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Rodolfo Izaguirre

¡No se me achicopale!

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Al referirse a La Pasión de Cristo, la película de Mel Gibson, un crítico americano dijo que se trataba de la más grande historia jamás contada por... ¡el Marqués de Sade! en abierta alusión a la brutalidad de la secuencia de la flagelación y la crucifixión que constituyen el plato fuerte de esta visión del Vía Crucis.

Gibson conmina a Cristo a emprender el ascenso hacia el Calvario padeciendo más golpes y flagelaciones que en ninguna de sus anteriores apariciones cinematográficas. Lo hace ajustándose al nuevo lenguaje del cine de acción y de terror; es decir, creando un espectáculo visual duro, impactante y estremecedor muy alejado de aquellas pasiones y muertes de nuestro Señor Jesucristo hieráticas, excelsas y beatíficas que estuvieron sucediéndose hasta que Pier Paolo Pasolini (El Evangelio según San Mateo, 1964) y Martín Scorsese (La última tentación de Cristo, 1988) decidieron enfrentar la Pasión con una mirada más rigurosa y moderna. El primero, mostrando a Cristo como un agitador político; el segundo (tal vez la más amorosa visión que hayamos visto de Cristo en el cine), dejando que el Diablo lo atrape, lo confunda y lo transforme en un ser humano igual a todos nosotros.

Gibson prescinde de los acontecimientos anteriores al beso de Judas y prefiere detenerse en el juicio y la crucifixión para ofrecer una de las versiones más violentas y mejor narradas que hayamos visto de la Pasión. Con el beso de la traición se inicia la crueldad de los soldados, el encono de Caifás, la ambigua sagacidad política de Pilatos, la chusma enardecida y el horror de la violencia física. 

No hay edulcoramiento alguno ni posibilidad para éxtasis ni arrebatos místicos; Gibson entendió que Pasión quiere decir sufrimiento, y al hacerlo dejó entrever que la violencia psicológica y los castigos corporales se practican desde antiguo, pero lo que cambia son los instrumentos del suplicio. Revivió la Pasión de Cristo con brutal violencia, tal como ella pudo haber ocurrido hace 2.000 años.

En los inicios, cuando los nombres de Zecca, Pathé, Lumière o Méliès entraban en la historia, la Pasión de Cristo ya interesaba a los productores y cineastas.

Charles Pathé homologaba la crucifixión del Salvador con ejecuciones capitales como la horca, el garrote vil o la guillotina en películas de diez metros que estremecían a los espectadores de 1906. Hubo un Cristo coloreado en 1913, pero para ese entonces Pío X intervino para clarificar la pureza de sentimientos de quienes hacían cine ya que, a juicio del pontífice, los productores se permitían demasiadas libertades con la agonía del Señor.

Cristo continuó pasando frente a las cámaras y sus peripecias resultaron variadas y sorprendentes. John Luis Víncent filmó una Pasión sobre la terraza del hotel Central de Nueva York, con camellos que subían por los montacargas y olivos pintados sobre cartón. Durante el rodaje de otra Pasión filmada por Lubin, el viento levantó los decorados de Jerusalén y dejó ver al fondo un edificio de siete pisos con la gente asomada a las ventanas. Una Vida de Cristo, producida en 1913 en Estados Unidos, muestra al Redentor como un personaje que logra levantarse de la indigencia hasta convertirse en rey de los hombres como si se tratara de la vida de Ford o de Rockefeller.

Creo recordar, pero lo más seguro es que lo haya inventado, que la versión del español José Díaz Morales, en el México de 1942, alcanzó un momento sublime cuando Simón Cirineo se acerca a Jesucristo y lo anima con un mexicanísimo: “¡No se me achicopale, maestro!”, como si quisiera infundirle al Redentor mas brío y valor para asumir la redención de nuestros pecados.