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Antonio López Ortega

6.5

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No se trata de un código binario, ni de un grado Celsius, ni de un sismo en la escala de Richter, no. Se trata de un amuleto que quisiera llevar en mi bolsillo, o de un talismán que quisiera lucir en mi pecho: seis punto cinco, o seis millones y medio, que fueron los votantes opositores que sufragaron este pasado domingo. No desmerecen para nada los muy respetables ocho millones que hicieron mayoría, pero debo confesar que no comparto su visión de mundo, o su visión de país. Nada me permite pensar que la gestión de un Gobierno que ya lleva catorce años en el poder pueda mejorar en los próximos seis: seguirán las explosiones en las refinerías, los asesinatos de policías (que se supone requieren más atención que los de los simples civiles), los derrames y la contaminación de ríos, la importación de 95% de nuestras necesidades alimentarias, la inflación permanente de dos dígitos y los cadáveres de fin de semana en la morgue. Y no se trata, por cierto, de diferencias doctrinarias, sino de simple calidad en la gestión pública. Esos 6.5 que no lograron la mayoría tienen al menos la convicción de que la gestión que merecemos puede ser mucho mejor que la que recibimos. Es una certeza que tiene que ver con el criterio, con la formación, con el sentido común. Sencillamente, para los incontables niveles de ingresos que hemos recibido en estos tres lustros, el balance debería ser muy diferente a la deficiente actuación a la que estamos acostumbrados.

Ese es el muy digno capital político que tenemos, seis punto cinco millones, casi la mitad del país, que democráticamente ha dicho: “No me interesa el modelo que propones”. Lo que en democracia moderna debería contar y mucho, porque, teóricamente, no se gobierna para parcialidades sino para un todo. Si la gestión que viene preserva el mismo nivel de deterioro que suponemos y los años venideros nos llevan a un colapso económico, esos 6.5 millones que quedan en reserva, también democráticamente, son los que saldrán a reflotar una república en ruinas para los 8 millones que han creído en mesianismos autocráticos. Pero mientras esas oscuras horas que nadie desea llegan, el rol opositor, como en cualquier democracia moderna, es marcar las acciones del Gobierno y denunciar, criticar o advertir sobre desmanes, errores o desaciertos. Es lo que lo que le correspondería al liderazgo político de esos 6.5 millones que ahora entran en la reserva de la República.

Es cierto que no hay mayor aprendizaje que el de la derrota ni mayor luto que el de la pérdida de algo que veíamos muy posible, pero en política los llantos deben ser breves, instantáneos, pues su tiempo es el de la Historia, que no el de los accidentes humanos. Mucho habrá que repensar procesos, estrategias, programas; muchos errores habrá que enmendar. Pero las imágenes de una campaña realmente admirable, con sus llenos coloridos y sus almas agitadas, están demasiado frescas como para desdecir de nosotros mismos. Hemos completado una jornada cívica ejemplar, profunda, inolvidable. Ha sido como renacer de las cenizas para encontrarnos en el espejo con nuestro reflejo de posibilidades y talentos. Somos una reserva moral, una franja vigilante, un compendio de demócratas cabales. Somos 6.5 millones que, en términos electorales, no hemos competido con un adversario sino contra un Estado omnipotente y omnipresente. Capital político irreductible que, lejos de decrecer, se ensanchará hasta hacerse mayoría, justo cuando los tiempos de decrepitud lleguen a su fin y la patria quiera ser realmente nueva y no este simulacro de verborragia y obras inconclusas.