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Claudio Nazoa

Zapata es cómico

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Viajar con Zapata era un privilegio. Pasar un día con él era como escuchar durante un año a un gran y ameno profesor de cultura general. Me permitía ser testigo de sublimes e inteligentes ironías, de un raciocinio maduro y cruel sin ser mortal.

Por su agudeza e ingenio, durante los viajes que hicimos, aprendí cosas que solo él podía enseñar. Escuchar a Zapata escapa de la normalidad, porque Zapata no es normal. Se le puede aplicar una máxima que él inventó: “Todo humorista tiene una enfermedad mental que le impide ver la realidad tal cual es”.

En esos viajes, nos dábamos cuenta –viendo tantos desmanes y locuras por todas partes– de que, quizás, Venezuela es el único país del mundo donde la realidad está tan distorsionada que hay que ponerla normal, para después convertirla en hecho humorístico.

Un día, en Maracaibo, se acercó un señor con cara de sobrado e increpó a Pedro León.

—Maestro, ¿cuál es la diferencia entre un cómico y un humorista?, porque usted de cómico no tiene nada. Usted es humorista, ¿verdad?

—La diferencia es sencilla, mi estimado –contestó Zapata–. Un humorista es un cómico que ha fracasado.

El preguntón quedó en una pieza, ya que esperaba que Zapata le diera una respuesta pedante, diciendo que un humorista es un intelectual que nunca hace reír sino pensar o algo así. Luego, con saña, remató:

—Amigo, yo conozco a muchos autollamados humoristas que comenzaron echando chistes y cuando se dieron cuenta de que nadie se reía se metieron a “humoristas”, es decir, se convirtieron en alguien que trata de analizar o explicar un chiste.

En otra ocasión, nuestro amigo y genio Otrova Gomas estuvo seriamente enfermo. Otrova estaba lleno de tubos y mangueras en un hospital. No podía ni hablar. Hasta allí llegó su mejor amigo Pedro León, quien, con cariño, le susurró:

—Ajaaá… con que agonizandito, ¿no?

La cara de Otrova dibujó una pícara sonrisa de mentada de madre.

Otra más: en Valera vivía un señor que escribía poesías horripilantes. Había tenido un ACV que lo mantenía hospitalizado. Zapata había leído los infames poemas e hizo un comentario ácido:

—A este señor en lugar de un ACV debió haberle dado un ABC.

La esposa del paciente esperaba a Pedro León en el hospital para regalarle varios poemarios escritos por su marido

Cuando la señora vio al maestro, rompió en llanto.

—Lo peor, señor Zapata, es que con esta enfermedad, a mi esposo se le olvidaron las poesías que escribe y declama… ¡Esto es horrible!, ¿no le parece?

El malvado de Zapata volteó hacia mí y en voz baja dijo:

—Yo creo que este es un gran día para la poesía.