• Caracas (Venezuela)

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El aroma de la crema bloqueadora batalla por imponer su presencia; ella se mezcla orgullosa con salitre y yodo entre un bosque de brazos y piernas que danzan en un caos hermosísimo de buenos deseos en miradas inquietas.

Un profundo respiro llena los pulmones de aliento de mar, ese mismo que golpea nuestros rostros esparciendo recuerdos de manjares de mariscos servidos bajo el arrullo de las olas del mar; ese mismo que eriza la piel desnuda salpicada de arena y sol.

Una fugaz y protocolar estirada y un último ajuste a la visera anticipan ese momento en el que la vista se fija en la nada y todo sonido se hace abstracto.

Tres, dos, uno... y un concierto de bips comienza a marcar, entre aplausos y gritos, el paso de 1.639 chips y franelas que, cual mar naranja, se abalanzan sobre la costa azul y beige de La Caracola. Era el domingo 27 de marzo de 2014, 6:45am. Había dado inicio la controvertida quinta edición de la Carrera Margarita 10k.

A los pocos metros de la partida, un megáfono ampliaba al viento consignas ajenas a la cotidianidad del mundo del running: “¡Quiénes somos!”, “¡Corredores!”, “¡Qué queremos!”, “¡Libertad!”

—No creo que se dé, la van a suspender—, me comentaba mi hermana semanas antes. Ella había optado por no inscribirse ya que no estaba de “ánimos”, como me lo hizo saber en distintas ocasiones: “No entiendo cómo van a hacer eso en estos momentos”.

La aprehensión de mi hermana tenía plena justificación. Desde el inicio de la escalada de protestas político-social vividas en Venezuela a partir del 12 de febrero de 2014, diferentes eventos deportivos fueron suspendidos o aplazados. El más emblemático, sin duda, lo constituye el Maratón de la CAF, el cual sitúa a Caracas entre las ciudades del mundo con el privilegio de organizar carreras de 42 kilómetros reconocidas por la autoridad mundial en materia de atletismo (IAAF). La cuarta edición, que debía realizarse el pasado 23 de febrero, fue suspendida “…debido a los acontecimientos recientes… que no permite garantizar viabilidad logística y éxito del evento”, según aseveraba el comunicado emitido por el comité organizador.

En el medio de toda esta confusión, la gente del Club Margarita Runners, organizadores de la carrera Margarita 10k, tomaron la decisión de seguir adelante con su quinta edición.

Este atrevimiento, por llamarlo de alguna manera, podría no parecer tal cosa si lo analizamos fuera del contexto de un país que atravesaba una crisis que, de manera inexorable, logró alterar la cotidianidad de todos sus habitantes. Y no hablamos de cualquier crisis. Ninguna descripción de lo vivido en Venezuela a raíz de los acontecimientos del 12 de febrero puede dejar de incluir palabras tales como heridos, presos, desaparecidos, violaciones y muertes.

—Estábamos conscientes de la situación reinante en el país—, nos comenta Fadwa Hage, coordinadora del Club Margarita Runners, de voz amable y frases precisas que dejan claro sus dotes de líder. —Sin embargo, en Margarita la situación era de menor intensidad con relación a, por ejemplo, Caracas, donde ni siquiera se estaban otorgando permisos—, nos asegura.

—En nuestro caso—, continua Fadwa— contábamos con los permisos de las alcaldías, incluso de alcaldías opositoras, así como con el apoyo de comerciantes y atletas. Las condiciones para realizar este evento estaban dadas.

Y es que para Fadwa la carrera no interfería con el conflicto: “La cultura, el deporte y las artes no deben mezclarse con la política. Esos minutos de esparcimiento fomentan la tolerancia entre los seres humanos. Son momentos que contribuyen de manera positiva a liberar tensiones”, asevera la organizadora.

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La costa desplegaba su belleza. El sol, aun con la humedad del mar Caribe en su rostro, saludaba amable, presto para una nueva jornada.

Me pasaban unos, alcanzaba a otros. La nube naranja, como el ente vivo que era, buscaba su acomodo, afinaba su forma. Entonces comencé a ver los rostros que posiblemente me acompañarían el resto del camino; en la espalda de algunos se podían leer frases de solidaridad con los motivos que impulsaron las protestas.

Mientras que el megáfono quedaba atrás, el golpeteo de los zapatos contra el asfalto iba recobrando su protagonismo. Al final del primer kilómetro y medio, un pequeño grupo de música afrolatina nos despedía de la costa de la Caracola. Por momentos, todo parecía normal.

 

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Kilómetro tres. A la izquierda la playa Concorde, modesta y tranquila, evocaba recuerdos de aquellos tiempos de esplendor del hotel que treinta años atrás fuera  referencia de modernismo y glamor. A la derecha, el tercer puesto de hidratación.

