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Antonio Sánchez García

Zuluaga, un imperativo existencial

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Las elecciones de este próximo domingo tienen una trascendencia incalculable para el futuro de Colombia y América Latina. Si la sociedad colombiana, inconsciente del juego del que sin ni siquiera saberlo forma parte, reelige al hombre de La Habana, estará abriéndole definitivamente las puertas al castrochavismo asumido por las FARC como vía estratégica para el asalto final al poder.

 

Puede que la región se encuentre viviendo los momentos más cruciales y definitorios de su historia. Nunca antes las democracias latinoamericanas habían estado más afectadas por el virus de la disolución, de la desintegración, de la pérdida de sus valores trascendentales. Algo que la extrema habilidad con que se ha movido el castrismo desde la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética impide ver en toda su dimensión.

El triunfo de Hugo Chávez, luego de un avieso golpe de Estado y la crisis que precipitara en una sociedad afectada por la desafección de las mayorías, siguió los clásicos parámetros con que el totalitarismo nazifascista asaltara el poder en Europa: fracturó el sistema de dominación venezolano, provocó una pérdida de identidad en la esencia de los factores populares y democráticos, provocó una ruptura intestina de los elementos que cohesionaban hasta entonces la democracia y preparó el terreno para cumplir el desiderátum perseguido por Hitler, como lo anunciara luego de su fallido golpe de Estado y lo anunciara su vocero oficial, Goebbels: conquistar el poder del Estado de modo absolutamente legalista y constitucional, pacífica y democráticamente. “El Estado moderno no se conquista por la fuerza desde fuera; se lo conquista desde dentro con el uso de sus propios medios”, dijo Hitler en 1926. Goebbels diría un par de años después: “Iremos al Parlamento para conquistarlo y destruirlo desde dentro”. Fue lo que hicieron sistemática, perseverante, pacientemente.

Castro, un fiel admirador y epígono de Hitler, diseñó esa misma vía para la conquista de la región, luego de ver fracasada la vía armada. Golpes de Estado, fracturas de los regímenes democráticos, desconfianza y desprecio de la lealtad de los sectores mayoritarios en sus instituciones y maduración de las condiciones hasta entrar e el poder por la puerta grande electoral. Ni Correa ni Evo Morales quisieron asaltar el poder mediante golpes: propiciaron la caída de los presidentes, provocaron un vacío de poder y recogieron los frutos de la inquina y la provocación castrista sin moverse de sus puestos de observación y combate. Ni un movimiento en falso, ni un tiro ni un asalto.

Secundado por su herramienta injerencista, el Foro de Sao Paulo, vistiendo los ropajes de la socialdemocracia de nuevo cuño o la vía directamente neofascista de acuerdo con las condiciones específicas, Castro logró, sin gastar un centavo ni sacrificar uno solo de sus hombres, conquistar América Latina, controlar la OEA, manejar Mercosur y Unasur, y se apresta a poner su lanza en territorio neogranadino, luego de un trabajo de ablandamiento de cuatro años en la figura de un fantoche de mil caras: Juan Manuel Santos.

Las elecciones de este próximo domingo tienen una trascendencia incalculable para el futuro de Colombia y América Latina. Si la sociedad colombiana, inconsciente del juego del que sin ni siquiera saberlo forma parte, reelige al hombre de La Habana, estará abriéndole definitivamente las puertas al castrochavismo asumido por las FARC como vía estratégica para el asalto final al poder. Ni siquiera teme hacerlo público, confiado en la anestesia inoculada al cuerpo social colombiano por Santos y sus conversaciones habaneras. Las declaraciones de Iván Márquez no podían ser más explícitas: entrar en el Palacio Nariño y el Parlamento colombiano de la mano de Santos para iniciar la deconstrucción de la democracia colombiana y convertirla en otra pieza del tablero del ajedrez castrista. Cuando más debilitadas estaban como para hacerlo imposible a futuro, la traición de Santos ha permitido este insólito juego del destino. Más allá de sus propias ideas, de su conciencia y de sus consideraciones de oportunismo y ambición política, es un rastrero instrumento de las perversas manipulaciones del castrocomunismo.

Impedirlo es, repito, un imperativo categórico moral. Para iniciar de la mano de Oscar Iván Zuluaga y Álvaro Uribe la reconstrucción del dañado tejido sociocultural y político de nuestra región. Es una apuesta de vida o muerte. Debes asumirla.