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Roger Santodomingo

El ZunZuneo y la libertad

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Imagínese la época en la que Estados Unidos financiaba golpes de Estado. Ahora póngase en el presente, cuando la superpotencia impulsa redes sociales como instrumento de promoción de la democracia.

De la cruel y muchas veces sangrienta Guerra Fría, a la gélida confrontación por el dominio de la internet, hay un salto cuántico. Yo diría que civilizatorio.

No obstante, la noticia bomba de la Associated Press que reveló la manera subrepticia en la que fue promovida la creación de ZunZuneo, la versión cubana de Twitter, es aleccionadora. No es precisamente lo que uno tendría en mente al pensar en innovación social.

Zunzuneo, palabra que imita el sonido de un pájaro al pasar, permitía a 40 mil de sus usuarios cubanos enviar mensajes cortos desde sus teléfonos celulares sin costo alguno, y sin censura. Hasta que la empresa que daba soporte al proyecto, Mobile Accord se quedó sin dinero para seguir ofreciendo el servicio gratuitamente.

Pensar que podría sostenerse con patrocinio publicitario, es una ingenuidad en una economía controlada por el Estado como la cubana.

Resulta que Mobile Accord, una pequeña startup con sede en Denver, inició ZunZuneo a instancias del gobierno americano.

Puede decirse que ZunZuneo, además de una red social, quiso ser una muestra de la nueva diplomacia inaugurada por Hillary Clinton.

No era una operación encubierta de la CIA, sino una iniciativa de la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID) que controla el Departamento de Estado. Pero, aunque el vocero de la Casa Blanca, Jay Carney, explicara que la operación no era secreta, pues el Congreso estaba al tanto y la había encontrado consistente con la ley estadounidense, tampoco era precisamente una intervención transparente.

Según la agencia AP, USAID se llevó al presidente de la compañía a una reunión privada en España para conversar sobre una estrategia “por debajo del radar”. La idea era sostener el emprendimiento y camuflar la participación del gobierno de EEUU a través de empresas fachada y canalizando los fondos desde cuentas offshore, en las Islas Caimán.

Todo esto se produce luego de la Primavera Árabe, cuando el mundo celebraba el movimiento pro democracia despertado en Egipto con el uso de las redes sociales. Los más entusiastas esperaban de este lado del mundo, se preguntaban cuándo sería el turno para Cuba y Venezuela.

En Venezuela, con la creciente censura de medios tradicionales, el uso de la internet se convirtió en un verdadero fenómeno de masas. Pero, comparativamente con la fertilidad de las redes sociales en Venezuela, Cuba era prácticamente un desierto.

Mientras estuvo al frente del Departamento de Estado norteamericano, Hillary Clinton defendió vehementemente la libertad de expresión y el potencial del internet para llevarla a todos los rincones, especialmente allí donde se ve más oscurecida por regímenes opresivos.

Clinton subrayó que era un deber de Estados Unidos defender la libertad más allá de sus fronteras promoviendo estas tecnologías democratizadoras.

La secretaria de Estado llegó a anunciar en Paquistán el lanzamiento de una red social en colaboración con el gobierno paquistaní: “Our Voice” o “Nuestra Voz”. Del mismo modo que ZunZuneo, OurVoice se apoyó en la gran penetración de los teléfonos celulares y alcanzó a servir a 95 millones de usuarios.

Desafortunadamente, la experiencia fallida de ZunZuneo tiene el potencial de afectar no solo la libertad de expresión en Cuba, sino en otras naciones donde muchos luchan por más libertad y democracia apoyándose en la internet.

Si no es deseable o posible asumir que se es parte de una nueva guerra hegemónica -esta sucesión tardía de la Guerra Fría- y que esto exige un cierto grado de dependencia o incluso alineamiento incondicional, cualquier emprendedor social de la internet debe tomar en cuenta la moraleja de esta historia.

Para que las futuras innovaciones digitales pro democracia sean realmente libres, no les bastará ya representar una causa justa. Les será un requisito armarse con un modelo de negocio que les permita ser autosostenibles y por ende realmente transparentes. No se puede pregonar la libertad de expresión desde una plataforma comprometida.

@CodigoRoger