz de formación, pero la pareja que hace con Luis Gerónimo Abreu (el abogado corporativo Juan Andrés) tiene mucho más potencial que la de La virgen de la calle.

La situación de arranque de Corazón esmeralda, además, es divertida: un magnate ecocida de irónico apellido Salvatierra (Jean Carlo Simancas) se suicida y en su testamento obliga a convivir a sus cuatro hijos herederos de distintas madres, antes de que puedan cobrar la herencia. Corazón esmeralda tiene otra ventaja ante La virgen de la calle: el humor localista de Melinda (Sindy Lazo) y Miguel, este último interpretado por un joven con rostro de comiquita humana y mucho futuro: José Ramón Barreto. “Barbie” Abreu, dentro de sus límites, es otra revelación en la comedia.

Esser es una “platanota”: el exceso de centímetros puede desfavorecer a una actriz de TV (en estos días se le escapó otra palabra nueva: “restrearse”). Sin embargo, posee sanos toques de locura, atrevimiento e impudicia. Su cuerpo desgarbado irradia cierta luminosidad. También se ve mejor con la cara lavada que maquillada. Algunas de sus escenas de pasión con Abreu han disparado el “cursilómetro” a mil por hora (un anillo de compromiso metido en un tallo de rosa, una cena sin aditivos químicos para la ingenua activista orgánica), pero eso funciona para la telenovela rosa.

Mimí Lazo, la proxeneta camuflada Federica Pérez, se instala cómodamente, como de costumbre, en una posición de dominio. Físicamente luce como la mamá embalsamada de Lady Gaga y su gestualidad cae en lo esperpéntico, aunque Lazo siempre es así y, como la inflación, nunca pierde vigencia. Flavia Gleske (su hija en la ficción, Fernanda) anda de capa caída.

Juliette Lima (como la “prepago” Vanessa) se ha especializado como villana competente, aunque está algo repetitiva. Dora Mazzone (la católica Hortensia) desprendía una elegancia glamorosa en sus primeras apariciones, pero su personaje se ha puesto mojigato y fastidioso. Pero Jorge Reyes (el abogado canalla, Marcelo) y Cristóbal Lander (el ecologista enamorado solo, Luis David) son, de lejos, lo peor del reparto.

En Twitter: @alexiscorreia