Trescientos metros adelante la intersección de la Avenida Raúl Leoni con la Bolívar nos regresaba al presente. Allí, varios efectivos del orden público observaban distantes el paso de los corredores. Parecía que estaban y no estaban; como presentes y ausentes.

Entre jadeos y zancadas surgieron gritos ocultos tras las sombras de la marea humana en movimiento: “¡asesinos!”, “¡cubanos!”, “¡cobardes!”, “¡delincuentes!” El ambiente se tornaba tenso. Observé el rostro de los uniformados, atento a cualquier reacción. Sus ojos recorrían el trote de quienes les agredían, pero sus cuerpos permanecían inmóviles. Me preguntaba qué estaban pensando, qué los detenía de responder con un gesto intimidante.

—Tratamos de coordinar todo con los organismos correspondientes—, nos comenta Fadwa. —Mantuvimos contacto con las alcaldías pertinentes así como con los cuerpos de seguridad del Estado. Todos ellos manifestaron su compromiso para brindar el apoyo necesario. La idea era que se garantizara la seguridad para el evento, pero que, conscientes de la situación que atravesábamos, los efectivos se mantuvieran a una distancia prudente y sin intervenir de no ser absolutamente necesario.

Y así sucedió a lo largo del recorrido. A medida que los kilómetros avanzaban, la presencia militar y policial se hacía menos notoria. Quizás, con cada paso, los uniformes se mimetizaban con el paisaje ante ojos que debían ocuparse con mayor intensidad en la sincronía de cuerpo y asfalto.

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Kilómetro seis, avenida Francisco Esteban Gómez. El rigor del esfuerzo palpitaba en las venas mientras que piernas y brazos ganaban acero. Con cada zancada, las gotas de sudor se hacían más gruesas y abundantes. En cada una de ellas aumentaba la alegría. Cada una de ellas agradecía la suerte de estar allí.

Dos mujeres en uniforme de trabajo caminaban lento; sus párpados pesados delataban un trasnocho agotador. Cada una llevaba una bolsa de mercado en la mano.

“¡Ajá!, ¡Agárrenlas!”, gritó alguien al notar en la transparencia de las bolsas el empaque amarillo de la harina de maíz, ícono de la alimentación en la sociedad venezolana y que hacía meses que escaseaba en los anaqueles de supermercados y abastos. El sonoro alerta genera una reacción en cadena que rompe el ritmo y la concentración de la mayoría. “¡Epa!”, “¡Acaparadoras!”, “¡Zumben una pa´ca!”. Las risas florecen y las muchachas se sonrojan. Los comentarios durarían algunos metros. “Qué vaina esto que vivimos, a dónde iremos a parar”.

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Por fin de regreso a la avenida Bolívar. Su presencia engañaba al cuerpo y le hacía sentir que la meta estaba cerca. Sin embargo, aun faltaba.

Cerca del kilómetro siete nos esperaba el momento más incómodo de la carrera. Una especie de embudo humano, con caras largas y escudos de cartulina, inquietaba la respiración. “Mientras ustedes se divierten, nosotros arriesgamos nuestras vidas por el futuro del país”. “Qué ganas con correr si no tienes libertad”. Eran algunas de las consignas que exhibían quienes allí protestaban.

El embudo nos obligaba a pasar por su estrecho agujero de miradas inquisidoras. Como respuesta, recibían atisbos de confusión. El golpeteo de los zapatos sobre el asfalto adquiría entonces un dejo marcial.

—Desde que decidimos continuar con la organización del evento hubo grupos en la Isla que manifestaron su desacuerdo. En algunos casos, incluso, hubo amenazas de sabotearlo—, afirma Fadwa. —Lo curioso es que quienes estaban al frente de estos grupos eran instructores deportivos que hacen vida aquí. Ellos seguían impartiendo sus clases con música a todo volumen y cobrando por ello. Luego, en las noches, los veías bailando en las discotecas. Entonces, ¿doble moral?

Walfred Astudillo, directivo del club Carabobo Runners, coincide con la postura de Fadwa:

—Las personas no piensan en todo el esfuerzo que involucra la organización de un evento como éste. Nosotros asistimos como grupo y, durante el recorrido, recibimos algunos gritos reclamando porqué estábamos allí, si en Valencia nos estaban matando. Una de nuestras corredoras se molestó y les respondió que ella llevaba una semana encerrada en su casa y que nadie le arruinaría ese momento de tranquilidad—, nos cuenta un Walfred directo, frontal, cuyo discurso evade cualquier tipo de rodeo. —El problema es que en estas cosas hay muchas actitudes hipócritas. A varios de los que vi protestando el día de la carrera, los encontré después en la playa, tomando y escuchando música.

—La política— continúa Walfred— no se debe ligar con actividades deportivas. Yo respeto la posición política que tiene cada uno de los que forman parte de nuestro Club. Sin embargo, mientras estén participando en una actividad nuestra, exigimos que la política o cualquier otro tema no relacionado con el deporte se deje a un lado. Con nosotros corren personas que protestan y toman el running como una manera de bajar el estrés y mantener la salud.

