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Fernando Martínez Móttola

¿Y para qué tanta academia?

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Así, de buenas a primeras, como quien dice, el Ministerio de Educación anuncia que se reserva el cupo de nuevos ingresos a las universidades nacionales. Es decir: fin de los aborrecibles exámenes de admisión y demás criterios de selección basados en los méritos académicos. Y mientras tanto el país, agobiado entre otras tantas calamidades, sigue su curso, inmerso en la lucha por la supervivencia. Después de todo, si a ver vamos: ¿y qué más da? ¿Y es que de cuándo acá se ha dicho que para cursar estudios superiores se necesitan talento y buenas notas? Academicismos enojosos, por inútiles y extranjerizantes. Argumentos pequeñoburgueses, instrumentos que solo sirven para subyugar a nuestro pueblo y que atentan contra los valores y principios de justicia social, autóctonamente inspirados por nuestro comandante eterno. ¡Cursilerías universitarias buenas para nada! ¡Puras pamplinas para mantener sus privilegios! ¡Vayan, pues, pal’ carajo, todos los criterios de excelencia universitaria y pendejadas afines! ¿Para qué apostar por los mejores estudiantes, con ínfulas de doctores y ambiciones personalistas, cuando contamos con el corazón y los cojones de los buenos revolucionarios? Para nada, camaradas. Absolutamente para nada. ¿De dónde sacan que una buena base de bachillerato en matemáticas, biología o historia, por ejemplo, debe ser un requisito para estudiar Ingeniería, Medicina o Derecho? ¡Ridículas extravagancias! ¡Conceptos de medio pelo! ¡Bolserías importadas por los oligarcas para engatusar a nuestro pueblo! ¿Es que acaso para llegar a ser alguien en la vida, como gerente de una empresa nacionalizada, diputado o presidente de la República, se necesita algún tipo de mérito académico? ¡Pues no!, ¡rotundamente no!, ¡una y mil veces no! ¡Inventos del capitalismo salvaje! Bien que lo ha demostrado nuestra revolución –y está a la vista de todos– que en este país no se necesitan estudios de nada para ser un hombre próspero y tener éxito en la vida.

Pues sí, compatriotas, sin complejos: ¡abajo los exámenes de admisión en las universidades! ¡Que muera la excelencia! Porque si algo nos caracteriza a nosotros los revolucionarios es que no comemos cuentos, y que si no sabemos algo lo inventamos. Allá ellos en el imperio, si para entrar en las grandes ligas deben saber de beisbol. Nosotros, criollos de pura cepa, nos rebelamos contra la transculturización, nos cueste lo que nos cueste. Lo nuestro es una caimanera, pelota caribe, como buenos hijos de Guaicaipuro que somos: cazadores y recolectores. ¡Hasta el fin!, hasta recuperar nuestras raíces: papelón con limón, gallineros verticales, plantas de acetaminofén. ¡Hasta allí llegaremos! ¡Esa es nuestra meta! ¡Hasta la victoria siempre! ¡A paso de vencedores! ¡La lucha sigue! ¡Rodilla en tierra! ¡Así, así, así es que se gobierna!

 

Post data: Y mientras tanto, nosotros, la mayoría perpleja ante el atropello y la barbarie, todos a votar, en medio de la protesta, para rescatar las instituciones y que impere de nuevo la sensatez en país.