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Luis Pedro España

Arrebatón petrolero

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Hay un dicho germano, que obviamente debe rimar en alemán, que dice algo así como “no pregunte por los abuelos que todos son unos ladrones, hable de los nietos que son unos prósperos industriales”. Un poco más tosco y directo, pero con el mismo espíritu, el socialista francés Pierre-Joseph Proudhon acuñó la frase aquella según la cual “la propiedad privada es un robo”.

Como ocurrió con buena parte del pensamiento socialista hasta el siglo XIX, no fue sino Marx quien elaboró socio-históricamente sobre esta intuición y, en El capital, escribió todo un capítulo dedicado al tema. “La acumulación originaria del capital” se llama dicho capítulo, y quien lo lea con detenimiento puede encontrar allí claves interpretativas para la Venezuela de hoy.

En el proceso de construcción del capitalismo criollo la acumulación originaria no está referida al proceso de explotación y transferencia de excedentes del campo a la ciudad, como ocurrió, según Marx, en la Inglaterra precapitalista, sino en el simple mecanismo de privatización de la renta petrolera. Este proceso puede adquirir varios nombres: incentivos a la producción, créditos blandos, asociaciones y empresas mixtas, contrataciones ventajosas con el Estado o, simple y llanamente, corrupción.

Este último término, utilizado para denominar la forma como parte del ingreso petrolero termina en manos de privados sin que corresponda una contraprestación productiva, debe ser acuñado para aquella parte de la privatización de la renta de origen claramente ilegal. Pero en realidad, y desde una moralidad basada en el trabajo, toda la privatización de la renta, por cualquiera de los otros mecanismos, es un robo, como diría Proudhon o el dicho alemán.

En Venezuela hubo dos ocasiones, quizás tres si contamos los tiempos de las entregas de las primeras concesiones petroleras, en los que el proceso de acumulación originaria de capital tuvo momentos estelares. Obviamente se trata de los dos períodos de la historia del país en los cuales el ingreso petrolero llegó a cifras extraordinarias. Nos referimos a la década de los setenta, específicamente en el primer gobierno de Pérez, y al segundo lustro del año 2000, bajo la administración de Chávez.

En el primero, lo escandaloso, lo notorio, lo que evidenciaba que había grupos que se habían hecho ricos con el gobierno de entonces, fue aquel grupo denominado “los apóstoles” capitaneados por personajes fallecidos, pero de mucha relevancia en la política bipartidista. En el segundo, el que nos ha tocado vivir recientemente, ha recibido varios nombres. “Boliburgueses” o “enchufados”, por ejemplo, pero en cualquier caso responden exactamente a la misma economía política, al mismo proceso social, a la misma acumulación originaria de capital que tuvo lugar en el primero.

Supongamos que este proceso no tiene cómo eludirse. Que forma parte del proceso primitivo de creación del capitalismo nacional por el que socioculturalmente apuestan la consciencia y los deseos de todos los venezolanos.

Pero lo bochornoso, lo retorcido, lo que hace que esta privatización de la renta adquiera fisonomía de arrebatón callejero e impúdica exhibición de riqueza es que tiene lugar bajo el moralismo pacato de un socialismo de mentira y no, como en el resto de los procesos de formación capitalista, bajo formas jurídicas e instituciones liberal-democráticas que permiten, en primer lugar, que no se roben tanto y, en segundo, que dicha acumulación se obligue en el futuro a hacer de sus nietos prósperos industriales.