• Caracas (Venezuela)

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Luis Pedro España

Magencio

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Comenzó en la docencia a mediados de los años ochenta. No necesariamente era de los mejores del liceo, pero ni de cerca tampoco de los peores. Escogió la docencia porque admiraba a un tío que fue director en la escuela del barrio, todos hablaban bien de él y hasta los malandros lo respetaban.

En el pedagógico le fue como en el liceo, sólo que allí venció la timidez y terminó declarándosele a Felicia, lo que nunca pudo hacer con Arelis, su amiguita de todos los años de escuela. Magencio pasó todos sus estudios como docente coqueteando con la historia. Se veía a sí mismo como profesor de Historia y hasta escribiendo un libro de texto.

Su relación con la política fue, como muchas otras cosas en su vida, regular. Nunca militó. En su época meterse en política no era bueno. A lo más simpatizaba con los ñángaras, hasta algún caucho ayudó a quemar en una de las tantas protestas del pedagógico.

Cuando se graduó entró como contratado a trabajar en varios liceos. Siempre en educación media. Fue profesor de historia de noveno grado, pero también daba clases de Geografía, y más de una vez hizo alguna suplencia en Literatura.

Recuerda con claridad el día que pasó a fijo. Formar parte del magisterio no sólo era una seguridad económica mayor que estar dando tumbos, o vivir con la inseguridad de que al año siguiente no te contraten, sino que además le permitía hacer carrera como docente, comenzar su posgrado y concursar para cargos de planificación o supervisión en el ministerio. Cuando llevas más de diez años enseñando en aula, cumpliendo doble jornada y peleando con el tráfico de la ciudad para llegar a tiempo a los dos liceos, comienzas a envidiar al supervisor, al director de la zona o a cualquier otro funcionario del ministerio que no tiene que calarse el duro y mal pagado trabajo docente.

Magencio siempre votó por Chávez. Aún recuerda cómo “encaletao” les pasaba el manifiesto del MVR-200 a sus compañeras maestras. Se moría de la risa cuando ellas se daban cuenta de que él les había metido en la cartera el folletico de Chávez en pleno consejo de maestros. Unas lo sacaban como con asco, otras le sonreían como si las hubieran piropeado.

Para Magencio, como para casi toda Venezuela, quitarse de encima a los adecos y los copeyanos era la única forma de salir adelante. Dicho y hecho, incluso antes de los problemas de 2002 y el paro de 2003, Magencio terminó su posgrado, pasó del aula a la zona educativa y por primera vez el sueldo le alcanzó.

Junto con el tiempo vino la desilusión. Una vez que comienzas a hartarte, la molestia se convierte en rabia. En el ministerio comenzó a vivir en carne propia lo que escuchaba cuando era maestro. ¡Mucha política, aquí todo es política revolucionaria! Se quejaba más de una maestra jubilada. Puro amiguismo y activismo. Los que se ocupan de movilizar a la gente y de participar en las cosas del Gobierno son los que consiguen los puestos y a los que les dan todo. Más de una vez presenció la injusticia en forma de beneficio económico, o en el mejor de los horarios para el peor de los docentes.

El pasado 7 de octubre Magencio votó por primera vez por un candidato distinto de Chávez. Calladito votó por la oposición. El destino quiso que a los pocos meses votara otra vez, pero en esta ocasión, y como cuando era ñángara, lo hizo en alta voz.

La semana pasada nos enteramos de que a Magencio lo amenazaron con devolverlo al aula de clase. Cruel castigo en un sistema educativo que tiene los incentivos económicos con las patas arriba. Los del partido andan botando espuma por la boca después de los resultados del 14 de abril. Inútil esfuerzo, ya no hay vuelta atrás. Cuando los compañeros se le acercan a Magencio preocupados por él, siempre dice lo mismo: “Sólo quiero que algún día le pueda decir: Mi Presidente”.