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Antonio Ecarri Bolívar

¿Quién está de acuerdo consigo mismo?

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“En política, estar de acuerdo con uno mismo es la mejor receta que conozco”. Francois Miterrand 

Hoy día, en la política venezolana: ¿quién está de acuerdo consigo mismo? El gobierno no puede estarlo, porque cuando vemos a Maduro haciendo esfuerzos para convencernos que es necesario aumentar la gasolina, pero no se atreve a confesar que la política económica diseñada por Chávez es un fracaso y hay que rediseñarla, pues enseguida uno se da cuenta que es imposible que esté de acuerdo con él mismo, pues no puede ser tan redomadamente ingenuo. El debería saber que nadie, en el mundo global actual, puede tragarse el cuento (y la flecha) de darse cabezazos, como el sapo, con la obsoleta y fracasada fórmula comunista, pues ni siquiera sus famosos asesores cubanos se permiten el lujo de aconsejar esa distopía que tiene pasando hambre, miseria y frustración colectiva al pueblo de Martí en los últimos cincuenta años.

Tampoco pueden estar de acuerdo consigo mismo la gente de la otra acera, a menos que se trate de un tema psiquiátrico, pues acaban de defenestrar a Ramón Guillermo Aveledo so pretexto de ser el desaguadero de todos los males de la oposición venezolana. Quienes así actuaron, calcaron la conducta del marido cornudo quien vendió el sofá donde lo traicionaron, pero mantuvo la relación con su amada infiel. 

Si  el causante de la crisis de la MUD era Aveledo,  pues entonces con su renuncia se acabó el problema y, en consecuencia, todos deberíamos estar de acuerdo con nosotros mismos. ¡Ah! pero como no es así, sino la verdad verdadera de la crisis opositora no es otra que la conducta de unos personajes, de egos inflamados, quienes acuerdan por consenso determinada política y, acto seguido, salen a decir y hacer lo radical y antagónicamente opuesto, buscando el beneplácito de unos radicales que jamás les van a dar lo que buscan: la ansiada, pero extemporánea, candidatura presidencial.

Ahora bien, si Maduro y su gobierno se encuentran en la disyuntiva de mantener la irracional  política de planificación centralizada o salir de ella; y no lo hacen, porque el radicalismo en su seno se los impide y no tienen el coraje de rectificar para mandar a la porra a sus irracionales partidarios extremistas; y si, en el lado opositor, tampoco hay la valentía de producir el deslinde que ponga en su sitio –el marginal que les corresponde– a esa algarabía radical que jamás podrá prevalecer, pero que son una piedra amarrada al cuello de la alternativa a este régimen, estamos entonces en una trampa de donde no saldríamos jamás. Lo único seguro es que veríamos, por fin, al barco de Venezuela tocar el fondo que todos temíamos y nadie pudo evitar.  

 Para estar de acuerdo con nosotros mismos –ahora me refiero a los militantes de mi partido AD– deberíamos hacer votos para que el gobierno rectifique, pues quienes tenemos vocación de poder no podemos hacer el cálculo bobo de querer heredar un país donde nuestros compatriotas se alimenten de la sopa suministrada, en las esquinas, por la Cruz Roja Internacional; sino una nación que podamos sacar, de la crisis heredada, con posibilidades ciertas de recuperación. Y para estar de acuerdo con nosotros mismos, en la oposición, deberíamos preguntarles a quienes no acatan los consensos, si no pensarán rectificar sus conductas porque, de no hacerlo, no valdría la pena seguir cohabitando con la señora o el señor que vendió el sofá, pero sigue en sus fechorías de cama y alcoba.       

Decir la verdad duele, pero siguiendo el consejo del famoso estadista francés…es lo que me permite estar de acuerdo conmigo mismo y en consecuencia poder inmunizarme, en medio de esta pandemia contagiosa, con la mejor receta que conozco.