Sammy Subero, de Venezuela Runners, el club de corredores más grande del país, se muestra más conservador. Quizás el estar localizados en Caracas marca de alguna manera la diferencia: “Hay que ser cuidadosos con la seguridad, los ánimos estaban muy crispados en aquel momento. A nivel personal, pienso que estos eventos deben ser suspendidos y postergados cuando la seguridad de los corredores esté comprometida”, nos comenta. Ellos no acudieron como grupo a la cita en la isla.

—La seguridad del atleta es lo primordial, y en el caso del Margarita 10k, ese aspecto no estaba en peligro—, asegura Fadwa. —Nosotros hablamos con el grupo que lideraba la oposición al evento. Acordamos con ellos que se situarían en un punto de la carrera en donde pudiesen manifestar su inconformidad, pero sin interrumpir el paso de los corredores—. Afortunadamente, el acuerdo se cumplió.

Entre quienes no miraban con buenos ojos la realización de este evento existía cierta confusión. Así lo devela la opinión de una persona que pidió permanecer anónima: “No es tan fácil”. Ella toma una bocanada de aire, mira a su alrededor, suspira y retoma sus palabras: “Yo, por ejemplo, tengo sentimientos encontrados, ya que no creo que debamos ‘cortarnos las venas’ o ‘dejar de respirar’ en momentos así, pero sí ser respetuosos con el luto de tantos y el nuestro propio. Porque lo que estaba ocurriendo nos atañía a todos, y era muy grave, lo que no justificaba un comportamiento tan ‘normal’ como hacer un evento deportivo. En esa época no podíamos actuar normal, porque no estábamos en algo normal. Como te digo, no íbamos a dejar de respirar, pero podíamos no hacer un evento deportivo. Podíamos salir a trotar todos los días, pero podíamos dejar de hacer un 10K.”

Fadwa ofrece otro ángulo sobre este aspecto. Para ella, la posible suspensión del Margarita 10k significaba un golpe más en el ánimo de personas que, para el momento, vivían una alteración importante en los aspectos más básicos de su cotidianidad. “Quienes asisten a estos eventos preparan su logística con antelación, reservando hoteles, comprando pasajes de avión y tramitando permisos en sus trabajos”, nos apunta Fadwa. “Ellos merecen respeto.”

Las pancartas quedan atrás. Su sabor nos acompaña algunos metros. Entonces, se logra retomar la concentración y acoplar pasos, respiración y latidos del corazón.

 

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Kilómetro ocho, nueve, recta final. Se acelera el paso y la sensación de flotar aparece. Cien metros. Entre el barullo de la gente que precede la meta, el remate comienza. Entonces se pisa la alfombra y se produce aquel momento mágico, cuando un bip libera cuerpo y mente del rigor del asfalto consciente de haber cumplido una faena más, tan semejante como distinta a las demás.

La mano derecha se lanza sobre la muñeca izquierda para detener el cronómetro. Los primeros pasos luego de la meta son siempre confusos para mí. Trato de recuperar el aliento. Le echo un ojo al tiempo que yace inmóvil en mi reloj. “Qué horror”, me recrimino en silencio.

—En el asfalto todos van en la búsqueda de sus metas personales. Los atletas participan sin importar su tendencia política—, nos dice Fadwa, quien afirma que la mayoría de los clubes de corredores del país asistieron al evento.

No obstante, el patrón de inscripciones no dejó de reflejar la particularidad del momento. De cuatro mil cupos que ofrecía el Margarita 10k, se llenaron alrededor de tres mil setecientos, de las cuales un aproximado de mil trescientos no se presentó para la partida. Sin embargo, Fadwa asegura que: “aunque la asistencia haya sido menor a la acostumbrada, este evento ayudó a activar por una semana la economía local.”

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Tomo un pote de agua y una mandarina. Empiezo a buscar entre la multitud a quienes me esperan. La sensación de haber corrido una carrera de este tipo es indescriptible. El chorro de endorfinas se disfruta por el resto del día.

Cuando empezamos a marcharnos, desde la tarima donde se entregaría los premios se escucha una voz al micrófono: “Hagamos un minuto de silencio por las personas que han fallecido en los recientes eventos ocurridos en el país.”

Nos detenemos. No hay comentarios, pero sí mucho corriendo por nuestras mentes: El sudor, el megáfono, el amanecer, el embudo humano, la meta y un puñado de globos lanzados al aire en homenaje al Tío Simón, queridísimo cantautor Venezolano, símbolo de nuestro gentilicio, quien una noche le regalara  la luna de la isla a su mujer y quien falleciera durante las semanas que precedieron a la voz de partida bajo el sol de Margarita.